¿Saben leer los editores?

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Parecería obvio que lo primero que tiene que saber un corrector o un editor de libros es leer; no siempre sucede; abundan los ejemplos de que muchos de los que se dedican a corregir libros, a elaborar los textos para las cuartas de forros (por el diseño de las portadas, cada vez hay menos solapas, aunque por costumbre se le siga diciendo “solapa” al texto que indica al lector de qué se trata, más o menos, el libro en cuestión, y el currículum del autor), no leen los libros que editan, o desconocen la trayectoria de sus autores.
No estamos hablando de las erratas que parecen inevitables, como cuando tantas veces apareció, en lugar de La señorita de Tacna, la obra de teatro de Mario Vargas Llosa que cuenta la vida una mujer que se negó a casar con uno que parecía el amor de su vida, pero que es tan ambigua que da a entender que tuvo otros amoríos, aparecía La señorita Tacna, que hace pensar que es la historia de una reina de belleza. O la simple ignorancia de creer que el libro de cuentos de Amparo Dávila, Música concreta, es un tratado de música electroacústica que utiliza como material compositivo sonidos naturales, a diferencia de sonidos generados por medios electrónicos, y en que los sonidos grabados son transformados electrónicamente e integrados para conformar una composición (algo que en el rock hicieron Beatles, y como solistas, John Lennon y George Harrison, además de Zappa, con mucha frecuencia).
Se trata de algo más grave; es cierto que la ortografía tiende a eliminar el uso de las mayúsculas que llenaban todos los escritos, y los siguen llenando: los oficios legales, las peticiones que se hacen a todas las oficinas públicas deben ir llenas de mayúsculas: Licenciado, Jefe, Oficina, Departamento, Secretaría, Usted, Digno Cargo; hasta hace no mucho estaba mal visto que los titulares de los periódicos estuvieran con minúsculas, excepto las letras iniciales y los nombres propios; en La Onda revertimos esa tendencia; luego sugerí, y se aceptó en 1983, en el Diario de la Tarde, eliminar las mayúsculas; y muchos años después, lo volvimos a hacer en El Financiero, contra la corriente de los demás diarios que seguían usando las mayúsculas en toda palabra mayor de tres letras.
Pero exageran: la Colonia del Valle es un nombre completo, no se llama Valle, sino Colonia del Valle, pero en todos lados, sin ninguna explicación, bajan la c de Colonia, y en todo caso, si se dice que se llama Del Valle, bajan la d de Del; hay incluso una calle denominada Colonia del Valle (aunque en la nueva edición de la Guía Roji se llama Olonia del Valle; en cambio, acorde con el sentido grandilocuente del rumbo, a la colonia Condesa han comenzado a llamarla La Condesa (sí hay una así, pero está por Atizapán de Zaragoza, Estado de México).

La tendencia de la Academia se toma tan en sentido literal que hasta los nombres propios los ponen en minúsculas. Los accidentes geográficos deben escribirse con minúsculas, excepto cuando son nombres propios; así, el Usumacinta se llama Usumacinta, pero el Río Bravo se llama Río Bravo. ¿Cómo saber cuándo es parte del nombre? No queda más que acudir al Diccionario Porrúa de Historia y Geografía; el Valle de México se llama Valle de México, y el Golfo de México se llama Golfo de México (además, ¿de qué golfo se hablaría si se escribiera “golfo de México”? Aunque muchos, muchísimos, lo escriben así). Bajan de más, perdonando la expresión.

