Cuando el futbol era un deporte…

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Quienes fueron a la escuela antes de 1956 titubean a la hora de acentuar las mayúsculas; todavía en 1960 el maestro Benigno Lagunas se volvió indignado hacia quien le señaló que Arbol debería acentuarse, y dijo con su voz más temible: ni la más moderna máquina de escribir puede poner acentos en las mayúsculas; para qué rebatirle que no estaba escribiendo a máquina sino en el pizarrón; algunas de las discusiones más sabrosas que he mantenido con editores y correctores y con alguno que otro autor fueron por los acentos en las monosílabas, que a muchos no le queda claro por qué “vio” sí es y rió “no”.
Muchos incluso siguen acentuando monosílabos que está claro que lo son, como “fue”. Esa misma negativa a los cambios la hemos sufrido quienes, al ver por televisión un batazo largo, en vez del tradicional “se va se va se va se fue”, escuchamos un ilógico “y no, no no no no, díganle que no a esa pelota”; para empezar, el último que le hablaba en serio a la pelota fue Mark Fidrich, pitcher de los Tigres de Detroit en los años setenta, y qué tiene uno que decirle a la pelota que no se vaya o no regrese, porque la pelota no regresa por su voluntad; poco importa que la voz del locutor sea agradable, si al describir una jugada rompe la lógica sin agregarle emoción.
La exigencia de la Secretaría de Educación Pública de que los locutores tuvieran un documento que mostrara que estaban capacitados para dirigirse al auditorio parece ignorada, sino derogada, así como la exigencia de la Secretaría de Gobernación de evitar las palabras altisonantes por medios de difusión electrónica ha quedado rebasada no sólo por los que las insinúan (no, ca…), sobre todo por quienes las ostentan incluso en horarios y canales no restringidos; hay quienes gustan de exhibir ignorancias que se explican porque para su carrera no se necesitan atributos que no sean los físicos, los histriónicos o los de gorgoritos sino porque nunca creyeron que se les preguntara si Octavio Paz era un personaje importante en la Independencia o la Revolución, porque a fin de cuentas sólo se le pide que canten entonados, que se muevan sinuosamente, o que por lo menos muestren que son capaces de hacer imaginar escenas candentes.
No es el caso de los locutores (aunque Inés Sanz ya provocó imaginaciones desbordadas no sólo entre espectadores, sino entre los mismos jugadores); tampoco es que uno pretenda idealizar de más el pasado; en los años sesenta no podíamos imaginar que ahora se extrañaría a Fernando Luengas o que incluso se tuviera por autoridad a Fernando Marcos tanto en el ámbito deportivo como en el ético y el estético. Antes al contrario, Guillermo Ochoa solía recordar aquel partido que debió ser narrado por el locutor comercial y no por el cronista deportivo, quien no llegó al estadio por el estado en que se encontraba; el resultado fue memorable: va la pelota para allá, viene la pelota para acá, va la pelota para allá, GOL.
Antes de que David Pastrana vendiera a Guillermo Cañedo el América, cuando se veía por televisión un partido de futbol a la semana, la gente se quejaba de que los cronistas describieran lo que el espectador veía; era lógico porque eran locutores de los tiempos heroicos en que estaban obligados a describir las jugadas y que el radioescucha las imaginara; así como el aficionado al beisbol se imaginaba el batazo hacia la barda por la emoción que le ponían Septién, Andere, De Valdés, Esquivel, Eduardo Orvañanos, el aficionado al futbol imaginaba al Loco Sesma dejando a los defensas tirados en el césped, con las piernas abiertas y gesto de desconcierto, mientras él mandaba un tiro-centro para Alberto Evaristo, o se deleitaba pensando que Tomás Reynoso en verdad hacía que balón desapareciera de la vista de todos aunque en realidad ya estaba en poder del Chatito Ortiz; o que Tello, Camacho, Gómez, Ormeño, “volaban” para atrapar con las dos manos un potente tiro de Magdaleno Mercado o de Julio María Palleiro.
Quienes los oyeron, aseguran que Albert, Cristino Lorenzo, De Valdés, Arcaraz, lograban que el escucha viera el juego por radio; pero qué caso tenía que uno se lo imaginara si lo estaba viendo; ésa fue una falla de quienes manejaron el deporte por televisión, aparte de que lo comercializaron, lo encadenaron a criterios económicos, lo hicieron caer en una decadencia que no se merecía, y le dieron a sus jugadores una categoría que al mismo tiempo los eleva a alturas inadecuadas, y se les obliga a una conducta que los limita porque son juzgados con reglamentos que eliminan su intimidad y restringen sus derechos.
El futbol no fue el único deporte que no tuvo cronistas a su altura; el boxeo, al perder a Jorge Alarcón y a Toño Andere, comenzó a copiar a los cronistas de la lucha libre estadounidense, a hacerla de los malos y los buenos o los rudos y los técnicos, sin la elegancia de Enrique Yáñez o del propio Mago Septién, y además incapaces de analizar lo que veían; ya no distinguieron la diferencia de los golpes, y quedaron muy atrás de los espectadores, que rugían décimas de segundos antes de que un pugilista conectara el golpe de nocaut. Así, Luengas, Marcos y Ángel Fernández, en vez de explicar, retrataban el juego; les dio por hacerse los originales, y cada uno se adjudicó una característica única; muchos fallaron, y sólo Marcos, con su tendencia a descalificar todo, se autoimpuso como el único calificado para calificar, y además hacerlo con sólo cuatro palabras; Ángel Fernández se distinguió por apodar a todos los jugadores, aun cuando el ingenio no le daba para tanto: si con Zague (el primero) más o menos acertó al llamarlo Lobo Solitario, mostró su carencia de imaginación al decirle a Cabiño “el Cabo”, redundancia no sólo sonora: Cabinho quiere decir cabo; no todos sus apodos fueron malos, y algunos resultaron memorables. Quién iba a decir que los extrañaríamos.

