Cursilerías de la Academia

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Un cartel en el Metro pide que se reconozca a los adolescentes con problemas con la comunidad; así, hasta ganas dan de ser delincuente.
En una de sus maravillosas historias de los cronopios, Julio Cortázar habla de una tía cuyas caderas prominentes podían prestarse a que la apodaran “el ánfora” o algo parecido, pero preferían decirle con toda sencillez “la culona”; esa historia hay que recordarla cuando insisten en utilizar metáforas para hablar de las características de las personas, y del cuidado que ponen en los medios de información para referirse a ellos sin herir su sensibilidad; para evitar que nos ofendamos quienes sufrimos de alguna invalidez, prefieren decir que tenemos “discapacidad”, que significa que somos incapaces; pero lo prefieren a “inválido”, que significa, en buen español, que no nos valemos por nosotros mismos; y se le aplica a quienes necesitamos lentes para ver mejor, a quienes necesitamos plantillas para evitar malas posturas o, peor, dolor en pies, rodillas y columna vertebral a causa de los muy comunes pies planos, mal agravado cuando aumentamos de peso; hay diferentes grados de invalidez, pero en el idioma todos somos iguales, aunque en el cursi lenguaje oficial tenemos “capacidades diferentes”, que es una característica de toda la gente, porque cada quien tiene una habilidad, o es mejor que otros en una actividad determinada; así, en el deporte, los jardineros (outfielders) tienen capacidades diferentes que los jugadores de cuadro (infielders), e incluso se necesitan capacidades diferentes para ser jardinero central que jardinero derecho (colocación, potencia en el brazo, velocidad), y en el cuadro no es lo mismo ser primera base que short stop (claro que jugadores como Pete Rose, Stan Musial, Mickey Mantle, Jimmie Foxx, y con más modestia pero eficacia asombrosa, Juan Gabriel Castro, han mostrado que son tan buenos en una posición como en otra; hasta en el pitcheo son diferentes los relevistas que los abridores); pero insisten en llamar “personas con capacidades diferentes” a quienes recurrimos, en menor o mayor medida, a aparatos correctivos para hacer lo que hacen los demás sin necesidad de lentes, plantillas, muletas o silla de ruedas. Y eso para no hablar de los “adultos mayores” que se les asesta a los ancianos, a los que no hay que confundir con los adultos menores.
El problema es que la Real Academia, que debería normar el idioma, acepta tanto “invalidez” como “discapacidad”, aunque es más específica la primera; pero es una actitud complaciente: en la edición de 1970 del Diccionario no existía “discapacidad”, y sólo hasta las ediciones más recientes es que la incorporaron, en beneficio de quienes se sienten ofendidos; lo grave es que la califican de “cualidad”, cuando quienes tan cursimente le dicen discapacitado a alguien que sufre de una invalidez, lo hacen pensando en que no vaya a ofenderse por un defecto; incluso, para que nos ofendamos menos, nos dicen disminuidos, o sea “minusválido”, que quiere decir que vale menos quien padece una invalidez.

Estos académicos se preocupan menos de las palabras que de lo mal que pueda sentirse alguien por el uso correcto de las palabras; en sus propuestas, que ahora han disminuido por la muina que han provocado, aducen que hay que evitar la tilde en “sólo” porque se pronuncia igual que “solo”, que significan cosas diferentes, y que se diferencian con el acento y no sólo con el contexto, y que nadie va a confundirse; hasta el 17 de diciembre, que pongan a la venta su nueva ortografía, que ya dijeron que no es definitiva porque hay quien sí se preocupa de diferenciar esas palabras (y otras), no sabremos si dejará de acentuarse “aún” cuando se use como “todavía”; se pronuncian igual que el “aun” que no significa “todavía” sino “aunque”, lo que podría ser argumento para suprimirlo y así evitarle problemas a quienes los tengan para saber si se usa o no el acento; más aún: el DRAE no registra el otro uso de “aún”, como adverbio de cantidad, como en “aún más” o “más aún”. Véase la palabra en la edición de 2001, que es la actual; Manuel Seco lo usa así, pero no Moliner.
El Diccionario es confuso; en los buenos periódicos, cuando se elabora un manual de estilo, se acostumbra hacerlo de una manera difícil, pese a las protestas de quienes deben aplicarlo; piden que sea sencillo, pero un manual sencillo provoca que los lectores tengan dificultad para leerlo; un manual difícil hará que los redactores, los reporteros y los correctores (incluso los editores) piensen mucho, pero los lectores no tendrán problemas para leer de manera correcta.
Ése debería ser la norma para el Diccionario de la Academia: que se piense al escribir, para que el lector no tenga que pensar mucho cuando lea, y no se quede con dudas. Parece que pensar no es prioritario, y sí en cambio “pensar en”, lo que lleva a que quienes elaboran el DRAE piensan en que habrá quienes se ofendan cuando no encuentren lo que buscan. Así, la Academia admite que los hombres que se dedican a diseñar y elaborar ropa “de vestir” (¿para qué otra cosa es la ropa, que no sea para vestir y desvestir, según sea el caso?), se les llame “modisto”; en cambio, no dice que las personas (no los animales) que se dedican profesionalmente a cuidar la dentadura, reponer artificialmente sus faltas y curar sus enfermedades (supuestamente de los demás, porque si no, todos seríamos dentistas), si es que son hombres, se les llame dentistos, ni a quienes practican un deporte, si son hombres, se les califique de deportistos, más específicamente a los que entretienen de domingo a domingo con sus habilidades futboleras (en público; de manera privada, ahora son los que gozan los favores de las modelos y actrices que antes explotaban a los industriales y a los políticos) debería llamárseles futbolistos, si hacemos caso de esa diferenciación entre modista y modisto; la modista es una persona que se dedica al diseño, mientras que el modisto es un hombre; ¿Qué los hombres no son personas?

