Vicente Rojo: De otro modo lo mismo

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[Dos protagonistas de esta historia fueron actores de otra: los habitantes de Santa María Tonantzintla veían con preocupación a los huéspedes del Observatorio que estaba, entonces, cercano a esa población –ahora está enfrente, en medio, al norte, al sur, al oriente y al poniente– porque eran unos comunistas, ateos, sospechosos de mala conducta. Un día se acercaron unos, comisionados por casi toda la población, al director del Observatorio, Guillermo Haro, uno de los héroes del México contemporáneo, para expresarle su consternación por esos huéspedes, que aprovechando la soledad y el silencio durante el día –los astrónomos trabajan de noche– allí podían trabajar sin molestar ni ser molestados; el único que no despertaba esas sospechas, le aclararon, y lo veían con simpatía por su devoción religiosa, era Fernando Benítez. “¿Fernando religioso?”, se preocupó Haro. “Todas las noches le reza a María, invoca su nombre con devoción”, le narraron los campesinos, que alcanzaban a oír las plegarias. Haro al poco desentrañó la verdad; la María que invocaba no era la virgen María, sino María Asúnzolo. Haro respiró tranquilo.]

Creo haberlo dicho cuando menos media docena de veces: uno de mis escritores favoritos, en muchas épocas mi favorito, es Alain Robbe-Grillet; devoré a su tiempo, cuando debí hacerlo, media docena de sus novelas; me asombra que lo hayan tachado de aburrido, tedioso, sobre todo si se toma en cuenta la enorme influencia que abarcó a gran parte de una generación, una de las más brillantes que se ha dado en México por la cantidad de escritores sobresaliente, y por su calidad que no ha sido opacada por el tiempo.
[Me pongo a pensar en lo que se pierden los lectores acostumbrados, en las nuevas corrientes literarias, a las historias llenas de acostones, a los personajes que reciben a diario, en días fijos, a las amantes ganosas que van a entregarse antes de irse con otros igual de efímeros que ellos dos; a las escritoras que hablan de sus intimidades, y mal de quienes las aburren en la intimidad; ¿cómo leerán los cuentos de José de la Colina, en los que importa la intensidad, en los que los hombres se enamoran de mujeres inalcanzables, en los que ellas se enamoran del mejor amigo del que narra la historia –y no lo consuelan sexualmente? ¿Cómo leerán las historias crudas pero intensas de Juan García Ponce en las que más que el sexo importa la sexualidad, la intensidad de la entrega? ¿Qué pensarán de los personajes de José Emilio Pacheco, que sufren de amores imposibles a la edad en que los lectores tienen no pocas experiencias? En el Taller de Lectura, un asistente que no fue el día que se habló de Gazapo, me llamó para decirme que era una novela “fresa” porque un personaje se tarda semanas antes de acariciarle los pechos a la novia, cuando él, el lector, a la segunda cita le quitaba toda la ropa; y no entendió que podía hacerlo gracias a Gazapo, y a muchos otros.]
El año pasado en Marienband, de la que escribí hace poco, en ocasión de haber conseguido el DVD, hay una frase, una sola, recurrente, que llena toda la narración fílmica y que describe lo que cuentan las escenas; esa frase, con variaciones, distorsiones, supresiones, añadidos y que siempre es la misma, es la que me llega a la mente al leer, revisar, Puntos suspensivos…, el reciente libro que recopila la mayor parte de la obra de Vicente Rojo a lo largo de casi 60 años, y que he visto decenas, cientos de veces en revistas, catálogos, exposiciones, y en varios libros suyos o acerca de esos cuadros. Al hablar de una de sus series, Negaciones, menciona la exposición que montó el Museo Universitario de Ciencia y Artes; no sabía que había intentado hacer cuarenta cuadros, cada uno negando a los otros, y que se los atribuiría a cuarenta pintores heterónimos, y que no pudo hacerlo porque fue incapaz de inventar cuarenta nombres ficticios; él no sabe que fue a la primera exposición suya a la que asistí, aun sin invitación; íbamos Paco Alvarado y yo deslumbrados ante tantas estrellas de la cultura mexicana; Monsiváis abruptamente se arrodilló frente a una mujer, que estaba sentada, y le besó la mano; no recuerdo quién fue, sólo recuerdo su carcajada. Ya para entonces era admirador irredento de Rojo, y conservo aún los dos ejemplares de la Revista de la Universidad, dedicados a las Nuevas Letras, Nueva Sensibilidad, en la que alternaban fragmentos de los “nuevos escritores”, ilustrados, más o menos, con obras de los “nuevos pintores”, aunque había cuadros de los mejores pintores de esa, y de otras muchas épocas, los guardé precisamente por los de Rojo.
Con invitación expresa, durante la exposición Recuerdos 2, en la galería Juan Martín a la que tanto debió el arte mexicano, en medio de todo el gentío, nos sentamos a platicar varios minutos; entre otras cosas, compartimos confesiones sobre el servicio militar; al terminar la exposición nos fuimos a la Cueva de Amparo Montes, con Alba, con Luis Zapata y Olivier Debrois; Vicente y Alba bebieron agua mineral; no fui abstemio, pero sólo bebí vino blanco; “mi generación se bebió todo el alcohol que me tocaba”, se disculpó; inevitablemente se jugó trivia, de la canción sentimental mexicana; sin jugar, nos venció a todos.