Hay muchas leyendas acerca de las transmisiones de beisbol: que si exageraban, que si mentían (se va, se va, se va, y la atrapa el short stop), que si inventaban; incluso que aprovechaban para anunciar productos que no patrocinaban directamente los programas, que se aprovechaban de la carencia de estadísticas para ensalzar a jugadores ya retirados; cierto o no, contribuyeron a la idealización del juego; el deporte endiosa y crea ídolos, y los voceros resultaron indispensables para ello; ¿cuál fue la diferencia entre Beto Ávila y Vinicio García, aparte de que el primero estuvo 11 años en las Mayores y el segundo menos de una temporada? El primero tuvo la admiración de los cronistas; el segundo sólo su reconocimiento.

Mayores méritos tuvieron los cronistas de toros; Pepe Alameda, a quien se le atribuyen cualidades poéticas imposibles de verificar; aparte de ser hermano de quien dictaminaba qué mujeres se vestían y cuáles sólo se cubrían, sólo tenía el mérito de que los aficionados vieran, como si estuvieran presentes, las dificilísimas suertes de la tauromaquia; José Ramón Enríquez (el sargento Dramón De Enríquez de El cine y la crítica, el célebre programa radiofónico de Carlos Monsiváis) tuvo la paciencia de explicarme en qué consiste cada una, y cuál es su grado de dificultad, además de aceptar mi explicación del erotismo en las tribunas de las plazas de toros; tuvo un oyente asombrado, pero pésimo discípulo: nunca pude distinguir ninguna, y sólo me quedó la envidia de ver cómo Gustavo Arturo de Alba se hizo experto en unas cuantas semanas. Pero Alameda, y en menor medida Paco Malgesto, lograron durante décadas que el taurófilo distinguiera una verónica de Luis Castro de una de Carlos Arruza, y que se imaginara a Luis Procura salir corriendo sin calificarlo de miedoso; los cronistas hicieron ídolo a Silverio Pérez, admirado por una cantidad enorme de aficionados que no lo vieron, sólo escucharon a los narradores, quienes además lograron una hazaña inigualable: que el aficionado se imaginara una suerte que jamás habían visto: La Imposible; y además, con unas cuantas palabras.

El deporte necesita de narradores, tanto como cualquiera otra actividad épica; si los novelistas de la Generación Perdida fueron, además, reporteros de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial; si en nuestra historia antigua y reciente los novelistas interpretaron la Intervención, la Reforma, el imperio, la Revolución; si las gestas sociales han tenido sus cronistas, ¿por qué el deporte, que no es actividad para ociosos ni debe ser arma propagandística de Estados y de estados, no puede tener cronistas inteligentes?
Al parecer, nos hemos de conformar con que para describir el ataque de un equipo, el cronista narre la jugada con unas cuantas palabras: Chícharo, Chícharo, Chícharo, Chicharito, GOOOOL. ¿Cómo se hizo del balón, cómo avanzó, a cuántos defensivos evadió, cuántas gambetas (dribling) realizó, con qué pierna le pegó y cómo evitó que el guardameta la atajara? Eso es labor de la imaginación del espectador.

