La Revolución Mexicana en el espejo de la caricatura estadounidense

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La exposición La Revolución Mexicana en el espejo de la caricatura estadounidense se exhibirá del 6 de octubre de 2010 al 20 de marzo 2011 en el Museo de Arte Carrillo Gil, en un evento organizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes. La muestra hace un recorrido por la caricatura de principios del siglo XX publicada en los principales rotativos de ese país para plantear la forma en que los vecinos del norte miraban entonces a los mexicanos. En aquellos primeros años de la centuria, la Revolución Mexicana fue motivo de miles de caricaturas publicadas, con frecuencia, en las primeras planas de los periódicos estadounidenses de la época y, muchas veces, con más valor que el de los titulares a ocho columnas. Aquellas imágenes no sólo pretendían describir o comentar lo que sucedía al sur de su frontera; expresaban los diversos y muy poderosos intereses norteamericanos en México afectados por la Revolución. Como toda caricatura política opinaban, buscaban influir, intervenir en los acontecimientos, darles ciertas directrices; más que atestiguar el devenir de los hechos, formaban parte misma del proceso, ya defendiendo, ya criticando ciertas posturas; formando —como todo periodismo— corrientes de opinión pública y exigiendo determinadas políticas al gobierno de los Estados Unidos. El tiempo ha convertido aquellas caricaturas en documentos históricos, en piezas del rompecabezas del pasado, pero lo importante en la caricatura más que el chispazo genial de un día, más que la calidad, la originalidad o el valor artístico de cada obra, lo que cuenta es la cantidad, la repetición “machacona”, la imagen construida por miles de caricaturas. Y la imagen del México revolucionario que nos legó la caricatura norteamericana es devastadora. En ella los mexicanos son primitivos, brutos, ambiciosos, violentos, crueles, sucios, feos, ingobernables… en todos los términos, inferiores al prototipo anglosajón de piel blanca. Para la caricatura norteamericana tan malos resultan Huerta como Zapata, Villa o Carranza; en última instancia no distingue diferencias y termina pintando a todos igual. Por ello, deja ver con precisión el racismo y la cuestionable superioridad liberal con que los Estados Unidos miraban al México revolucionario. Habla a gritos, como afirma Mark C. Anderson, de cómo se ven y enaltecen a sí mismo los Estados Unidos frente a un otro —la alteridad— al que apenas entienden. ¿Qué huella queda de estas imágenes 100 años después de dibujadas?, ¿qué tanto las hemos incorporado a nuestra mirada sobre nosotros mismos?, ¿qué tanto nos reflejan? Estas son las preguntas que esta exposición propone a sus visitantes.

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