Nel pastel (y otros ismos) en diccionarios de caló

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Dos diccionarios de caló, uno ya con varios años y otro un poco más actual, nos dan una lección de cómo hacer buenos libros de esa naturaleza para un lenguaje tan peculiar como el mexicano: Diccionario de expresiones malsonantes del español. Léxico descriptivo, de Jaime Martín (Colección Fundamentos, Ediciones Istmo), aparecido en 1974, y el Diccionario de argot español, preparado por José María Iglesias (nada que ver con el presidente mexicano, reputado como uno de los hombres más inteligentes de su siglo, y al que derrocó Porfirio Díaz en la revuelta de Tuxtepec, no en las urnas sino tras una rebelión) (Alianza Editorial), de 2003, y que sustituye en esa editorial al excelente, pero que no llegó a México, Diccionario de argot español y lenguaje popular, de V. León, también de Alianza Editorial.
El primero es más divertido, y su estructura es mucho más formal, más sólida, y su criterio es etimológico; sus explicaciones sobre el origen de cada vocablo son lógicas, y los ejemplos de cómo se usan, verosímiles. Al término del lexicón hay un apartado, “Distribución por campos semánticos”, que nos ayuda a encontrar el término exacto para definir o para insultar a alguien sin dejar dudas sobre la intención; como es obvio, la mayoría de los términos y las definiciones tienen que ver con el lenguaje del hampa, que a más de 35 años ya es de dominio general, y con el erotismo, la atracción sexual, y la supuesta superioridad que el hablante establece sobre un rival; porque además, en este tipo de confrontaciones no hay equidad ni se respetan los derechos de género: entablar relaciones sexuales, más que la culminación de un acto amoroso es el triunfo, la posesión, la conquista, el logro; no importa si el contrincante no se siente vencido; el chiste de la posesión es vencer, no importan las consecuencias. De eso se trata el albur, de una posesión imaginaria, pero que el alburero siente como si fuera real. (“Lo hago a diario, no importa si hay o no contrincante”, dice un periodista que no me autorizó a develar –desvelar, dice él– su nombre.)
Es impresionante la cantidad de términos que son comunes con otras regiones hispanoparlantes, lo que lleva a preguntarnos por qué entonces son tan malas las traducciones de Anagrama, por ejemplo; los traductores podrían encontrar términos que no fueran tan locales y que se entendieran en toda América Latina; una de las palabras incluidas, y que se usa en muchos lados, es “sábana”, como sinónimo de billetes grandes; lo usó Vargas Llosa en alguna de sus novelas, y Salvador Novo al relatar cómo Guillermo González Camarena consoló de sus “penas” a una italiana, “con unas sábanas llamadas liras”. También expresión común es “sacar”, pero en España no la usan como sinónimo de admiración por algún triunfo o por una hazaña o una buena calificación o por conquistar, aun momentáneamente, a una mujer espectacular, como se usa en México: “hacer algo sobresaliente”.
Martín no se espanta, pero toma distancia de las expresiones vulgares; las encasilla, y en la definición hay alguna calificación; no es que piense que sólo las usan las personas “con escasa instrucción”, pero da la impresión de que piensa que sólo se utilizan en contadas ocasiones, entre grupos escogidos (perdón), exclusivos y excluyentes, y que incluso el lenguaje hermético sirve para guardar distancias; sin embargo encuentra la gracia de esas expresiones, algunas muy divertidas, y es una lástima que no tenga, en ese espacio de 360 páginas, oportunidad de explicarlas y desentrañarlas.
Para ese caso sería necesario que un investigador se pusiera a escuchar las pláticas en las redacciones de los periódicos, y seguramente no le entendería a muchas expresiones a menos que alguien se las explicara, como “me agarraste descuidado”, “yo te hacía un buen chico”, “ay, me asusté”, “ah, flojo”, y otras que les espetan a los directivos que ni se las mascan (con perdón).
