La (des)memoria del Sótano

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Por Eduardo Mejía.- Ya conté cómo, al entrar a una librería, aun a la Universitaria que tenía muchos empleados, nos ofrecían algo que sabían que nos iba a interesar; este sábado fui a una de las muchas sucursales de El Sótano, y con maldad me acerqué a desbaratar una entretenida plática entre empleados, para pedir el libro que cuenta la historia de la librería; uno de ellos, luego de titubear, fue por el ejemplar; no me preguntó si se me ofrecía algún otro título, sólo me dio un cartoncito con su clave para que supieran quién me había atendido; también por maldad pedí algún libro de Evelyn Waugh; ya sé que mi pronunciación es pésima, por culpa de Miss Gladis, pero en vez de preguntarme por el autor se fue a la computadora y empezó a teclear BOG.
En el libro De Juárez a Quevedo. Páginas de la historia de las librerías El Sótano, edición de Nelio Edgar (sic, sin acento) Paz, se afirma que el cliente es primordial, que nunca han tenido una descortesía; eso era antes, como se dice en las redacciones; cuando uno pedía un título no consultaban nada, iban directo a una mesa o a uno de los libreros y encontraban, generalmente, lo que se les había pedido; pero además sugerían otros del mismo autor o del mismo tema.
No era frecuente que lo hicieran con clientes que conocían la librería, dejaban que uno encontrara y que buscara otras cosas; con mis amigos Rubén Maní, Alejandro Rosales, Patricia Proal, Rodolfo Rodríguez y Jesús Corona nos tardábamos más o menos una hora buscando, escudriñando, expurgando plúteos, anaqueles, mesas arriba y abajo; nunca pude comprar El laberinto, de Robbe-Grillet, pero encontré muchísimos más que ahora provocan envidia de muchos lectores y bibliómanos (las bibliotecas, aparte de la lectura, ¿provocan otro placer que ver la envidia de los rivales?); y la plática con Gerardo López Gallo hacía que pasáramos otra media hora, y como íbamos después de salir de El Habana, ya salíamos después de las 10, 11 de la noche.
Cuando iba Rubén Maní, él nos daba aventón; si no, nos apresurábamos para estar fuera a las 11:45, porque a las 12 salía el último Fundidora o Estrella; si no, había que ir a Reforma a esperar un pesero. Alguna vez la plática se extendió tanto que Gerardo me ofreció aventón, luego de llevar a Irma, la cajera, a su casa en Tlatelolco, y aun nos detuvimos en una cantina en Misterios donde proseguimos la plática hasta las tres de la madrugada. Eso lo cuento en mi parte de El juego de las sensaciones elementales.
Muchos años después tuve la columna “De Librerías” en La Onda, que escribía con seudónimo para que no me sobornaran, pero Félix Moreno que había intuido la autoría le avisaba, ya publicada, a sus colegas, para que la leyeran; cuando hablé de la Librería del Sótano Gerardo me llamó y me invitó a desayunar al café que estaba en la misma dirección de la Librería, al lado, como bien me corrige Marco Pulido, del cine Variedades; llevábamos ya varios años de una amistad si no cercana sí cálida; recordó cuando Jesús Corona le dio un gran descuento en un restaurante de lujo donde realizó una de las mejores operaciones de su vida, y me dijo que le había leído mi columna a sus empleados, porque había algún reproche pues alguno de ellos no encontró un libro que le pedí; siempre trato de que estén al tanto, que se sepan bien la librería, afirmó.

Después del sismo de 1985 casi todas las librerías del rumbo sufrieron un daño, mayor o menor; la Del Prado se fue cayendo hasta desaparecer, en otro rumbo; la Del Sótano se refugió en la San Rafael, sitio inhóspito para librerías, incluida la American Book Store, antes excelente.
Supe que abrieron en Miguel Ángel de Quevedo, pero le fui fiel a la de Avenida Juárez, donde volvió Gerardo con una librería un poco caótica, con algunas ausencias, pero con una calidez que nunca he encontrado en Taxqueña; aun cuando muchos empleados se mostraban tan desinteresados como en una Gandhi, la mayoría de las veces el trato fue cordial, y muchas veces Gerardo salía para saludarme (antes me lo encontré en el Fondo de Cultura Económica, cuando andaba con lo de las librerías México); cuando apareció El juego de las sensaciones elementales fui a buscarlo, porque le dedico gran parte de un capítulo; ya no lo encontré; por De Juárez a Quevedo confirmo que hubo roces que lo llevaron a vender su parte, algo que ya me habían comentado otros libreros.

