Selecciones ¿nacionales?

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El Campeonato Mundial de Futbol de 1958 en que el equipo mexicano consiguió su primer punto, con gol de Jaime Belmonte, se debe haber vivido por radio, noticiarios y periódicos; Belmonte se convirtió en héroe instantáneo sin importar que su equipo, el Irapuato, disputara año con año el privilegio de quedarse en la primera división de la Liga Mexicana de Futbol AC.
El siguiente tuvo lugar en 1962, y desde entonces se ha dicho que el representante del futbol mexicano en ese certamen ha sido el mejor de todos los tiempos, aunque no haya superado la primera etapa; perdió contra la oncena brasileña, como era de esperarse, perdió con el equipo español que llevaba a los estrellas del Real Madrid, en el último minuto, sólo porque el medio de Zacatepec, Raúl Cárdenas, no cometió una falta contra Sol (¿o Gento?); en su último desafío, contra Checoslovaquia, consiguió su primer triunfo, con anotaciones de Chololo Díaz, Fello Hernández y Alfredo del Águila. Se escuchó por radio, transmitido desde Chile, que se reponía del terremoto de meses antes, que, dicen los expertos, hizo que el mundo se moviera como una campana.

Muchos años después hemos visto el video tape, como se decía entonces, de esos juegos; particularmente el sostenido contra el representante del balompié español (leo con azoro que a los académicos les choca la palabra “balompié”, y que prefieren fútbol, con pésima pronunciación a la inglesa pero que escuchamos, y choteamos, como “júrbol”); lo narró, sobre todo el final, Fernando Marcos.

Don Fernando se molestaba a finales de los sesenta y casi todos los setenta, porque los futbolistas usaban melena; “tanto pelo les impide pensar”, decía, supongo que orgulloso de su calvicie; a sus muchas cualidades de narrador, a lo mucho que sabía de ese deporte, a su mucha experiencia, hay que ponerle como objeciones que no soportaba que lo contradijeran, dictaminaba y su palabra debía de ser la definitiva; Ángel Fernández, menos denso y mucho más picaresco, le hacía segunda; sin embargo, en una entrevista que le hizo Juan Villoro años después, Fernández soltó una frase fulminante contra Marcos: “ay, chuz”.

En la narración del partido entre las selecciones mexicana y española, Marcos se asombró de que Cárdenas no zancadilleara a Sol (¿o Gento?), quien se había adelantado a interceptar un saque de banda del Gallo Jáuregui, y se fue por la banda derecha (¿o izquierda?), esquivó a Cárdenas y a toda la defensiva del equipo mexicano, y fulminó a Antonio Carbajal; ¿Antonio Mota o Jaime Gómez, los suplentes, hubieran sido más eficaces que la Tota?; ¿o hubiera sido mejor el portero de quien la Tota era suplente cuando comenzó su carrera, José Alfredo Jiménez, quien prefirió ser compositor, y de los buenos?

A Mota le habían anotado ocho goles los despiadados delanteros ingleses el 10 de mayo de 1960, en aquel catastrófico 8-0 que develó la realidad del futbol mexicano y desprestigió al Piolín; Carbajal tenía el prestigio de ser el eterno guardameta del equipo mexicano, y estaba en su cuarto certamen mundialista, por lo que era difícil que lo sentaran pese a su veteranía y a que “se aventaba” con los ojos cerrados.

Marcos gritaba, desesperado, “¿por qué, por qué, por qué?”, olvidando su deber de ser un cronista objetivo e imparcial. “¿Por qué, por qué, por qué a nosotros?”, como si fuera entrenador (director técnico, se dice ahora) en vez de Nacho Tréllez, quien lo había sustituido en ese puesto tanto en el América como en la selección de futbol mexicana.
A Marcos lo habían suspendido un año, después de golpear al árbitro Felipe Buergos en una pelea campal durante un juego entre América y Toluca, en Toluca; el portero del América, Walter Ormeño, le bajó un diente a Buergos, y también lo suspendieron un año, se fue a Guatemala y luego regresó al Atlante, a tristear; Marcos se dedicó a la crónica futbolera, sin objetividad, sin imparcialidad aunque con colorido.