En una exposición de 1996, Escenarios, el catálogo tenía poemas de José Emilio Pacheco; ambos evadían a los cazaautógrafos: si te lo firma él te lo firmo yo, decían; soy de los pocos que tengo la dedicatoria de ambos, y ese mismo día; antes, dos años antes, estuvimos en las primeras filas en su ingreso al Colegio Nacional; “con ustedes, está la familia completa”, nos dijo Alba; hay una fotografía de Elena Poniatowska y María José Mejía bailando “No controles”, con la que desacralizaron una vez más la sede del Colegio; ese día volví a ver a José Luis Cuevas, después de tantos años, casi veinte.

Pero hablaba del libro; el texto introductorio, muy hermoso, es una variación de su discurso de ingreso al Colegio Nacional; no puedo reprocharle que en él haya simplificado una de las más hermosas y conmovedoras frases: “Pero además, con Fernando [Benítez] he aprendido la única materia en la que me considero maestro, la de amar a México apasionadamente”. No se lo reprocho porque poseo un ejemplar de ese discurso, y están en la Memoria correspondiente a 1994. Y no se lo reprocho porque ese discurso, más concreto, es casi el mismo, pese a ser muy diferente; y al revisar, y recordar su obra plástica, se ve que cada cuadro, e incluso cada serie, es el mismo pero es diferente del anterior y del posterior. En Señales, la segunda, o la primera, de esas series, cada cuadro parece el mismo, pero en cada detalle hay una variación, algo que lo distingue; eso se hace desesperadamente más contundente en México bajo la lluvia, una de las más extensas, en que las variaciones a veces son mínimas, pero no por eso más radicales.
Al recordar, observar, estudiar, contemplar la obra de Vicente Rojo, es imposible no asociarla con la de José Emilio Pacheco y con Juan García Ponce; no sólo porque con Pacheco ha hecho varios libros, con mayor o menor participación: desde la Gatomaquia (Imprenta Madero, de la que hace poco conseguí un ejemplar que queda a salvo de ya saben quién, que intenta saquear mis tesoros bibliográficos) hasta Circos (El Colegio Nacional-Era), y que tiene un centro gravitacional muy importante: Jardín de niños, una de las mejores ediciones, más bellas y originales, de un libro en México, asdmás del enorme poema; hay otro aspecto; no es el momento de hablar de la de Pacheco, pero ambos han logrado hacer una gran obra con diferentes aspectos y diferentes presentaciones. García Ponce escribió el primer libro monográfico sobre Rojo, y lo siguió a lo largo de casi toda su carrera; ninguno lo definió mejor; aunque en la estética y la poética, nadie tan distante en la apariencia, ni nadie más cercano en la intención.
En las Negaciones, las Señales y demás Series, pocos tan atrevidos como Rojo; eso también es contradictorio porque es uno de los más tímidos en el ámbito cultural, pero es de los que le gusta correr riesgos; riesgos que implican hacer cuadros que recuerdan novelas, poemas, canciones, películas, no siempre las más reputadas, y sí muchas del ámbito popular (pero fino); su elegancia como pintor se debe mucho, pero muchísimo, a que es un excelente lector, de géneros muy variados. En alguna parte de su texto, sin ánimo de presunción, rememora una época en que los pintores pertenecían más al mundo del arte que al de la cotización comercial, y que con escritores, dramaturgos, cineastas, actores, músicos, integraban una comunidad intelectual muy movida y muy divertida, ni complaciente, pese a la amistad.

El único pero a la por otra parte muy bella edición, es un descuido imperdonable por tratarse de quien se trata: un par de erratas y dos páginas sin folio, que no afectan, pero no dejan de estar presentes.

[Una anécdota con protagonistas no de ésta, sino de muchas otras historias: contrataron hace tiempo a un chelista muy afamado para presentarse en México, con obras muy específicas; con una semana de anticipación, avisaron que se encontraba indispuesto, y en su lugar enviarían a otra, de nombre misterioso y ligeramente sensual; el coordinador de la orquesta, un escritor de muchos méritos literarios, pero menores ante su simpatía, su desenfado y su presencia, llegó por ella al aeropuerto; en vez de ella llegó un joven, muy joven, melenudo, más con aspecto de rocanrolero que de músico de concierto; no le quedó más remedio que pensar que era un desperdicio ir vestido para impresionar a la joven chelista; en la casa del director se encontraron con que éste, vestido con elegancia y con gasné, se desilusionó al no toparse con una seductora chelista joven y bella; ¿los nombres? El excelente novelista Eduardo Rodríguez Solís, de quien hablaré extensamente en siguiente entrega; Enrique Bátiz, afamado conductor, y el chelista, ya serio y formal, Yoyo-Ma.]

[Estas impresiones sobre Rojo no pretenden ser críticas; serían sólo impresiones; no quiere decir que mi admiración sea superficial; y están llenas de recuerdos de mi amistad con Alba, inolvidable.]

http://errataspuntocom.blogspot.com/

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