Escuela de vagabundos, una película engañadora / II

0

Emilio García Riera, en sus dos versiones de la Historia documental del cine mexicano, insiste en que argumento y dirección ayudan a los personajes que interpreta Pedro Infante en sus cintas, porque cuenta sobre todo con la simpatía del director, y del público; en el caso de Escuela de vagabundos esa preferencia es muy marcada, porque al primer día se gana la confianza de la familia Valverde, coquetea con todas las mujeres que habitan la casa, se faja a la que está en edad de merecer (Blanca de Castejón ya está pasadita, Dolores Camarillo es comparada con la Nana Pancha, Anabelle Gutiérrez muy menor; sólo quedan Ana María Villaseñor y Miroslava), entabla competencia desleal y ventajosa con el mayordomo Eduardo Arcaraz, se burla del novio sin derechos de Miroslava, Fernando Casanova (sólo guarda prudente distancia con Óscar Pulido) y se toma atribuciones que no le corresponden.

Pese a la advertencia que hace Pulido para que se le despida, y de que las tres mujeres oficiales de la familia sean discretas en la cena que darán a varios invitados, sobre todo al señor Vértiz y familia, lo desobedecen y hacen que Infante parezca más presentable, Arcaraz le presta uno de sus smoking (traje especialmente hecho para fumar, como su nombre lo indica), y asegura que Alberto Medina se ve bien gracias a esa prenda; ése es uno de los mayores descuidos del guión, y es extraño que no se le hayan puesto objeciones, porque Arcaraz es visiblemente más robusto, o gordo, que Infante; ¿cómo es entonces que le queda bien?, ¿le hicieron una compostura que le ocultaron al espectador? Gracias a eso, puede parecer otro de los invitados, sobre todo por la feliz intervención de Liliana Durán, hija del señor Vértiz: “soltero, y yo lo vi primero”, y lo toma del brazo, lo lleva al bar, le coquetea abiertamente, y responde como gata enfurecida cuando otras mujeres (sin crédito ni en la cinta ni en otras fuentes, pero merecerían llevarlo, por pícaras) intentan arrebatárselo; aunque Pulido le hace señas de que vaya a cumplir con sus deberes (que no se especifican), la insistencia de Durán hace que acepte que se quede; Gutiérrez chismea que canta muy bien, y Durán insiste en que lo haga; interpreta una canción de moda: “¿Quién será?”, del millonario (¿lo habrá sido? Seguramente, porque director de orquesta, no) Pablo Beltrán Ruiz, pero supongo que se le adjudica al compositor y de los buenos Medina; durante la canción, todas las mujeres se muestran arrobadas, excepto Miroslava, que hace los mohínes acostumbrados en el cine mexicano (y justificados: uno no sabe qué hacer cuando le cantan algo; las mujeres cuando menos tienen el recurso de morder el rebozo); Durán, quien se muestra complacida, y De Castejón, quien se muestra ansiosa y hace señas, en la pregunta recurrente de la canción, de que ella es (la que lo quiere a él). Asombra que ni los guionistas ni el director ni Pulido se den por enterados.
Cuando Carl-Hillos (Carlos Bravo y Fernández, reportero de espectáculos que se colaba como extra o bits o cameos en un montón de películas, 146 para ser exacto; noto con terror que he visto 135 de ellas) anuncia que la cena está servida se crea un momento de confusión cuando De Castejón designa los lugares a la mesa, y repara en Infante: “Alberto, ¿qué hace usted allí?”, para susto de la familia, pero remata: “su lugar está junto a mí”; Casanova (¿por qué está invitado?, ¿pertenece a la elite que rodea al empresario Pulido?) aprovecha para poner en aprietos a Infante: “no lo reconocí sin el uniforme”, e Infante revira: “estuvimos en el Colegio”, es de entender que militar; sin embargo, ninguno de los dos hace gala del grado cuando menos de subteniente retirado del ejército mexicano; Casanova pierde la oportunidad de preguntarle por algún maestro.
Óscar Ortiz de Pinedo, en una de sus peores actuaciones, pregunta si han oído el chisme de que una vieja loca que vive por esa zona recoge vagabundos, y remata con una risa desagradable con la que finaliza sus intervenciones; una risa muy teatral; Infante reta: un vagabundo puede pasar inadvertido en una reunión pomadosa; Ortiz de Pinedo lo pone en duda: “pongamos mi caso”, vuelve a retar Infante, y Ortiz de Pinedo insiste en que es imposible; al final se ve que tiene razón, porque el compositor y de los buenos Medina pertenece a esa elite, aunque no lo reconozcan. La reacción de De Castejón es de desconcierto y un poco de indignación, lo que contradice su atarantamiento y su necesidad de proteger vagabundos.