¿Por qué la insistencia? La nueva novela de Rosa Montero, Lágrimas en la lluvia, tiene en la solapa la lista casi completa de sus libros editados, aunque omite la mayoría de los no literarios. Entre ellos menciona una de sus obras maestras, La hija del Caníbal, pero la escriben como La hija del caníbal; el Caníbal, como lo sabe quien leyó el libro, es un torero malo pero ejemplar, y quien lleva por sobrenombre Caníbal, por lo que debe escribirse con mayúscula; pero se da el caso de que en todos lados la citan en bajas, y la explicación no es gramatical, sino de la ignorancia y mal gusto de los editores, que desconocen la novela.
Hay otros casos igual de dramáticos; por ejemplo, Rosalba y los Llaveros; hay quien se indigna al explicar que los títulos se escriben con baja excepto en nombres propios, y luego se molestan cuando se le explica que Llaveros es el nombre de la familia a donde llega a trabajar la divertidísima Rosalba; sucede que hasta los especialistas en el teatro de Carballido la escriben con minúsculas, como si hablaran de los objetos que sirven para portar las llaves de las casas, de las casas chicas y de la oficina; y el error viene en libros tan notables como las dos versiones de la Historia documental del cine mexicano, de Emilio García, Riera; Los pasos de Jorge, de Vicente Leñero, La poesía mexicana del siglo XX, de Carlos Monsiváis, y en Teatro de Emilio Carballido, en la Colección Popular (aunque hay que aclarar que en el texto y en el índice está correcto, pero en la portada contiene el error tan repetido; en los interiores está bien porque es reimpresión de la primera, no así la portada). También se molestan quienes nos recuerda que los accidentes geográficos deben escribirse en bajas y se encabritan cuando se les recuerda que el Llano de Rulfo se llama Llano, es un lugar específico, y no es el llano llano. Y más todavía cuando éstos, Rosalba y los Llaveros y El Llano en llamas, son de los libros indispensables de la literatura mexicana, a más de los más vendidos de sus autores, y en el caso de Rulfo, de la historia de la industria editorial mexicana.
Igual pasa con dos novelas de Martín Luis Guzmán, El Águila y la Serpiente, en la que los personajes no son un águila y una serpiente, sino los símbolos de la lucha revolucionaria, del poder político; más claro el caso de La sombra del Caudillo, éste como un personaje que bien pudiera ser Álvaro Obregón o Plutarco Elías Calles, o una mezcla de ambos; así están en sus primeras ediciones y en las Obras Completas de Martín Luis Guzmán publicadas en diciembre de 1984 por el FCE; pero en nuevas ediciones, en ensayos e incluso en tesis, y en la edición de Promexa, están en bajas. Los autores, comentaristas, críticos, e incluso en el Diccionario de Escritores Mexicanos, de la UNAM, lo escriben como si fueran nombres comunes, águila, serpiente y caudillo. Como el “Llano” de Rulfo está como si fuera un llano llano. Escriben bien, sin embargo, el apellido de los Llaveros de Carballido.
Es el mismo caso de La Silla del Águila, la divertida y estrujante novela de Carlos Fuentes, que aunque sus editores de Alfaguara escriben intencionada y repetidamente con mayúsculas, sus comentaristas, que hasta en eso muestran sus prejuicios, la escriben en minúsculas, aunque se trata de la silla presidencial motejada con el símbolo del poder.
Sucede algo parecido y extraño con Vargas Llosa; muchos de sus reseñistas, y hasta algún editor despistado, llama La fiesta del chivo a su extraordinaria novela sobre el dictador de la República Dominicana; así, en minúsculas, uno piensa en una fiesta de disfraces en la que el anfitrión pide a sus invitados que asistan vestidos de un color o con el motivo principal, como Cars o Ben 10; pero se trata del sobrenombre de Rafael Leónidas Trujillo, y de su reino de terror, represión, represalias, corrupción; por ello, debe ser La Fiesta del Chivo; así lo ponen en las solapas de sus demás libros, aunque en suplementos y revistas especializadas insistan en aplicar la regla gramatical y ortográfica sin razonarla, lo que lleva a pensar que no la leyeron, o no la leyeron bien; en El sueño del celta, ¿celta es genérico?, ¿no es un personaje específico, y por ello debía de estar en mayúsculas?
Más claros son los casos de Conversación en la Catedral; ¿o La Catedral, puesto que es el nombre de una cantina? Pero hasta en la página de internet del Instituto Cervantes escriben La fiesta del chivo, Conversación en la catedral y La casa verde; en ésta se habla de una casa pintada de verde, pero a la que los personajes singularizan: vamos a la “Casa Verde”; sucede que incluso Vargas Llosa, en Historia secreta de una novela, escribe en el texto “La casa verde”, en minúsculas, cursivas y entrecomillado, y así la ponen en todos lados, restándole importancia gramatical, como un nombre simple y no un nombre propio.
Uno tiene dudas con Los cachorros; así, en bajas, suena como aquel epígrafe de Rulfo, “Ya mataron a la perra pero quedan los perritos”; claro que en la novela de Vargas Llosa no son un grupo que se llame o se haga llamar así, pero si tuviera mayúsculas, lo singularizaría; pero en el prólogo a la edición de bolsillo de Lumen, de hecho la segunda edición, José Miguel Oviedo, uno de los especialistas en Vargas Llosa desde sus primeros libros, escribe La Casa Verde, más correctamente que Vargas Llosa.

Tal vez haya muchos ejemplos; de momento no recuerdo más que El ser y la Nada; aunque en los manuales y en varias ediciones, esté escrito en minúsculas, los editores de Losada, su primera editorial en español, y que saben bastante de ediciones, señalan que la nada no es un vacío ni una ausencia, sino una condición, y ponen Nada en mayúsculas, como lo escribe José Ferrater Mora, que sí lo leyó, y como lo escribe el propio Sartre, L’Etre et le Néant. Essai d’ontologie phénoménologique; igual que Ferrater Mora escribe con mayúsculas la obra de Martin Heidegger, El Ser y el Tiempo.
¿Manías, sobrecorrección, o prisa por salir del paso del muy mal pagado arte de hacer solapas?
(Y a propósito de Rosalba y los Llaveros, cuenta Salvador Novo que en su estreno hubo reacciones de molestia por las expresiones malsonantes que él mismo, pocos meses antes, había criticado; alegaba que las escenas de sexo podían ser discretas, insinuadas, mientras que las voces altisonantes salían sobrando; pero al dirigir la obra de Carballido dejó las insinuaciones y las palabrotas; “Pinche casa”, dice un personaje, que ya no aguanta más a la familia los Llaveros; pero en el estreno, un crítico, apellidado Icaza, se indignó por el improperio; Novo intenta explicarse el enojo del crítico porque, a lo mejor, oyó mal, y refuta: el personaje dice “pinche casa”, no “pinche Icaza”. En la cinta, dirigida muy poco después de su puesta en escena, por Humberto Gómez Landeros, excluyó la palabrota, a cambio de dejar, efímeros pero excitantes, unos cuantos desnudos de unas extras antes de que proliferaran los horribles desnudos artísticos del cine mexicano. Y a propósito, en la edición de Empresas Editoriales de La vida en México en el periodo presidencial de Miguel Alemán, se nombra la obra Rosalba y los llaveros.)

¿Alguien había oído hablar del pitcher Salas, de los Cardenales de San Luis, quien en seis intentos de salvamento a salvado juegos juegos y tiene promedio de 1.29 en carreras limpias, además de dos victorias? Buena compañía le hace a Jaime García.
http://errataspuntocom.blogspot.com/

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