Combate a las bibliotecas

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Todos los lunes, al salir de Bellas Artes, pasábamos a la Porrúa de Avenida Juárez para ver las novedades de la semana; en el aparador exhibían los libros que acababan de surtir las editoriales el fin de semana; aunque nos interesaban sobre todo los de literatura, había otras materias que ofrecían títulos más que interesantes, sobre todo de historia y de política; cada semana aparecía un nuevo número de las Selecciones del Séptimo Círculo, y corríamos a la Del Prado a comprarlo, pero ya sabíamos qué queríamos.
También era el día que íbamos a Joaquín Mortiz, y aunque don Joaquín era siempre amable y amigable, a quien le quitábamos más el tiempo era a Bernardo Giner de los Ríos; y a la salida nos entregaban el paquete de las novedades, que comentaba en los espacios que tenía en dos diarios.
Pero nuestras visitas a las librerías no se limitaban a los lunes; con frecuencia le quitábamos el tiempo a Roberto, el encargado, el segundo de a bordo de la Librería del Sótano (no El Sótano, como ahora), a menos que estuviera muy ocupado, pero también hablábamos con Irma, la cajera, o con Gerardo López Gallo; o en la Del Prado, con mi generosísimo amigo Carlos, o con Humberto o un poco menos con el tímido Álvaro (ahora desatado), y muchas veces con don Félix; o en la Hamburgo con Toño Navarrete, otro amigo de gran generosidad, y quien me hizo el primer encargo de un libro para una de sus muy exclusivas ediciones.
En todas las librerías nos topábamos con los agentes de las editoriales: de Alianza, Barral, Avándaro, Era, Siglo XXI, Seix-Barral, el Fondo de Cultura Económica, y nos enterábamos no sólo de las novedades, sino de los títulos que volvían a promover; “ya nada más tienes un ejemplar de éste, ¿te mando diez?”, y comenzaba el regateo: cinco; ocho, lo van a buscar, no se ha movido. También nos hicimos buenos cuates de esos vendedores, y aún nos los topamos en ferias de libros.
Eran épocas en que a cada rato descubríamos autores o títulos que ignorábamos, y acudíamos a las librerías de costumbre a conseguirlos; o a algunas que no frecuentábamos mucho, como las que estaban en Insurgentes, cerca de la entonces casi nueva glorieta del Metro; o a la Universitaria de Insurgentes 300, o a la menos de moda Zaplana de San Juan de Letrán, o a la agonizante De Cristal de las Pérgolas de la Alameda, asesinada por la construcción de la línea 2 del Metro; o a las otras Zaplana de Insurgentes o de Tacubaya, o a la Madero, o a la que estaba detrás de la Hamburgo y donde conseguí un chorro de primeras ediciones de Juan Goytisolo.
No siempre encontrábamos lo que buscábamos, aunque me hice de la fama de conocer las librerías mejor que sus dueños, lo que me hizo acreedor a una invitación al encuentro de libreros y editores en La Paz, en 1980.* Pero si no lo encontrábamos, lo pedíamos y en dos días cuando mucho nos lo tenían, en cualquiera de las librerías donde pasábamos el tiempo en que no trabajábamos o no leíamos.
Algunas veces se nos pasaba de noche alguna novedad, pero no pasaba mucho tiempo sin que alguien, como Roberto Fernández Iglesias, o Francisco Elorriaga, o Jesús Márquez Narváez, nos hablaban de ella, y nos lanzábamos a conseguirla; o alguien lo recomendaba o lo castigaba en alguno de los suplementos o revistas que puntualmente reseñaban libros; a veces, en las propias redacciones nos entregaban un ejemplar para que lo comentáramos.
Los viernes, cuando no iba a hablar de libros en el programa de Sergio Romano en canal 11, me iba a las librerías de viejo de avenida Hidalgo; un día se me desapareció una, en la que encontré muchas maravillas a precios bajísimos, y además muy bien cuidados; uno de mis sueños recurrentes es que, repentinamente, la encuentro entre Viana y Lerdo Chiquito; me despierto angustiado porque sé que ya no existe. Regresaba a la casa cargado de maravillas que alguna vez despertaron la codicia de Bernardo Giner, cuando confesó que le daba envidia alguno de los títulos que estaban en el librero del comedor; puestos a comparar, entre algunos amigos hemos visto con amargura títulos que siempre anhelamos, en los libreros de amigos que en ese momento se convierten en enemigos; hay algunos generosos que de pronto se encuentran dos o más ejemplares salidos de bodegas recónditas, y adquieren varios para los amigos.
La primera vez que fui a casa de Emmanuel Carballo no fue para entregarle ningún manuscrito, sino para espiar sus libros; la primera vez que entré a casa de Gustavo Sainz expurgué varios de sus libreros para ver cuáles había leído; cuando fuimos vecinos de Francisco Elorriaga, revisábamos con lupa sus libreros mientras él revisaba los nuestros, y mucho del respeto que le tenemos a algunos conocidos es por saber que tiene una biblioteca bien surtida, y sobre todo leída;** así, nos llenamos de vanidad cuando algunos de nuestros cuates no muy cercanos expresan su azoro al saber la cantidad de libros que atesoramos, pese a que no guardamos todo lo que adquirimos o leemos, por imposibilidad de espacio; “¿tantos?, ¿dónde los guardas?”, preguntan sin saber los trucos a los que recurrimos, todos los sitios que aprovechamos para guardar, y lo más ordenadamente que se puede, aunque de sobra se sabe que una biblioteca viva nunca está quieta, y que los libros se esconden cuando queremos presumirlos, o se entremezclan con otros de un género distinto: ¿qué tiene que estar haciendo una filmografía de John Ford con los ensayos sobre la Revolución Mexicana?; ¿qué las novelas de Álvaro Uribe con los de la Revolución Francesa?, ¿o los de Felipe Garrido entre los de sociología?, ¿o algunos de poesía entre los de beisbol? A veces saltan las sorpresas: entre libros que se han ido quedando rezagados encuentro la primera novela de una autora que ahora es célebre y que no habla con orgullo de ese primer libro, y no sé si chantajearla o compadecerme de ella; de pronto, una primera edición que no recordábamos que la tuviéramos. Imposible domesticar una biblioteca, que a veces hace jugadas terribles; un matrimonio de escritores, amigos nuestros, llegó a un acuerdo amistoso para hacer una separación civilizada; al repartirse la biblioteca comenzaron a discutir por algunos títulos (él quería quedarse con unos que ella consideraba suyos, o ella quería deshacerse de otros, que él rechazaba); el acuerdo se rompió y la separación fue más amarga por esas discusiones que por los motivos por los que habían decidido separarse; otra pareja, por la misma época; decidieron seguir juntos pese a las diferencias irreconciliables con tal de no desbaratar su biblioteca.