La Librería Del Sótano no sólo era una librería, sino un sitio familiar, donde se encontraban amigos, donde nos citábamos, y donde platicábamos; ahí me agarró el temblor de enero de 1973, poco después de una comida vegetariana con Chucho Vargas Heredia, y días después del temblor de Nicaragua; la cajera, que no era Irma sino una también muy bonita pero muy arisca, comenzó a gritarle a Roberto suplicándole que detuviera el sismo; le recomendé, y mandó comprar, leche de magnesia para absorber la bilis; pasado el susto, seguí buscando libros pese al consejo de desalojar el local para estar seguros de que no hubiera daños; fue mi librería favorita durante mucho tiempo, y lo siguió siendo incluso en las épocas de mi amistad con Polo Duarte, Raúl Guzmán, Carlos Hernández, Félix Moreno, Antonio Navarrete. Además, como realmente estaba en un sótano, era muy lucidora en la época de las minifaldas de principios a mediados de los setenta.
No menos de mil de mis libros los compré allí, incluida una primera edición de Cantar de ciegos, de Carlos Fuentes, dedicado a un amigo, pese al control que llevaban en la editorial y en la librería.
Pero como sucede en todos lados, la memoria es ingrata; en De Juárez a Quevedo no sólo olvidan muchos rasgos que hicieron de la librería una de las mejores del siglo XX capitalino, sino que desconocen su trayectoria y la deforman. No hay una sola mención a dos sucursales que tuvieron a principios de los setenta, una en Florencia, pequeña y cómoda, cálida y hospitalaria, que pese a todo duró poco; influyó la distancia entre la zona de librerías de Insurgentes, y los centros nocturnos que comenzaban a proliferar; no se había descompuesto la Zona Rosa, pero ya no era zona exclusiva; por el mismo rumbo tuvo mala suerte una efímera sucursal de la Hamburgo, en Tíber, o sea la misma calle pero cruzando Reforma. Otra Del Sótano de fugaz vida estuvo en Leibnitz, que finalmente se convirtió en Contraste y después alojó a una editorial de buenas intenciones. No hay una sola palabra acerca de ellas; si fracasaron, fueron sólo en lo económico, y hubo muchas sin suerte; alrededor de la Zona Rosa sólo duraron la Hamburgo de Insurgentes y Hamburgo, y la De Cristal de Niza, o las especializadas de Arvil y similares; otras duraron menos; y en Polanco sólo las De Cristal de Homero y de Ejército Nacional, por los libros escolares, porque otras han tenido pésima suerte; el Péndulo es más cafetería que librería, y el trato dejen que sea impersonal, es descortés y negligente; me divierto mucho preguntando por libros agotados pero me asombra que no sepan que estén agotados ni quiénes sean los autores (en El Péndulo de Nuevo León, por el contrario, encontramos un empleado eficaz, informado y atento, el primero en tantos años).
Aunque hay agradecimientos a sus empleados en general, y entrevistas autoelogiosas a varios de ellos, no hay el reconocimiento que mereció Roberto (así lo conocíamos todos) que durante los primeros años se encargó de que llegaran los títulos interesantes, que se le diera prioridad a la literatura y las artes, en general, más que a los best-seller, que no dejaban de vender pero sin desplazar a los otros, lo que no sucedía ni en la Bellas Artes ni en Porrúa, donde todos estaban parejos sin destacar géneros, cuando mucho le daban preferencia a los autores o títulos famosos. Si algo distinguió a la Del Sótano fue eso, porque en la añorada De Cristal, en cada pérgola había una especialidad (la sección infantil, que conocí en los cincuenta, estaba presidida por efigies de Bugs y de la Pequeña Lulú; y la literaria era una más de las secciones).
La Del Prado era más exclusiva, y Libros Escogidos tenía otro sentido: libros raros, desconocidos, agotados. La Del Sótano parecía para conocedores, y los empleados, corteses, seguían los dictados de Roberto, que conocía el mercado como pocos, las editoriales, los distribuidores, y a los clientes.
Ya hablando de descortesías, no hay una palabra a El Caballito; sí a la editorial no a la librería, en la Glorieta del Caballito, pequeña como caja de zapatos, pero dinámica y feliz, y que fue el origen de la Del Sótano.

Asombra que quien dice haber pasado toda su vida en la librería afirme que Avándaro era una editorial, cuando en realidad era una distribuidora que se encargaba de la comercialización de Mortiz, Seix-Barral y Ariel antes de la llegada de Ángel Jasanada, y de que estas editoriales tuvieran su sistema propio de distribución; asombra que no se mencione el coctel más famoso de esta librería, que fue el ofrecido a Carlos Seix, que terminó en La Ópera, precisamente donde fue tomada la famosa foto de “La Mafia” que tanto comentan en el libro.
Lo más asombroso es que no haya una sola fotografía de la librería original, y en cambio hay muchas de las gélidas sucursales nuevas, ni de Gerardo López Gallo, la cabeza visible de la empresa cuando menos para el público; asombra que se enorgullezcan más de su competencia con la Gandhi en vez de la épocaen que había una competencia leal entre ella y la Del Prado, Porrúa, Libros Escogidos, y la cercana Zaplana (la que estaba en Juárez ya había desaparecido) y otra en San Juan de Letrán. Asombra que afirmen que daban descuento de 10 por ciento por fidelidad de los clientes, cuando algunos privilegiados obtuvimos uno un poco mayor, desde luego con conocimiento de los López Gallo.
Sobre todo asombra que siempre se refiera a la original, la auténtica, como Librería El Sótano, tratando así de borrar el pasado, cuando era Librería Del Sótano, como muestran los timbres que ponían en la página de cortesía y desprendían en las cajas y que las menciona Teresa Dey, a quien pudieron encargarle el libro, en vez de quien escribe con tantos tropiezos, fallas, con una redacción antiliteraria.
A causa de este libro uno añora más la Librería del Sótano, sobre todo la de la época de las minifaldas.

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