De libros “estufa”

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Lo que más temían los editores era la aparición de un libro estufa; los libreros, también; desordenaban la rutina y alborotaban el mercado; hablaré de un caso, una vez más; cuando apareció, en 1964, Los hijos de Sánchez  en el Fondo de Cultura Económica llamó la atención de los antropólogos, pero nada más; muchos lo conocían desde que Random House lo publicó en inglés en 1961; meses después salió la segunda edición; pasó algún tiempo hasta que algunos reaccionaron con chovinismo barato: ¿cómo es posible que un gringo venga a hablar mal de los mexicanos, a difamarnos? El 11 de febrero de 1965 la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística acusó ante la PGR al autor, Oscar Lewis, nada menos que por disolución social, ultrajes a la moral pública y a las buenas costumbres, y por difamación. El 6 de abril de ese mismo año la PGR determinó que no había delitos que perseguir, pero el daño estaba hecho; las autoridades se dieron cuenta que participaban en una editorial, que desde 1948 dirigía Ornaldo Orfila Reynal, argentino, y lo obligaron a renunciar.
El libro salió de las prensas del FCE (si alguien encuentra algún ejemplar puede considerar que tiene en sus manos uno de los libros más caros del mercado), y pasó a las de Joaquín Mortiz, que entre octubre de 1965 y febrero de 1966 vendió tres ediciones, las dos últimas de más de diez mil ejemplares; ¿cómo es que un libro especializado en la antropología de la pobreza llamó la atención de tantos lectores que no habían reparado en él en las ediciones del FCE? Sólo por el escándalo.
¿Joaquín Mortiz salió beneficiado por ese hecho? Antes al contrario, casi lo perjudicó, porque la gente comenzó a pedirlo y los libreros a exigir que les surtieran ejemplares, la editorial debió dejar de imprimir títulos que ya estaban a punto de entrar a prensas, a pedir mucho más papel del que tenían presupuesto, y los libreros pagaban no al ritmo que les surtían, sino a las acostumbradas 30, 60 y 90 vueltas; la editorial debía pagar entretanto papel, almacén, imprenta, encuadernación, distribución, sin recibir sino muy dilatadamente los pagos de los libreros, que a cambio seguían exigiendo más ejemplares.
Lo mismo sucedió, pocos años más tarde, con El estilo personal de gobernar; ¿cómo fue que los lectores no repararon en los editoriales de Daniel Cosío Villegas en Excélsior, y en cambio se lanzaron sobre el libro? Un fenómeno de la comunicación; aunque en Mortiz sospechaban que el libro se vendería bien, el cálculo los rebasó, y de nuevo sufrieron para satisfacer la demanda de los libreros, y aguantaron que les pagaran a los plazos acostumbrados mientras Mortiz, que era una editorial noble, casi sin fines de lucro, debía pagar sus gastos y recibió los pagos con meses de retraso.
¿Y los libreros por qué exigían que les surtieran con premura? Sabían (no sé si ahora lo sepan) que si un lector busca un libro y no lo encuentra en dos o tres librerías, o en una semana, deja de buscarlo. Procuraban tener bien surtidos sus anaqueles (mi amigo Humberto Musacchio repara en mi uso de “plúteo”, que no sólo es un término correcto sino que intento usarlo como Salvador Novo, quien nunca dejó de aprovechar la homofonía para alburear a lectores y amigos) y sus bodegas para satisfacer a ese lector; de lo contrario, lo perdería; parece cruel, parece reproche, pero los libreros buscaban complacer, dicho sea sin albur, a los lectores ocasionales más que a los clientes fijos, porque éstos de cualquier manera estaban amarchantados, mientras que los otros no; y la paradoja es que los amarchantados lo estábamos con varias librerías a la vez, no con una sola.
Al cabo de unos pocos meses todo regresó a la normalidad: Oscar Lewis siguió teniendo los lectores acostumbrados, los interesados en su materia más que en los chismes, y Cosío Villegas también los lectores fieles, no los atraídos por el escándalo y por los adjetivos que le asestaba a Luis Echeverría, menos agudos que la crítica al poder que ejercía siempre.
Un caso diferente sucedió con Gabriel García Márquez; él y sus editores de Sudamericana y sus distribuidores en México se vieron sorprendidos por el éxito inmediato de Cien años de soledad; Ediciones Era se benefició pues comenzó a vender, aunque no con el mismo ritmo, sus libros anteriores. La vida de García Márquez sufrió un cambio brusco y súbito, dejó de transportarse en los camiones San Ángel Inn, dejó de ir al Horreo, y dejó de caminar por Mazarik y Mariano Escobedo, como hacía antes; dejó de trabajar en revistas y en publicidad, pero se vio presionado para publicar un libro tan asombroso como esa novela; advirtió a todos, sin embargo, que no haría un libro similar, que su siguiente novela sería por completo distinta; ni los lectores no lectores ni los editores le creyeron; pensaron que si de cualquier manera hasta las secretarias (no es discriminación; en esa época se decía que García Márquez había hecho leer hasta a las secretarias y que Waldo de los Ríos había hecho que hasta los boleros anduvieran silbando Mozart) habían entendido un libro fácil de disfrutar pero duro de desentrañar, cualquier libro suyo tendría la misma suerte; y no sólo se tardó un buen número de años en entregarlo, casi siete años, sino que casi lleva a la quiebra a Plaza & Janés con El otoño del Patriarca, porque los lectores no lectores no pudieron con una novela de más de 300 páginas y sólo siete puntos y aparte. Cerros de ejemplares se apilaban en la entrada de las Zaplana, y rebajaron el precio, y hasta la edición de lujo (empastada, pues) quedó al alcance de todos los bolsillos, y ni así; desconozco los términos del contrato, pero es de creer que le dieron un anticipo muy fuerte o, como apenas comenzaban a hacer las editoriales españolas, a pagar la edición completa; la editorial sufrió un descalabro que le llevó años reponerse, además de que en México le agarró la crisis con una fuerte deuda en dólares.