El diccionario de Iglesias es de términos, no de expresiones; guarda mayor distancia que Martín, y define el argot como lenguaje exclusivo de cierros grupos profesionales, pero mayormente a actividades delincuenciales (hampa, prostitución, carcelarios, drogadictos) los que excluyen por cuestiones de edad o de actividades sociales o sexuales. Pero al revisarlo, uno encuentra con que las expresiones recogidas, con perdón, son de uso común, extendido a todas las capas sociales; asombra, por ejemplo, que no incluya el verbo “pepenar”, que si en México tiene dos o tres acepciones, la que menos se usa es la original; Carlos Fuentes, al definirse, afirmaba que sus amigos lo calificaban de gran pepenador”, porque aceptaba a cualquier mujer que se le resbalara; por cierto, ni Marín ni Iglesias ven “resbalar” más que como indiferencia a una situación que pudiera pensarse peligrosa: “se le resbala”, mientras que aquí una resbalosa es una cuyo comportamiento es de alguien que parece derretirse cuando está junto a un hombre que le gusta; una de ojos de papel volando, no necesariamente con lascivia, que no todo coqueteo tiene como fin un acostón. “Acostón” es, en el Diccionario de Mexicanismos, una relación sexual pasajera.
“Charro”, para Iglesias, es un natural de Salamanca. ¡Charros!, pensaría uno; “forofo” es un fanático de alguien, fans, diría alguien que recopilara mexicanismos. El DM recoge “fanático”, pero no fan, mucho más común en el lenguaje actual. Tal vez es el gran problema de los diccionarios de germanías, o de argot, o de jerga (término que, dice Iglesias, es peyorativo, pero no tanto como “caló”, definitivamente calificado como lenguaje del hampa): lo rápido que evoluciona, lo efímero de términos que pudieran pensarse definitovos y la permanencia de otros que llegan discretamente.
Como apéndice, este diccionario de Iglesias, que sirve para sacar de apuros (con perdón) al leer una traducción de Anagrama, contiene una relación del lenguaje estándar=argot, o sea un pequeño diccionario ideológico; en él incluye “tortillera” como sinónimo de lesbiana, asunto que en el DM escabulleron el bulto; y allí nos enteramos que lo que en España es muy común como “polvo” y “follar” no tienen, o no entienden, su sinónimo mexicano, “parchar”. Parchar, para el DM es practicar el coito (¿se practica o se ejerce?); para el Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos, y que Incluye muchos chilanguismos, de Héctor Manjarrez (Grijalbo), recién salido (nótese que se usa con participio, para que Manjarrez no nos incluya entre los influidos por los chilenos que llegaron a México en los años setenta, y a los que responsabiliza de horrores como “al interior de”), parchar es fornicar, aunque fornicar es, según el Diccionario de la Real Academia, “tener acoplamiento carnal o cópula fuera de matrimonio” (de allí que el mandamiento “no fornicarás” no condenaba el acto sexual, sino, como dicen ahora en la doctrina, “no cometerás adulterio”; más contundentes, “no cometerás actos impuros”).
El diccionario de Manjarrez parece expurgar para darle otro sentido, las novelas mexicanas de los años sesenta a los noventa (con algunos agregados, como Ardores que matan (de ganas), la novela de Ramón Córdoba), llenas de argot, caliche, totacho, culto culterano o vulgar, pero que exigía complicidad del lector; algunos de esos libros eran francos albures al lector, como Inventando que sueño, donde resalta la frase, “chin, ya me albureé yo solito” (“Juego de los puntos de vista”); su recopilación es exhaustiva, 2,800 mexicanismos de todos los días, presume la cuarta de forros; dice que sirve para que los padres entiendan a los hijos, los jóvenes a sus mayores, y para que todos capisquen el lenguaje cotidiano de la calle; o sea que no califica de lenguaje del hampa ni lo encasilla para las elites; falla sin embargo al decir que se hallará a sus anchas en la mesa de noche (¿buró, cómoda, chifonier?; ninguno está en el cuerpo del libro), en el mueble del baño (¿váter, retrete, wc, inodoro?, ¿algún nombre adecuado para la mejor invención de la historia, según Umberto Eco, superior a cualquiera otra porque permite defecar sentado?) y en el anaquel de la biblioteca (el nombre correcto es plúteo); acierta al aclarar que este lenguaje lo usan lo mismo quienes hablan bien y quienes hablamos mal. O bien o mal hablados, que a lo mejor no es lo mismo.
