Contra la crítica constructiva

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Al hablar de Tomás Segovia y de Ramón Xirau, Octavio Paz dijo que ejercían ellos dos una singular forma de la crítica: la generosidad, y en su correspondencia con Perre Gimferrer, Paz menciona varias veces las notas cordiales de Xirau.
En su larguísima plática con James R. Forston, Carlos Fuentes es despiadado con los críticos: “…Cuando la crítica, como sucede tantísimo en los países de habla hispana –que son los países que inventaron la envidia intelectual; esto viene desde Séneca, y en ella se quedaron, como petrificados–, sólo expresa las deficiencias y frustraciones del crítico, o es un acto de venganza, o una flatulencia privada contra un libro porque el autor no invitó al crítico a una fiesta… pues este género de crítica provinciana no sirve para nada […] En muchas ocasiones yo he querido agradecerle a algún crítico norteamericano o europeo alguna buena crítica –buena porque me ha iluminado, me ha enseñado algo, aun cuando el libro no le haya ‘gustado’ al crítico en cuestión–, pero mis editores me lo han prohibido y los críticos mismos han dicho que no quieren conocerme, que ellos quieren leer los libros y criticarlos con la mayor objetividad, información e inteligencia […] Debería mediar un océano entre el crítico y la obra criticada […] Existe cuando la hacen los escritores. Cuando Octavio Paz hace crítica, o cuando la hacen José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Ramón Xirau, Julieta Campos o Salvador Elizondo, entonces sí estamos ante críticos serios. Pero son siempre escritores que saben lo que cuesta escribir, no dómines iletrados que expresan sus frustraciones gracias a la pequeña atalaya de una columnita en una pequeña revista que se lee en las peluquerías…” [¿Se refería a la revista Siempre!, donde colaboraban casi todos los que mencionó como buenos críticos y que era de las que estaban en todas las peluquerías?] En una charla con Miguel Ángel Queimán, recopilada por Jorge F. Hernández en Carlos Fuentes: Territorios del tiempo, afirma: “Yo no escribo crítica negativa, celebro autores y libros que me gustan, es lo que hago, sobre todo cuando escribo. Rara vez he escrito alguna cosa adversa, mucho menos negativa o vengativa, contra un escritor. Para mí la crítica es, en primer lugar, una celebración, un goce, una albricia, un anuncio, una anunciación casi en el sentido cristiano religioso. Pero más allá de eso, un intento de encontrar la correspondencia que la obra reclama, la correspondencia crítica […] Cuando esto se da en el grado más alto, cuando realmente la crítica corresponde a la obra, es casi una obra tan buena como la que le dio origen […] yo creo que tratar de limitar una obra a su temática o decir ésta no fue la intención del autor, es un insulto al autor, todos sabemos que al escribir cuántas cosas se dan cita en una obra, cuántas cosas confluyen, cuántas influencias, lecturas, sensaciones, cuántas referencias que no aparecen en la obra, están en el ánimo del escritor y reaparecen en el ánimo del buen lector, lo que pasa es que hay buenos lectores y malos lectores, y buenos y malos críticos. No hablemos de eso.” En Los narradores ante el público, dijo una frase más contundente: “esta comunidad literaria canibalística, en la que la competencia se confunde con la riña y la crítica con la insidia.”
En ese mismo ciclo de conferencias autobiográficas, José Emilio Pacheco dijo: “Rodin aconsejaba no temer las críticas injustas. Sólo aceptar las que confirman una duda. Lamentable o venturosamente, siempre tengo dudas […] Elogios o censuras debieran encontrarnos lo bastante ocupados en escribir como para que nos afecten […] Puesto que he subsistido gracias al periodismo literario, con la mejor intención algunas personas suponen que soy o pretendo ser un crítico. No es verdad. Me interesa, nada más, hablar de lo que me gusta. Siempre desde el ángulo de un lector vocacional, nunca de un crítico. No es por comodidad: al elogiar lo que admiro cubro mi obligada cuota de enemigos más amplia que al atacar a alguien. Cuando me he ‘metido’ contra un libro, recibo sólo felicitaciones: a todos les agrada que dé en otro blanco la bala que pudo rebotar hacia ellos.”