Hace una semana, en El Librero, enlisté una serie de libros que hablan del mar, en alguna de sus formas, y que no consideró Ignacio Padilla en su libro sobre el mar y la literatura; pero aunque lo tenía presente, lo omití de la manera más torpe: Return Ticket, de Salvador Novo, quien hizo el comienzo más elocuente con que se podía uno topar: “tengo 23 años y no conozco el mar”, y describe una travesía marítima sin paralelo en las letras mexicanas; iguales de emotivas, sensuales, inteligentes y divertidas, las páginas que dedicó a la travesía que el mismo Novo y Héctor González Camarena realizaron, de ida y vuelta, a Europa para estudiar la televisión inglesa, sobre todo, y que están recogidas principalmente en las primeras páginas de La vida en México en el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho. Tampoco mencioné “Circe” ni “Nacimiento Venus”, de Gabriel Zaid. Mi única excusa es el espacio limitado a 1,500 caracteres, pero eso ni yo me lo creo.

En los años sesenta un novelista construía, a contracorriente, una novela magistral; por las noches veía a sus amigos, que lo urgían a que contara lo que llevaba escrito; él, supersticioso, contaba una trama paralela, pero que no era la que estaba escribiendo, para que no se le salara; lo que no tomó en cuenta es que entre esos amigos había dos memoriosos, que llegaban a su casa y transcribían, casi con las mismas palabras, esa otra obra maestra, en muchas páginas superior a la que pocos meses después deslumbraría a los lectores mexicanos, argentinos, españoles y después a todo el mundo. ¿Alguien sabe dónde quedaron esos dos manuscritos paralelos?

El Librero, columna de libros, en el portal de El Universal, en Edición Impresa, durante toda la semana, de domingo a domingo.

