La vida sí vale (Infante, José Alfredo, Bonifaz Nuño)

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Tiene razón García Riera en su Historia documental del cine mexicano cuando afirma que La vida no vale nada merecía mayor popularidad que la que obtuvo la película anterior filmada con Pedro Infante, Escuela de vagabundos.
Dirigida también por Rogelio González, es mucho más vital que su antecesora, aunque carece de su ritmo vertiginoso y alegre; en cambio, las mujeres que la pueblan son mucho más verosímiles que Miroslava y Blanca de Castejón; si bien no hay una anécdota optimista, tiene muchos aspectos positivos y un ritmo envidiable.

Infante obtuvo un Ariel por la mejor actuación masculina, mucho más valioso que el sobrevalorado Oso de Plata de Berlín, como también apunta García Riera; fue el máximo honor que recibió, y el reconocimiento de que era un buen actor; lo curioso es que lo ganó por hacer el papel de un alcohólico, aunque se presume de que, como Jorge Negrete, era abstemio (también Carlos Monsiváis ganó una Diosa de Plata por actuar como Santa Claus borracho, siendo –casi– abstemio, en Los Caifanes); es notorio que era abstemio, porque cuando actúa como ebrio exagera sobre todo el modito de andar.

La cinta inicia cuando, caminando en zigzag, casi es atropellado por un camión conducido por Ramón Valdés, el mismo que, como taxista, discute con Infante en Escuela de vagabundos; acepta llevarlo a la ciudad, donde, desarrapado, sucio e inseguro, pide trabajo en una tienda de antigüedades, mal atendida por Rosario Granados, buena actriz para el papel de una viuda sin sostén, madre de dos hijos casi desamparados, y que apenas se basta para sobrevivir; pese a que desconfía de la apariencia de Infante, le da trabajo y todo comienza a ir bien: Infante anda pulcro, el negocio va para arriba, los niños lo quieren y hasta la sirvienta se siente contenta; a pesar de la época, hay no sólo insinuaciones sino escenas que hacen más que explícito que Granados e Infante comienzan a tener intimidad; ella se ilusiona porque por primera vez en mucho tiempo no sólo está bien vestida y bien comida; es tal su euforia que cede a la tentación de hacer que Infante brinde por la felicidad; él se resiste, pero también cede; siete años antes se había filmado The Lost Weekend, Días sin huella en español, que Andrés Soler menciona en El Ceniciento, con Tin Tan; en 1962 se filmaría Días de vino y rosas; ambas, sobre el alcoholismo; la segunda, alegato a favor de las curas crueles; la primera, mucho más violenta, la lucha sin esperanza contra la enfermedad; La vida no vale nada, con una inteligente economía de recursos, muestra los efectos de esa debilidad; basta un par de copitas para que se derrumbe el futuro que Granados creía ganado; Infante, consciente dentro de una borrachera, sabe que lo ha perdido todo: a Granados, el cariño de los niños, y la estabilidad conquistada, que nada hay que pueda hacer por detener el deterioro, y abandona la casa de Granados; así es como se entiende el principio de la cinta: borracho, huye de pueblo en pueblo.
Va a dar a otra ciudad; un ligero episodio muestra a José Pardavé como un panadero inepto, pero que amenaza a Nacho Contla, el dueño, con abandonar la chamba si lo sigue regañando, y peor, si no le aumenta el sueldo; Contra explica al ayudante, Manuel Dondé, que aunque Pardavé es malo, no hay otro en el pueblo; en eso llega Infante a pedir chamba; Contla despide al desconcertado Pardavé, y platica: en una crisis alcohólica Infante se fue como cada vez que sufre una, se va puebleando hasta que se cura, pero recae siempre; confía en que ahora sí sea por mucho tiempo.
Infante defendió en una casa mala a una prostituta maltratada por clientes; en pago, ella lo acoge en su cuarto, donde se la pasa durante algunos días, hasta que la matrona exige a Magda Guzmán que lo despida; antes de la última, ella, desenfadada, le cuenta que no tiene para cuándo irse: debe mucho a la patrona en vestido, casa y sustento; para liquidar la cuenta le cuelga; Infante promete sacarla de esa mala vida; es por eso que regresa a la panadería, a juntar para mandarle el dinero a Guzmán; analfabeto, pide ayuda a Dondé para juntar el dinero necesario, y para que le escriba a Guzmán cuando lo reúne. La carta que envía Dondé es tan convincente (“¿pues que le escribiste?”) que Guzmán llega al pueblo donde trabaja Infante para cumplirle lo que le prometió. Infante se muestra sorprendido: él sólo quería ayudarla, no vivir con ella; le aconseja que regrese a su pueblo, sin necesidad de trabajar en lo de antes; Guzmán se indigna, se siente despechada, se embriaga y promete entregarse a cualquiera; el remordimiento abate a Infante, quien vuelve a caer en la embriaguez; vuelve a alejarse cantando “La vida no vale nada”, y Contla de nuevo a preparar la masa.
Infante va a dar a su pueblo natal, donde encuentra a Hortensia Santoveña, su madre, en la absoluta miseria, rodeada de hijos pequeños casi muertos de hambre; el padre, Domingo Soler, se fue en busca de trabajo, se encontró con una mala mujer de la que se encaprichó, y dejó de enviar dinero; Infante va por él, y se encuentra con que Lilia Prado lo prefiere a él; Soler enloquece, y de paso Wolf Ruvinsky, en un espléndido papel, también está encaprichado por Prado.