Al hablar Fuentes sobre Monsiváis, si particularizamos, parece que se equivoca: una nota suya en la Revista de la Universidad de México provocó una enemistad entre él y Luis Spota que duró muchísimos años, y que no terminó ni bajó de tono; quien la haya leído no pensará que fue dictada por la generosidad, aunque no pueda desmentirla; la crítica que hacía Monsiváis en El cine y la crítica era demoledora, como también lo eran sus comentarios incluso de su sección de recortes “Por mi madre, bohemios”. Una nota suya provocó la renuncia de Jorge Ibargüengoitia a la Revista de la Universidad.
¿Las críticas de Raúl Prieto contra la Real Academia serían igual de contundentes si hubieran sido escritas con generosidad, con ánimo de enmendar los errores; digamos, crítica constructiva? La respuesta es obvia.
En Trazos, Juan García Ponce recoge varias críticas generosas sobre teatro, directores, actrices, pintores, escritores: ninguna es tan memorable como la nada generosa nota contra una revista monográfica sobre pintura mexicana escrita por Alfonso de Neuvillate, en la que no se advierte el deseo de ayudarlo a mejorar, que es lo que dicen los escritores que deben hacer los críticos. Cuado muchos años después hubo una nota acerca de De Anima, imitando esa nota contra Neuvillate, se molestó tanto como debe haberlo hecho Neuvillate con García Ponce.
Alfonso Reyes, escritor amable sin perder inteligencia; sabio y de una escritura excelente, y quien siempre tenía palabras de aliento para todos, llenaba sus conferencias acerca de las letras mexicanas con tantas flores como macetas, más divertidas las segundas que las primeras; pese a esas y muchas otras opiniones que a veces marcaban a los criticados, resintió hasta el alma los desalmados y despiadados señalamientos que le hizo Salvador Novo a sus Cuestiones gongorinas, en donde no había comentarios, sólo “dice” y “debe decir”; la larga amistad entre ambos no hizo que menguara el dolor por aquellas apostillas.
No niego que algunos críticos se solacen al escribir una nota negativa; hay algunos reseñistas, a los que no debe negárseles el epíteto de críticos aunque sus notas sean breves y tengan más el sentido de anuncio que de un trabajo largo, que tratan de equilibrar: dos notas negativas, una positiva, una negativa, dos positivas; las notas positivas deben estar muy bien escritas y señalar aciertos que no vean otros lectores, porque si no, pasan inadvertidas; muchas parecen calcas de las solapas y de las cuartas de forros de los libros reseñados. Hay comentaristas cuyas notas positivas se leen sin interés, y en cambio, los lectores gozan cuando hacen notas negativas.
¿Pero existen notas negativas? Sólo las hechas por encargo para atacar a alguien: porque no pertenece a su círculo, porque tiene ideas políticas opuestas a las del reseñista (o su jefe), porque el crítico considera enemigo al autor de un libro, o lo hace como portavoz de un grupo mafioso, aunque sus integrantes ataquen a los miembros de otras mafias. Pero nadie, ni siquiera Paz o Fuentes, cuando hicieron crítica, pretendían señalar errores para enmendarlos; particularmente en el caso de la crítica cinematográfica, la menos amable que se ha escrito en México, pretendía que con ellas los directores, o actores, mejoraran su trabajo. De buena fe, pero se dedicaron a señalar errores; a veces, sólo los describían; otros, con aliento parecido a la mala fe, se solazaban en ellos.
La crítica debe ser desinteresada; no debe pretender mejorar una obra; los políticos piden a la gente que no critique, que proponga soluciones; o sea, que le hagan el trabajo, y además sin molestarlos. Claro que las reseñas, cuando hay –el género ha sido sustituido por los cebollazos o por las entrevistas, que le ahorran al crítico el trabajo de leer–, tienen más el propósito de anunciar a los lectores la aparición de algún libro, y a veces, celebrar la reedición de títulos importantes; pero no basta el solo anuncio: hay que avisarle qué puede esperar de los libros: lecturas entretenidas, gozosas, indispensables, y por dónde encontrarlos: la trama, los personajes, las anécdotas, las referencias cultas o populares, el lenguaje, la estructura; en dónde está lo original, o cuando menos lo novedoso; no siempre se está preparado para las sorpresas: un cambio en el estilo de uno de los autores favoritos, un nuevo escritor que desde el primer libro asombra, el “fracaso” de un autor renombrado, un trabajo excelente de un escritor rutinario; no todos los reseñistas están capacitados para leer diferentes géneros, ni tienen por qué estarlo, para eso se especializan en narrativa, o en sociología, o en historia; pocos se animan a entrarle a la poesía, y por ello, cuando comentan un libro de ese género, se dedican a transcribir párrafos hasta llenar las dos cuartillas requeridas. La incomodidad que representa encontrar un libro malo de un autor al que se le admira, y la más grave aún que representa el libro malo de un amigo, dispuesto a retirarle el habla al comentarista que no la considera obra maestra, y de ofenderse si no la comenta.