http://errataspuntocom.blogspot.com/

Cuando el futbol era un deporte… / IV

Quienes fueron a la escuela antes de 1956 titubean a la hora de acentuar las mayúsculas; todavía en 1960 el maestro Benigno Lagunas se volvió indignado hacia quien le señaló que Arbol debería acentuarse, y dijo con su voz más temible: ni la más moderna máquina de escribir puede poner acentos en las mayúsculas; para qué rebatirle que no estaba escribiendo a máquina sino en el pizarrón; algunas de las discusiones más sabrosas que he mantenido con editores y correctores y con alguno que otro autor fueron por los acentos en las monosílabas, que a muchos no le queda claro por qué “vio” sí es y rió “no”.
Muchos incluso siguen acentuando monosílabos que está claro que lo son, como “fue”. Esa misma negativa a los cambios la hemos sufrido quienes, al ver por televisión un batazo largo, en vez del tradicional “se va se va se va se fue”, escuchamos un ilógico “y no, no no no no, díganle que no a esa pelota”; para empezar, el último que le hablaba en serio a la pelota fue Mark Fidrich, pitcher de los Tigres de Detroit en los años setenta, y qué tiene uno que decirle a la pelota que no se vaya o no regrese, porque la pelota no regresa por su voluntad; poco importa que la voz del locutor sea agradable, si al describir una jugada rompe la lógica sin agregarle emoción.
La exigencia de la Secretaría de Educación Pública de que los locutores tuvieran un documento que mostrara que estaban capacitados para dirigirse al auditorio parece ignorada, sino derogada, así como la exigencia de la Secretaría de Gobernación de evitar las palabras altisonantes por medios de difusión electrónica ha quedado rebasada no sólo por los que las insinúan (no, ca…), sobre todo por quienes las ostentan incluso en horarios y canales no restringidos; hay quienes gustan de exhibir ignorancias que se explican porque para su carrera no se necesitan atributos que no sean los físicos, los histriónicos o los de gorgoritos sino porque nunca creyeron que se les preguntara si Octavio Paz era un personaje importante en la Independencia o la Revolución, porque a fin de cuentas sólo se le pide que canten entonados, que se muevan sinuosamente, o que por lo menos muestren que son capaces de hacer imaginar escenas candentes.
No es el caso de los locutores (aunque Inés Sanz ya provocó imaginaciones desbordadas no sólo entre espectadores, sino entre los mismos jugadores); tampoco es que uno pretenda idealizar de más el pasado; en los años sesenta no podíamos imaginar que ahora se extrañaría a Fernando Luengas o que incluso se tuviera por autoridad a Fernando Marcos tanto en el ámbito deportivo como en el ético y el estético. Antes al contrario, Guillermo Ochoa solía recordar aquel partido que debió ser narrado por el locutor comercial y no por el cronista deportivo, quien no llegó al estadio por el estado en que se encontraba; el resultado fue memorable: va la pelota para allá, viene la pelota para acá, va la pelota para allá, GOL.
Antes de que David Pastrana vendiera a Guillermo Cañedo el América, cuando se veía por televisión un partido de futbol a la semana, la gente se quejaba de que los cronistas describieran lo que el espectador veía; era lógico porque eran locutores de los tiempos heroicos en que estaban obligados a describir las jugadas y que el radioescucha las imaginara; así como el aficionado al beisbol se imaginaba el batazo hacia la barda por la emoción que le ponían Septién, Andere, De Valdés, Esquivel, Eduardo Orvañanos, el aficionado al futbol imaginaba al Loco Sesma dejando a los defensas tirados en el césped, con las piernas abiertas y gesto de desconcierto, mientras él mandaba un tiro-centro para Alberto Evaristo, o se deleitaba pensando que Tomás Reynoso en verdad hacía que balón desapareciera de la vista de todos aunque en realidad ya estaba en poder del Chatito Ortiz; o que Tello, Camacho, Gómez, Ormeño, “volaban” para atrapar con las dos manos un potente tiro de Magdaleno Mercado o de Julio María Palleiro.
Quienes los oyeron, aseguran que Albert, Cristino Lorenzo, De Valdés, Arcaraz, lograban que el escucha viera el juego por radio; pero qué caso tenía que uno se lo imaginara si lo estaba viendo; ésa fue una falla de quienes manejaron el deporte por televisión, aparte de que lo comercializaron, lo encadenaron a criterios económicos, lo hicieron caer en una decadencia que no se merecía, y le dieron a sus jugadores una categoría que al mismo tiempo los eleva a alturas inadecuadas, y se les obliga a una conducta que los limita porque son juzgados con reglamentos que eliminan su intimidad y restringen sus derechos.
El futbol no fue el único deporte que no tuvo cronistas a su altura; el boxeo, al perder a Jorge Alarcón y a Toño Andere, comenzó a copiar a los cronistas de la lucha libre estadounidense, a hacerla de los malos y los buenos o los rudos y los técnicos, sin la elegancia de Enrique Yáñez o del propio Mago Septién, y además incapaces de analizar lo que veían; ya no distinguieron la diferencia de los golpes, y quedaron muy atrás de los espectadores, que rugían décimas de segundos antes de que un pugilista conectara el golpe de nocaut. Así, Luengas, Marcos y Ángel Fernández, en vez de explicar, retrataban el juego; les dio por hacerse los originales, y cada uno se adjudicó una característica única; muchos fallaron, y sólo Marcos, con su tendencia a descalificar todo, se autoimpuso como el único calificado para calificar, y además hacerlo con sólo cuatro palabras; Ángel Fernández se distinguió por apodar a todos los jugadores, aun cuando el ingenio no le daba para tanto: si con Zague (el primero) más o menos acertó al llamarlo Lobo Solitario , mostró su carencia de imaginación al decirle a Cabiño “el Cabo”, redundancia no sólo sonora: Cabinho quiere decir cabo; no todos sus apodos fueron malos, y algunos resultaron memorables. Quién iba a decir que los extrañaríamos.

Hay muchas leyendas acerca de las transmisiones de beisbol: que si exageraban, que si mentían (se va, se va, se va, y la atrapa el short stop), que si inventaban; incluso que aprovechaban para anunciar productos que no patrocinaban directamente los programas, que se aprovechaban de la carencia de estadísticas para ensalzar a jugadores ya retirados; cierto o no, contribuyeron a la idealización del juego; el deporte endiosa y crea ídolos, y los voceros resultaron indispensables para ello; ¿cuál fue la diferencia entre Beto Ávila y Vinicio García, aparte de que el primero estuvo 11 años en las Mayores y el segundo menos de una temporada? El primero tuvo la admiración de los cronistas; el segundo sólo su reconocimiento.