Durán, muy graciosa (temo no ser objetivo, pero ni modo), asedia a Infante con preguntas, y lo compromete a que se vean al día siguiente en el Country Club.
Luego de la cena, Ortiz de Pinedo pregunta a Infante si está de acuerdo con una emisión de bonos que lanzará Pulido; es otra de las escenas inverosímiles, a menos que el potentado (eso se da a entender) Ortiz de Pinedo sea de una ingenuidad maravillosa que confía en cualquier desconocido.
Al final de la fiesta De Castejón dice la más famosa de las frases de la cinta, y de la carrera de ella: “Qué bueno que vinieron, si no qué hubiera hecho con tanta comida”; la frase es sensacional, memorable, y repetida por todas las generaciones cinéfilas o no, desde el 27 de enero de 1955 en que se estrenó en el cine México, fufurufo comparado con los cines de la Merced donde se estrenaron algunas de las cintas más famosas, ahora, de Infante, como la saga de Pepe el Toro; había subido de categoría, aunque Salvador Novo, admirador de Negrete, seguía calificando de peladito a Infante.
La frase, retomo, es memorable, pero injustificada: antes de la cena vemos a De Castejón haciendo una minuciosa lista de invitados, y la comenta; incluso anticipa que una de ellas coqueteará con él, aunque todavía no sabe que va a confundirse con otro de los invitados; un descuido más grave es que no contaba con la presencia de Infante a la mesa, en la que lo incluyen por Durán, que no lo deja en paz y le hace pregunta tras pregunta. Sin embargo, la comida alcanzó (aunque no para Carl-Hillos).
Rogelio González por una vez no se engolosina, y en vez de alargar la escena en la mesa, la corta más o menos rápido; es chocante la posterior, donde Infante se despide de la melosa Durán, y Miroslava de Casanova, porque Infante es cuando más insiste en su insolencia, y después en la arrogancia. Después quién sabe de dónde consigue unos mariachis y le canta a Miroslava, quién sabe con qué pretexto, “Cucurrucucú Paloma”, por suerte de José Alfredo y no de Medina. Pero hay una escena mucho más inquietante que ha pasado inadvertida: De Castejón pregunta cómo estuvo la fiesta y le pide a Pulido que se la narre; pero lo llama “Emilio”, cuando el personaje se llama Miguel; sería curioso averiguar a quién se refiere.
A la mañana siguiente Arcaraz lleva una charola con un desayuno suculento; la familia Valverde lo ve pasar de largo y se burlan; él reclama: “ruego a los señores me avisen cuando tengan invitados”; todos suben al cuarto de invitados, y se asombran de que quien lo ocupa sea Infante; pasa también inadvertido que cuando Arcaraz informa de quién se trata, Pulido entra a reprenderlo y supuestamente echarlo; no ha pasado ni un minuto, pero Infante ya devoró el desayuno: ¿remembranza de Pedro Chávez, el motociclista de ATM? Infante reclama que ya perdió su empleo, y le chismea a Pulido que habló con Ortiz de Pinedo acerca de los bonos; Pulido cambia su actitud; una buena escena se echa a perder con el telefonema de Durán, porque Infante se sobreactúa y exagera; un descuido más: Pulido ordena que le consigan ropa adecuada a Infante, porque tiene que ir de inmediato al Country Club, pero no dice a dónde, ni quién va por ella, ni cómo la consiguen.
Anabelle Gutiérrez, al enterarse de la cita, se burla: “ya sé quién también va a ir al Country Club”, canturrea, pero al ver la mirada molesta de Miroslava, remata: “y ésa voy a ser yo”. Le sale muy natural.
Otro descuido enorme: si Infante queda de ver a Durán en el club, ¿cómo se va?, porque el auto lo llevan Miroslava y Gutiérrez. Y si tiene que verla dentro, ¿cómo hace para entrar, si se supone que es privado y exclusivo?
Liliana Durán se ve muy guapa en traje de baño, aunque no es incitadora ni inquietante la escena, porque ella es la que pone la picardía, pero guarda cierta distancia; a lo más que llega es a abrazar a Infante; él la sostiene boca abajo, pero apenas puede apreciarse la belleza de las piernas, y nada del trasero.