Aunque Infante es el eje de las tres tramas, el peso dramático recae sobre las tres mujeres: Granados, quien desesperanzada, encuentra en él ánimos para dejar la viudez, recuperar la satisfacción, y rehacer el camino; se le cree cuando expresa su miedo, su angustia, su incipiente y fugaz felicidad, y la desesperación cuando advierte que ha perdido a Infante, y que ha sido su culpa; Rogelio González, tan dado al melodrama, por esta vez no cae en la tentación de mostrarnos la conclusión de este drama. Granados es más convincente que nunca, y muestra una belleza discreta, serena, sobre todo comparada con su aspecto al aparecer por primera vez; también es convincente en su entrega: ansiosa, pareciera inexperta, y que el personaje de Infante la hace sentir algo que no sintió en su matrimonio; se le sugiere feliz, enamorada; no hace los reparos de Miroslava ni es caprichuda como Liliana Durán, las enamoradas de Infante en Escuela de vagabundos; por eso es más verosímil su desesperación al saberse abandonada, y peor, culpable.
Magda Guzmán está excelente; jovencísima, de 23 años (más joven que Anabelle Gutiérrez en Escuela de vagabundos), apenas en su sexta película, ya había sido nominada para el Ariel por La duda, de Alejandro Galindo, en 1955; en 1956 fue nominada también por La vida no vale nada; por desgracia, el cine la aprovechó poco y la mayor parte de su trayectoria ocurrió en la televisión mexicana, que despedazó e inutilizó muchas carreras prometedoras; en esta cinta se le ve guapa, pero no espectacular como la mayoría de las prostitutas del cine mexicano: no es exuberante, un poco tosca, pero tentadora; también es convincente cuando se muestra incrédula ante las promesas de Infante de sacarla de esa vida de perdición; es convincente cuando llega a buscarlo, incrédula pero esperanzada de una nueva vida, y enfurecida cuando Infante se niega a cumplirle, azorada por el rechazo: ¿para qué me sacaste de allí?, reclama, va a buscar a quien entregarse pero eso no la satisface, se embriaga, apedrea la panadería, se hace encarcelar y rechaza que Infante vaya a excarcelarla; como de Granados, ignoramos el destino de Guzmán, pero lo suponemos aún peor, si es que el desconsuelo no es lo peor.
Lilia Prado está más cachonda que nunca, si es posible; más que en El gavilán pollero, más que en Las mujeres de mi general, más que en Confidencias de un ruletero, que en Cuarto de hotel; más que en Isla de lobos; como una indómita lugareña de un lugar tropical, se burla de los hombres, le encanta verlos tristes, se ufana de su derrota y su sufrir; promete y no cumple, se les ríe en su cara, y con un pequeño gesto los tiene a sus pies; al inmenso Domingo Soler lo doblega, y lo hace enfrentarse a su hijo, igual que Fernando en La oveja negra, sólo que, más que Leonor Llausás, se muestra fresca, con las piernas al aire con desenfado, nada modosita; no exhibe sus pechos en demasía, pero hace pensar que no usa brasier, y eso la hace más provocativa. Le fascina encender a Infante, y cuando ve que no logra que éste se enfrente a Soler, azuza a Ruvinsky para los ataque; al quedarse sin padre e hijo, que van abrazados de regreso al hogar, cae en la desesperación, como Granados y Guzmán, aunque le toca el consuelo, a ella sí, de quedarse con el primitivo Ruvinsky. Prado, una excelente actriz a la que no se le consideró así a causa de su picardía, la belleza de su cuerpo y a los papeles que le tocó hacer, cambia el ritmo de la cinta, la hace movida y alegre, y el drama que enfrenta, el mayor de los tres planteados, se ve menos denso que los otros; no es sino hasta el final que se ve que puede convertirse en tragedia.