Pero hablé de tres libros que de cualquier manera iban a tener lectores, y que por el escándalo que sufrieron (la demanda de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística; los comentarios de Zabludovsky, la fama extraliteraria de Cien años de soledad), tuvieron más lectores de los esperados.
Había otros libros de venta súbita pero ilimitada en el tiempo; por ejemplo, El diario del Che Guevara en Bolivia; aparecido meses después de su asesinato, en días agitados, en plena efervescencia política muy poco antes (creo que antes) del Movimiento Estudiantil, lleva cerca de 30 ediciones; pero es fama que la primera edición, completita, la compró Zaplana, la librería más importante de la ciudad de México en esas fechas; no niego la importancia de Libros Escogidos, de la Del Sótano que comenzaba, de las Porrúa y de las de Cristal, pero Zaplana había comenzado su expansión, estaba en la calle más importante en términos económicos, y era sitio de reunión, aunque no de tertulia, de muchos intelectuales; patrocinadora de la revista El Cuento, de Edmundo Valadés; Toño Navarrete exigió un número tan alto de ejemplares, que Siglo XXI tuvo que hacer otra edición para satisfacer la demanda de las otras librerías. Y a lo largo del tiempo ha tenido muchas más ediciones que las de Lewis y de Cosío Villegas.
Decían libreros y editores que hay que vender los libros mientras estén calientes; enfriados, abarrotan las bodegas; ahora van a las ferias de remate; antes, a las librerías de viejo; se entendía que cuando sucediera un fenómeno así, había que aprovecharlo; ninguna editorial, excepto que atentara contra su código, se negaba a tener un best seller en su catálogo, porque aunque no fuera un título literario, ayudaba a publicar varios títulos que sólo venderían dos o tres mil ejemplares; a veces, unos cuantos cientos. Que Joaquín Mortiz tuviera algunos libros excelentes que además se vendían mucho, como De perfil, Gazapo, era motivo de orgullo, así como Era, elitista, izquierdista, se enorgullecía de tener Aura, con tanta venta como los libros del Che y de Castro; Grijalbo presumía de que los libros de Irving Wallace permitían la impresión de libros más importantes políticamente, aunque no se vendieran tan bien, como El verano de la anarquía.

Aunque no lo parezca, era el mismo sentir de los libreros; se les podía adivinar el gesto de indiferencia cuando vendían diez o doce ejemplares de un best seller, y el de placer cuando vendían uno a la semana de uno que a ellos les gustaba; conocían a sus clientes y sabían qué comprarían sin reparar en el precio; “Mira lo que te conseguí”, decía Polo Duarte con un gesto similar al que ponía cuando veía a una mujer hermosa; “¿Ya tienes éste?”, exclamaba Navarrete al tiempo que mostraba un nuevo título, que sabía iba a emocionar al cliente; en la Del Prado pedían el número exacto de ejemplares para sus clientes, y muy pocos más para compradores ocasionales; no se exponían a que yo comprara un libro y por ello Gabriel Careaga se quedara sin su ejemplar; lo que hacían era hacer sufrir a uno, porque lo escondían, y hasta que ya íbamos de salida lo mostraban: “Mira, hermano”.
Quedan pocos, si no es que muy pocos, que sienten esa satisfacción de vender bien en vez de vender mucho; en otra clase de mercancía, Jesús Iturralde prefería vender un solo disco de Michelle Shoked o de Cowboy Junkies que cien de Lambada; en cuanto veía entrar a un cliente le espetaba: “tengo algo que te va a gustar”, y nunca se equivocó, al menos en mi caso; Enrique Fuentes se precia de no tener libros malos (a veces se equivoca, pero de buena fe) en sus plúteos, y cuando le piden algo que no admitiría en la Madero, los manda con voz seca a cualquiera de las librerías cercanas que no discriminan material.
Las editoriales no hacen distinción; ignoran que hay libros que no son para todas las librerías, comienzan a ignorar a las que no cumplen una cuota, y mandan montones a las librerías que acomodan en las mesas de novedades los libros de venta segura; entierran lo que creen que sólo le interesa a los “apretados”, y luego regresan en montón como devolución libros que nunca vimos, que no pudimos ojear, que no supimos que habían sido publicados; ellos mismos boicotean su producto.
Cada vez es más difícil comprar; si un título se agota en Sanborns, que vende más que muchas librerías, no lo resurten; y como además piden pocos ejemplares, hay muchos títulos y autores que salen de circulación y quedan olvidados, en beneficio de libros de autoayuda, que los editores tampoco leen, que editan a ciegas, y que si leyeran, se enterarían que están haciendo mal su trabajo.

Posdata: excepto el viernes, en que sólo hubo una, diario hay dos o tres blanqueadas en las Ligas Mayores; algunos creen que eso es aburrido; lo es para los que no saben de beisbol; lo malo es que a veces son los que llenan los estadios; es como con los que compran muchos librpos, pero malos.
Posdata 2: luego de varios accidentes realmente accidentales, sé cuál es la diferencia entre los primates y los humanos.

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