En cambio, Gutiérrez y Miroslava están muy guapas en traje de baño, sentadas a una mesa de jardín, Miroslava con un coctel (¡en la mañana!) y Gutiérrez con un Orange, doble, que recalca con una indicación de las manos; pero en otro descuido, Gutiérrez pregunta a Miroslava si Durán en efecto no sabe nadar; “ésa fue campeona el año pasado”: ¿cómo es que Gutiérrez lo ignora, si anda de arriba para abajo con Miroslava? Ésta alega que le duele la cabeza y ordena que se vayan: Gutiérrez echa el coctel en su Orange doble (ahora el Orange ya no sólo es de Orange, también de piña, de tutti-fruti y de otros sabores; pasa lo mismo con el Chocomilk de fresa: una total aberración). Asombra que no hayan protestado por el consumo de alcohol por una menor de edad.
Ya en la casa, Infante va quién sabe para qué, porque de inmediato se vuelve a ir con Durán, no sabemos a dónde ni qué van a hacer; sólo sirve para ver a Miroslava preparar su famoso pastel de pepinos, leche, azúcar, harina, huevos y cebolla; la excelente escena se frustra porque culmina cuando él se burla de ella (“ni lo mande Dios”, responde cuando ella pregunta si no se quiere llevar de ese pastel a Durán) y Miroslava avienta el recipiente contra la puerta.
Infante, ya de noche, encuentra cerrada la puerta (¿qué esperaba?) y va a dormir al cuarto de criados, donde se supone que está Arcaraz; éste, sin embargo, avisa a la familia que Infante no está en el cuarto de huéspedes; poco antes se ha visto a unos motociclistas ir a la casa de un amigo de Medina, dueño de la carcacha accidentada; con una incongruencia mayor, la noticia llega con gran velocidad a Excélsior, que la publica en primera página, con una fotografía de Infante en smoking, tomada seguramente de Ansiedad; cuando lo descubren comienza una serie de movimientos bruscos, precipitados, fuera de ritmo, que desbalancean todo el filme; muy pocas comedias mexicanas tienen buen final, la mayoría recurre al absurdo, a la carrera, al desorden; pocas podemos recordar que tengan un final decoroso; hay un director afamado que comete el mismo error; pocas cintas de Blake Edwards terminan sin corretizas que hacen desagradable lo que había sido divertido; echa a perder The Party y A Fine Mess, y casi echa a perder 10 y las dos primeras de la serie de La pantera rosa. Y Rogelio González, con tendencia al desorden, aquí abusa: De Castejón amenaza con desmayarse; Villaseñor y Camarillo, que ven a Infante que pide le abran la puerta, se desmayan también, sin convicción y muy sobreactuadas; su pretexto es que creen haber visto un fantasma; mientras, Miroslava se desmaya de la impresión: Pulido y Gutiérrez entran y salen de la cocina, derraman agua y sales aromáticas, se tropiezan y caen, él de manera grotesca; ella, en cambio, cae en verdad, y se le levanta el vestido: durante unos segundos expone sus pantaletas de florecitas, con toda claridad; se da cuenta y se tapa con el mismo gesto intuitivo de Debbie Reynolds al terminar “Good Morning, Good Morning”, en Singin’ in the Rain; José de la Colina ha puesto mucho énfasis en ese gesto en su excelente reseña de esa cinta, un gesto más de inocencia que de pudor; allí se hace notorio que su cuerpo no es el de una quinceañera. No fue la única vez que mostró las pantaletas, también lo hizo, con su hermana Rosario, al bailar de manera sensual pero sencilla, el “Mambo del ruletero”, en la horrenda Al son del mambo, de la que sólo se salva esa escena; los muestra con más generosidad en El diablo no es tan diablo, al bailar un swing, y muestra las piernas casi todo el tiempo en Angelitos del trapecio, desperdiciada en una de las peores cintas de Viruta y Capulina.
Infante entra y ve a Miroslava desmayada; ella despierta, pero en vez de la confusión pertinente (“¿dónde estoy?”) cierra los ojos precipitadamente cuando nota que él se va a volver a verla; él lo advierte y la lleva a la fuente, donde la deja caer; si hubiera estado desmayada se hubiera ahogado, pero reacciona besando a Infante; la familia ve con alivio que en efecto Infante está vivo, pero nadie le pregunta qué pasó, por qué la confusión. Termina con Arcaraz abandonando por fin la casa, en fachas, sucio, con la ropa deshilachada, y explica que se va porque comprende que le iría mejor como vagabundo; no sabemos cómo le hizo para ensuciarse, cambiarse, empacar tan rápido, y de dónde sacó la ropa de vagabundo.