Aunque en las Gandhi presumen de que pusieron la primera librería sin mostradores en la ciudad de México, desde los años cincuenta entraba a la Zaplana de San Juan de Letrán, que no tenía mostradores, y hurgábamos entre los estantes para encontrar algunas rarezas;*** la del Sótano nunca estuvo cerrada, ni siquiera cuando aún no tenía ese nombre y estaba en la glorieta de Juárez y Reforma y se llamaba El Caballito (junto a un Kikos que ofrecía unas hamburguesas deliciosas); y así eran la Universitaria y la Hamburgo, y ya sabíamos el orden en que guardaban los ejemplares, y dónde teníamos que buscar, por autores, por géneros o por editoriales. Ahora los encontramos por casualidad.
En el más reciente (¿en serio, no acaba de salir uno nuevo?) de los libros de Pedro Ángel Palou, afirma que encontró un libro rarísimo en la Madero, que se distingue por tener un montón de libros rarísimos, además de quienes la atienden; pero hablaba de Enrique Casillas, el propietario; de don Tomás Espresate a Enrique Fuentes pudo haber alguno que yo desconociera, pero no, es una confusión de Palou; pero ni Fuentes ni Álvaro pudieron comprobarlo porque la editorial no se los mandó, aunque la librería está especializada en historia, porque las nuevas editoriales exigen una cuota de libros vendidos, y si no la cumplen, dejan de surtirles; no es la ley del precio único, sino ese criterio de las editoriales, lo que va a acabar con las librerías en México; ya hay pocas librerías que uno puede recorrer buscando nuevos títulos o, mejor, algunos que se nos haya pasado de la mesa de novedades, pero resulta que ya no resurten; si un libro de entrada no tiene buena recepción, en poco tiempo lo consideran desechable, y uno tiene que esperar a la feria de clavos que cada año se pone en el Auditorio; ellos dicen que de libros que se deben salvar de la guillotina; en realidad expían sus culpas por su pésima distribución, por su negligencia al vender, por la falta de interés en el lector.
A la muerte de Carlos Monsiváis alguno de los expositores de la última feria en el Auditorio recordó que algún año Carlos acudió con ¡mil pesos!, pero no se fijan que Vicente Leñero se gasta como cinco mil pesos, por encontrar títulos que no llegaron a las librerías, o que no lo resurtieron ni una sola vez; en la última, en un solo día, en un solo puesto, me gasté lo que Monsiváis en toda la feria (según ese mal memorioso; seguro que no se dio cuenta de cuántas veces se gastó eso y más en un solo estante). Al parecer, los editores están seguros que los lectores no compran libros; hace unas semanas vi, sin poder comprarla, una biografía de Sylvia Beach; la busqué en varias librerías, y lo más alentador que encontré fue en un Péndulo: sí lo tuvimos, pero ya no lo tenemos; y no dejé de pasar más de dos semanas en tratar de conseguirlo. Lo más grave es que no saben quién fue Sylvia Beach ni qué es la Librería Shakespeare; además, nos ven como si cometiéramos un crimen por buscar lo que no tienen.
Hace unos días vi un anuncio en facebook: un tomo con la poesía reunida de Kyra Galván; para quien sabe de poesía, eso es una noticia formidable: lo busqué, y encontré en una Porrúa nueva; pero me llamó la atención que el empleado primero la buscó en su computadora, comprobó que lo tenía, dio dos pasos a su izquierda, y lo encontró; es evidente que no conoce su librería como la conocía Roberto, el de la Del Sótano, o los mosqueteros de la Del Prado, o Navarrete o su sobrino Islas, y antes Navarrete en Zaplana, o Raúl Guzmán en la Universitaria, y desde luego Polo Duarte en Libros Escogidos y los del mostrador de las Porrúa, que no necesitaban de computadoras para saber en qué plúteo estaba el ejemplar pedido.
Pedir un libro que no tenga una librería no sirve, pues pocas veces lo consiguen, o por desinterés o porque las editoriales están empeñadas en sacar lo que está en camino y en promover las novedades del mes, más que en renovar lo que está en bodegas. En Libros Escogidos era un chiste cotidiano afirmar que el saludo de Polo Duarte no era un sonriente “buenos días” sino “no lo tengo”; ahora es una realidad: si no compramos un libro durante los tres primeros meses en que comenzó a circular, lo más seguro es que no lo encontremos.
La consecuencia es que las editoriales sólo se interesan en los libros que se venden de inmediato; antes les llamaban libros estufa. De ellos hablaremos en la siguiente.