Parece que la Academia quiere ser complaciente: con los que nos atormentamos porque nos consideren inválidos, con los hombres a los que les choca que les llamen modista, aunque ningún beisbolista se enoja porque no le dicen beisbolisto (además de que las mujeres no juegan beisbol sino softbol, deporte que también practican algunos hombres, como lo hizo tan formidablemente mi amigo Tito Florencia; ese deporte no tiene nada de soft, excepto la pelota; y ahora que me acuerdo, una tarde luego de perder 3-2 con un equipo semiprofesional, cuyos integrantes nos felicitaron –¡bien, chavos!–, ya encarrilados aceptamos jugar contra unas mujeres, quienes se apiadaron de nosotros y detuvieron la paliza de 12-1 que nos estaban dando en la segunda entrada). Modisto, dice Luis Acevedo, sólo es admisible en la película de René Cardona Jr. con Mauricio Garcés, Modisto de señoras, y eso porque el guionista se apropia de chistes de los Hermanos Marx, cosa que los críticos de cine no advirtieron.
Desde 1984 decidieron no hacer caso a quienes protestábamos por el uso de “presupuestar” que pusieron de moda los economistas, y la Academia la aceptó muy precipitadamente; sin embargo, no en la acepción de hacer un cálculo previo, supuesto, de costos y gastos de una obra determinada, o de lo que las amas de casa consideraban debían consumir de lo que les daba el marido (“gasto”), sino como “formar el cómputo de los gastos o ingresos, o de ambas cosas que resultan de un negocio público o privado, e incluir una partida en el presupuesto del Estado o de una corporación”, que nada que ver con el cálculo previo, porque además ya estaba “presuponer”, y que además tampoco tenía nada con lo que decían los economistas; decían, porque ya sólo los emisarios del pasado dicen “presupuestar”.
Muchos escritores inteligentes han protestado contra lo que la Academia ha propuesto aunque antes había dicho que era definitivo; más que protestar, han dicho que no acatarán esas propuestas; muchos además son académicos; pocas veces la Academia ha promovido tantas posturas en su contra; en realidad, su labor debería de ser como la de los árbitros, jueces y umpires: tan discreta que apenas nos diéramos cuenta de su existencia.
Entre quienes han protestado con mayor contundencia está el excelente narrador Agustín Monsreal, con quien alguna vez compartí el privilegio de ser jurado de un concurso de cuento. Me envía el siguiente mensaje:
“Pues sí (o será si), es cierto, como diría el célebre (o celebre) testarudo, que no se puede confundir revólver con revolver, pero sí (otra vez sera si), sin ofender a dicho testarudo, la pérdida de su madre con la perdida de su etcétera, frase famosa para demostrar que con los acentos no se juega, como ocurre también con mendigo y méndigo. Y tampoco es lo mismo, por ejemplo:
sólo te mueres y ya
solo te mueres y ya;
ni tampoco:
voy a tomar sólo un vaso de vino
voy a tomar solo un vaso de vino,
ni tampoco:
sólo llegó a la casa
solo llegó a la casa;
ni tampoco:
discute sólo del acento
discute solo del acento,
¿cambia o no cambia el sentido de lo que se dice? Claro que suena igual, pero no quiere decir lo mismo, y para eso en la lengua escrita existe el acento ortográfico, lo que demuestra que el acento en solo es sólo cosa de sentido común. ¿Y qué (que) queda si le quitamos el acento a académicos?, pues acade-micos.”

¿Quién es el “escritor” que en sus dedicatorias melosas jura fidelidad a sus maestros –a quienes roba algunos de sus libros, además de las ideas– y en cuanto puede los traiciona?

http://errataspuntocom.blogspot.com

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