Si la reseña sirve para recomendar libros, ¿por qué entonces mencionar alguno malo, o hacer una reseña “negativa”, cuando hay tantos libros no tan malos? Porque es obligatorio advertirle al lector que se encontrará con datos equívocos en fechas, en precisión de datos, en transcripciones fallidas, en erratas o errores que no siempre cambian el sentido del texto, pero que le quitan credibilidad al que comete el error, o al que hizo la traducción. Porque la prosa se envicia con frases incorrectas, que pueden pasar al lenguaje cotidiano y empobrecerlo más, contaminado por la televisión o el radio o el mal periodismo; y no es que los críticos vayan a enderezar el mundo, pero cuando menos que quede constancia; algunos lectores tomarán cuenta de ello; la escritura por lo regular es apresurada, y muchos autores no advierten sus propios errores, y los resultados suelen ser grotescos.
Claro que hay críticos malvados y perversos; no tanto los que gozan al encontrar un error y señalarlo, sino los que se desquitan de las enemistades que van sembrando a lo largo de su vida; y cuando ya hicieron una reseña favorable, la enmiendan en una edición posterior, no corrigiendo sus propias erratas, sino cambiando el sentido: así, una frase como “A Fulano le rezumba el mango para narrar”, lo convierten en “si le rezumba el mango podría crear en lugar de transcribir”.
Claro que hay críticos que en sus lecturas muestran que no tienen lecturas, ¿pero qué puede hacerse con ellos? Claro que hay otros que no critican, sino que relatan y develan su vida sentimental. ¿Y qué pueden hacer las afectadas?
Pero para volver al motivo principal, insisto en que la crítica debe ser desinteresada, imparcial y lo más objetiva posible, aunque el criticado sea un amigo entrañable; tanto, como entrañable son dos anécdotas: Manuel Gutiérrez Oropeza tomó el relato que un amigo pidió leyera y opinara; aunque estaba ubicado en los años ochenta en un ambiente citadino, Manuel comenzó a leerlo como si fueran personajes de Rulfo, con tono y entonación rural; el efecto fue contundente; el autor, ahora célebre, no lo soportó y destruyó el cuento; la otra anécdota que me obsequió Roberto Sosa: Armando Calvo enfermó repentinamente, y debió ser hospitalizado: el pronóstico era grave; su amigo José María Linares Rivas, uno de los grandes villanos del cine mexicano y que veía a las mujeres (en el cine) con una expresión de deseo muy elocuente, no dejó de estar a su lado mientras duró la gravedad, con una fidelidad asombrosa, aunque cotidiana en el ambiente artístico; al enterarse, varios amigos fueron al hospital; al encontrar a Linares Rivas, con la cara entre las manos, angustiado, uno de ellos le preguntó: “¿Cómo está Armando?”. Y con su expresión característica, y voz contundente, respondió: “¿Lo viste en el Tenorio?”; (fue uno de los Don Juan más popular en el teatro en España y en México). “Sí”, le contestó el interlocutor. “Está peor”, concluyó Linares Rivas.

El viernes el mexicano Jaime García perdió el juego perfecto y luego el sin hit en la octava entrada, pitcheando para los Cardenales de San Luis; el sábado, el mexicano Yovani Gallardo de Milwaukee regresó la hazaña y tiró ocho entradas con un solo hit, que recibió precisamente en esa entrada; en la semana hubo dos sin hit, y ya van tres de uno en la temporada, que apenas está llegando a la quinta parte del calendario; el sábado hubo seis blanqueadas. Hoy domingo dos. ¿Será efecto de que los bateadores ya no están consumiendo esteroides, o son los pitchers los que los están probando? Adrián González, para quien pronosticaron que pasará de los 40 cuadrangulares este año, con Medias Rojas, hoy pegó apenas su cuarto jonrón del año.
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