*El día que murió Salvador Novo me topé en la esquina de Juárez y López a Miguel Ángel Flores; ¿no sabes dónde encuentro Toda la Prosa? En la Del Prado, le dije; vengo de allá; lo forcé a que me siguiera a esa librería (no sé si confundo el día, pero recuerdo que nos encontramos a José Emilio Pacheco y a Salomón Láiter, y platicamos unos minutos); al entrar, le reclamé a don Félix Moreno: ¿por qué no quiere venderle libros a Miguel Ángel? Porque pide lo que no tengo; busque en el rincón de arriba, en el ángulo derecho; allí estaba; algo parecido me sucedió en la Del Sótano; me gané un desayuno con Gerardo López Gallop, quien estuvo a punto, años después me confesó, de ofrecerme chamba con él; otro hubiera sido el destino…
**¿Cuántos libros tiene Gustavo Sainz?, me preguntó Carlos Monsiváis un día que sí lo encontré, en su casa; como 18 mil; ¿ordenados? sí; yo también tengo como 18 mil, pero cuando quiero releer Pedro Páramo tengo que ir a comprarlo; ya lo tengo como 15 veces.
***Como casi todos los que me interesaban de Los Presentes.

Posdata. Hoy lunes 26 de julio Matt Garza lanzó el quinto juego sin hit de la temporada, y faltan cinco días de julio, todo agosto y septiembre y otros días de octubre. ¿De veras no están tomando esteroides los pitchers?

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