¿Cómo han pasado 55 años y no ha habido objeciones a tanto descuido, tanta torpeza del guión, tanta precipitación en la dirección de Rogelio González, tantas contradicciones entre los personajes, tantos clavos sueltos que nunca se reparan ni se explican? ¿Cómo ha tenido tanto éxito una comedia bien llevada, pero con tantas incongruencias? No es de extrañar que el público no repare en ellas, pero cómo obtuvo tantos elogios de la crítica, no lo sabemos. ¿Es porque Infante ya es el consentido y no hay caso objetarle nada? En ciertos momentos, Pulido, Casanova, Durán, están mejor que Infante y Miroslava, que no están mal, pero son rebasados por ellos y, sobre todo por Anabelle Gutiérrez, y son devorados por Blanca de Castejón, pese a lo sobreactuado y exagerado de su personaje. Posiblemente si se explicaran bien las situaciones, si se eliminaran las incongruencias y se repararan las contradicciones; si se quitaran los excesos de Pulido y de Ortiz de Pinedo; si se sujetara a Blanca de Castejón; si el personaje de Infante no fuera tan insolente ni el de Miroslava tan absurdo, probablemente la cinta no sería tan divertida como es. Y probablemente también sería opacada por la siguiente cinta de Infante, tal vez la mejor de su carrera: La vida no vale nada. Una muestra de que las fallas técnicas, de continuidad y de guión, e incluso de dirección, no impiden que una cinta sea buenísima.

Posdata: Dos pesos dejada, que le atribuí a Adalberto Martínez Resortes, es de Joaquín Pardavé, tanto la dirección, el guión y la actuación.
Posdata II: ¿Los pitchers son ahora los que toman esteroides?, pregunta Diego. El domingo, tres blanqueadas, dos por 1-0, con lo que llegan a 28 juegos con este marcador en la temporada.
Posdata III: en Modelos (de desnudos), Valentín Trujillo se queja con su novia Mónica Prado de que su familia está “chapeada a la antigua”.

http://errataspuntocom.blogspot.com/

Expresa tus ideas

Quieres tener tu propia personalidad?...
consigue tu gravatar!