Mayores méritos tuvieron los cronistas de toros; Pepe Alameda, a quien se le atribuyen cualidades poéticas imposibles de verificar; aparte de ser hermano de quien dictaminaba qué mujeres se vestían y cuáles sólo se cubrían, sólo tenía el mérito de que los aficionados vieran, como si estuvieran presentes, las dificilísimas suertes de la tauromaquia; José Ramón Enríquez (el sargento Dramón De Enríquez de El cine y la crítica, el célebre programa radiofónico de Carlos Monsiváis) tuvo la paciencia de explicarme en qué consiste cada una, y cuál es su grado de dificultad, además de aceptar mi explicación del erotismo en las tribunas de las plazas de toros; tuvo un oyente asombrado, pero pésimo discípulo: nunca pude distinguir ninguna, y sólo me quedó la envidia de ver cómo Gustavo Arturo de Alba se hizo experto en unas cuantas semanas. Pero Alameda, y en menor medida Paco Malgesto, lograron durante décadas que el taurófilo distinguiera una verónica de Luis Castro de una de Carlos Arruza, y que se imaginara a Luis Procura salir corriendo sin calificarlo de miedoso; los cronistas hicieron ídolo a Silverio Pérez, admirado por una cantidad enorme de aficionados que no lo vieron, sólo escucharon a los narradores, quienes además lograron una hazaña inigualable: que el aficionado se imaginara una suerte que jamás habían visto: La Imposible; y además, con unas cuantas palabras.

El deporte necesita de narradores, tanto como cualquiera otra actividad épica; si los novelistas de la Generación Perdida fueron, además, reporteros de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial; si en nuestra historia antigua y reciente los novelistas interpretaron la Intervención, la Reforma, el imperio, la Revolución; si las gestas sociales han tenido sus cronistas, ¿por qué el deporte, que no es actividad para ociosos ni debe ser arma propagandística de Estados y de estados, no puede tener cronistas inteligentes?
Al parecer, nos hemos de conformar con que para describir el ataque de un equipo, el cronista narre la jugada con unas cuantas palabras: Chícharo, Chícharo, Chícharo, Chicharito, GOOOOL. ¿Cómo se hizo del balón, cómo avanzó, a cuántos defensivos evadió, cuántas gambetas (dribling) realizó, con qué pierna le pegó y cómo evitó que el guardameta la atajara? Eso es labor de la imaginación del espectador.

Hace una semana, en El Librero, enlisté una serie de libros que hablan del mar, en alguna de sus formas, y que no consideró Ignacio Padilla en su libro sobre el mar y la literatura; pero aunque lo tenía presente, lo omití de la manera más torpe: Return Ticket, de Salvador Novo, quien hizo el comienzo más elocuente con que se podía uno topar: “tengo 23 años y no conozco el mar”, y describe una travesía marítima sin paralelo en las letras mexicanas; iguales de emotivas, sensuales, inteligentes y divertidas, las páginas que dedicó a la travesía que el mismo Novo y Héctor González Camarena realizaron, de ida y vuelta, a Europa para estudiar la televisión inglesa, sobre todo, y que están recogidas principalmente en las primeras páginas de La vida en México en el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho. Tampoco mencioné “Circe” ni “Nacimiento Venus”, de Gabriel Zaid. Mi única excusa es el espacio limitado a 1,500 caracteres, pero eso ni yo me lo creo.

En los años sesenta un novelista construía, a contracorriente, una novela magistral; por las noches veía a sus amigos, que lo urgían a que contara lo que llevaba escrito; él, supersticioso, contaba una trama paralela, pero que no era la que estaba escribiendo, para que no se le salara; lo que no tomó en cuenta es que entre esos amigos había dos memoriosos, que llegaban a su casa y transcribían, casi con las mismas palabras, esa otra obra maestra, en muchas páginas superior a la que pocos meses después deslumbraría a los lectores mexicanos, argentinos, españoles y después a todo el mundo. ¿Alguien sabe dónde quedaron esos dos manuscritos paralelos?

El Librero, columna de libros, en el portal de El Universal, en Edición Impresa, durante toda la semana, de domingo a domingo.

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