Pleno de expresiones, pero también de vocablos, que se usan con tanta soltura que extraña que se incluyan en un diccionario o recopilación de mexicanismos, a menos que mexicanismo sea una palabra que se usa en México y no que se origine o se deforme en México. (A propósito, incluye “hot-cake”, pero como interjección.) Su rigor, del que presume carecer, lo lleva a separar las acepciones según su utilización, porque no es lo mismo sacar ficha, sacar cohete, sacar de onda, sacar la mierda, sacarle (o zacatearle, lo que parece inadecuado porque es de sacarle al bulto, y no tiene que ver con el zacate), sacarle al parche, sacar la sopa, sacar punta y sacársela; otros filólogos separarían cada acepción con diagonales; él da una entrada a cada uno. Su rigor flaquea cuando escribe “coyón” (igual que el DM) como sinónimo de cobarde, cuando la etimología conduce a “collón”, el cobarde que muestra la cola al huir, y viene de testículo (colӗone); pero es una falla generalizada y una discusión que viene de hace mucho; tanto, que no la incluyen (la palabra) Luis Fernando Lara (en el Diccionario del Español de México) ni Jorge Mejía Prieto, éste en su muy escueto ni exhaustivo Así habla el mexicano (Panorama, 1986), discreto vocabulario, no muy atrevido y tal vez apresurado trabajo que sin embargo es tomado en cuenta, porque cuando lo publicó había muy poco interés, fuera del ámbito académico, en este tipo de investigación, posiblemente porque los académicos piensen que el lenguaje cotidiano, coloquial, merece menos atención, y lo circunscribían al clásico Picardía mexicana, que no por nada Octavio Paz prologó una de sus ediciones, y lo tomó como punto de partida para Conjunciones y disyunciones, uno de sus libros más inteligentes y más exigentes. (Jorge Mejía Prieto se especializaba en hacer libros con gran rapidez; a la semana del destape de José López Portillo ya estaba publicando su Llámenme Pepe.)
Hablaba del libro de Manjarrez; pícaro, incluyente, crítico, presume también de no ser su trabajo fruto de la academia, lo que se nota por su flexibilidad, su agilidad, su curiosidad, su aceptación de las contradicciones y de las variaciones de una palabra (“telera”, por ejemplo, que va de la gastronomía al erotismo a la diversión inocua); algo hay que reprocharle, sin embargo: la utilización de “béisbol”, a la española o a la argentina, él tan fanático del beisbol , y que acepte esa españolización, y en cambio escriba, correctamente, futbol. El libro, perdonarán la volatilidad y la carencia de concentración, es muy divertido, y llega a sorprender al incluir acepciones que uno desconoce de algunos términos. Y otra cualidad: aunque no le saca a la vulgaridad, no se empantana ni se regodea en ella; no se calienta con las expresiones sexuales (como unas que conocí y que sigo conociendo) y las valora con justicia, pero sin que le dé más importancia que a otras, que tienen más sentido en términos laborales, políticos o socioeconómicos.
Por último, vale la pena resaltar que ni Mejía Prieto ni Manjarrez ni Iglesias incluyen una bibliografía exhaustiva, aunque de pronto sorprenden algunas actitudes: Iglesias no aporta ningún dato sobre diccionarios de mexicanismos (tan etnocentristas, los españoles); Manjarrez no menciona ninguna novela (alguna de las suyas serviría de ejemplo de algunos términos) y Mejía Prieto incluye un diccionario de mexicanismos publicado en 1931 en Puerto Rico; Martín no pone bibliografía, aunque su Nota Preliminar (me abstuve de decir Introducción) es la más académica, la más formal y la que aporta una mayor comprensión de las germanías.

(¿No sería mejor, para ellos y para nosotros, que los profesores de las escuelas secundarias se abstuvieran de ordenar a sus alumnos que visiten la Feria de Minería, y mejor los ayuden a leer? Los pobres no saben cuáles editoriales visitar, qué libros les ayudarían a entenderse, o a divertirse, y lo que hacen es tomar fotografías con sus teléfonos celulares, estorbar, echar relajo, e impedir que algunos días sea transitable la feria.)

PD. En la nueva temporada de Bones, la generalmente fría Emily Deschanel supera por mucho a sus compañeras del programa, siempre muy guapas. Es probable, dicen, que por estar recién casada cumple con los requisitos de la mujer feliz, es decir, con los tres participios pasados.

http://errataspuntocom.blogspot.com/

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