La cinta es muy buena, entre las mejores de Infante, y su actuación es extraordinaria, con el pequeño inconveniente de que no se le creen las escenas de borrachera; si alguien camina con tanto zigzagueo, más bien se cae; su dicción tampoco es real; pero en los otros momentos, cuando teme emborracharse, cuando se le ve tan dubitativo, tan apocado, es mucho más verosímil que cuando la hace de criado malcriado; lo suyo no es la arrogancia, sino el titubeo. Es muy natural cuando ve que el mundo se le cae encima, cuando no puede responderle a Magda Guzmán, cuando encuentra a un Soler displicente, cuando ve a sus hermanos desamparados, cuando ofrece un cinco al menor, a quien no había conocido, cuando Santoveña estalla en lágrimas cuando lo ve.
Sus alternantes están tan bien como él; Soler y Ruvinsky no tienen falla y explotan al máximo las oportunidades de su papel; Soler, en su enfrentamiento con Infante, llega a superar a su hermano Fernando en La oveja negra, y Ruvinsky está en su mejor momento, ni exagerado como en Pepe el Toro, ni sobreactuado como Santo en la invasión de los marcianos. Manuel Dondé y Nacho Contla están muy bien. Pero lo mejor de la cinta son las tres alternantes de Infante: Granados, Guzmán y Prado.
“La vida no vale nada” (“Camino de Guanajuato”, por mal nombre) remata cada uno de los episodios donde el conflicto lo lleva al alcoholismo; aunque la canción no habla específicamente de borrachera, relata un largo camino de desolación, y los obstáculos a los que se enfrenta el narrador; José Alfredo Jiménez es uno de los mejores compositores mexicanos, aunque la música sea casi la misma en varias piezas no menores: “Amarga Navidad”, “El tren sin pasajeros”, “La que se fue” y la maravillosa “La noche de mi mal”, sin letra, son casi la misma; tiene algunas frases emblemáticas: “de mis manos sin fuerza cayó mi copa sin darme cuenta”, “otra vez a brindar con extraños”, “caminé llorando a mares donde no me vieras tú”, entre otras, resumen el sentimiento del vacío amoroso, la sensación de pérdida; sin embargo, las letras, sin la música, no dicen nada; es la conjugación de ambas lo que lo hace bueno; “La vida no vale nada” comienza como una canción más, pero tiene giros inesperados; un verso como “vete rodeando veredas” es una metáfora no del caminante, sino de una actitud ante la vida de quien no puede enfrentarse a retos a veces insoportables, como la pérdida del amor, tan frecuente en Jiménez; lo he dicho ya varias veces: me parece que muchos de esos versos fueron sugeridos, corregidos, enmendados o aprobados por gente de talento literario y que, con las distancias debidas, relató lo mismo con mejor mano literaria, y con la misma intensidad que él; no puedo afirmarlo, pero no puedo dejar de pensar en Rubén Bonifaz Nuño, alguien que habló del amor y del desamor con la misma pasión que Jiménez, y que gustaron de los mismos lugares de la vieja ciudad de México de los años cincuenta; pudo haberse dado ese encuentro; Albur de amor, un extraordinario libro de poemas de Bonifaz Nuño, tiene versos que parecen citar canciones de José Alfredo. Éste, por su parte –también ya lo dije en otro lado– llevó la canción rural a la ciudad, cambió el camino árido por las calles desiertas a medianoche, y en vez de tambora necesitó de rockola. Sus personajes pueden ser campesinos, pero sus canciones son más adecuadas para oficinistas que lamentan en una cantina los desplantes de las ingratas que, ellas sí, indiscutiblemente, son las protagonistas de esas canciones.
Para muchos, ésta es la mejor cinta de Pedro Infante; no es fácil encontrar una mejor que ésta, y como actor, alcanzó con brillantez el cumplimiento del papel más difícil de su carrera. Y sí, merecía mayor popularidad que Escuela de vagabundos.

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