Nunca dejó de reprocharle al excelente medio (defensivo) Raúl Cárdenas, que no hubiera tacleado a Sol (¿o Gento?); de haberlo hecho, la selección del futbol mexicano hubiera tenido un punto, más los dos por derrotar a la selección checa, le hubiera asegurado el pase por primera vez a cuartos de final (aunque la selección checoslovaca ya había calificado y jugó a medio ritmo).

Es decir, Marcos y los demás aficionados le reprocharon que haya jugado como siempre fue, caballeroso, limpio, sin recurrir a artimañas que al parecer son cotidianas en este deporte; incluso Pelé, reputado como el mejor jugador de la historia, era experto en engañar a los árbitros para conseguir que lo favorecieran con un penalti cuando no podía anotar sin trampas, y luego inventó detenerse y ver hacia dónde se lanzaba el portero, para tirar hacia otro lado (apenas para el torneo actual las autoridades anunciaron que sancionarían al jugador que recurriera a esa trampa). Cárdenas no fue acusado de traidor a la patria, pero sí de detener el avance del futbol nacional. “¿Por qué?”, le reprochaban.

Para esa Copa del Mundo de 1962 la selección del futbol mexicano promovió la nacionalización de Carlos Lara, delantero argentino del Zacatepec y del Necaxa, no recuerdo en qué orden; ese trámite lo hicieron para que asistiera con la selección del futbol mexicano a Chile; se le conoció como El Charro Lara; por el futbol español jugaron Puskas y Di Stéfano, aunque éste, por lesión, no jugó en el Mundial de Chile pero sí en las eliminatorias; en esa época no era frecuente que hubiera tanta migración hacia el deporte de otros países; entre los pocos mexicanos que habían probado jugar en Argentina o en España, en donde estaba más desarrollado el futbol, estuvieron Horacio Casarín y Luis Fuente; ambos, sin mucha suerte; en México en cambio jugaban varios extranjeros; había llegado no muchos años antes la Selección Vasca, que trajo a México mucha calidad deportiva, pero sobre todo gran dignidad personal y política; en el América jugaban el argentino Mario Pavés, el tico Soto, el peruano Ormeño, el argentino Ángel Schandley, luego los brasileños Moyasir, Java, Vavá, el uruguayo Carlos María, Palleiro, quien había estado con el Necaxa y con Toluca; en Irapuato el estrella era Carlos Miloc y estaba el español Mario Rey, a quien le decían El Churumbel por su homonimia con el vocalista de Los Churumbeles (o le decían El Churumbel nomás por eso; ahora estoy inseguro de que fuera español). De hecho, el Club Guadalajara presumía de ser el único que jugaba con sólo mexicanos, y por eso recalcaban nuestra obligación de que fuera nuestro favorito; con eso de que ganaba todos los torneos de liga, presumían de que eran mejores que los bultos extranjeros que venían a cobrar grandes salarios cuando eran ya cartuchos quemados. No importaba que el Guadalajara fuera el equipo de un club francés.

El portero del equipo era Jaime Tubo Gómez; fue el tercer guardameta de la selección mexicana; si en vez de Carbajal, Gómez y Toño Mota hubieran estado Ataulfo Sánchez o Florentino López en la portería, ¿el equipo mexicano hubiera pasado a cuartos de final?

Mi pregunta desde hace muchos años es por qué no alinean a jugadores extranjeros en la selección mexicana de futbol; ¿la selección representa a un país, o a la liga profesional?; ¿por qué España sí alineaba a Di Stéfano y a Puskas, un argentino y un húngaro? Porque jugaban en la liga profesional española, que finalmente es la invitada a participar en el campeonato mundial; Hugo Sánchez jugaba para el futbol español, y lo hacían jugar para la selección mexicana, con resultados espantosos; todos se burlaban de que fallara los penaltis, uno de ellos decisivo para evitar la eliminación del equipo mexicano a una fase más avanzada; si hubiera tenido que jugar en un supuesto partido entre las selecciones española y mexicana, ¿a cuál hubiera favorecido? No sería extraño que más que ambicionar dirigir a la selección mexicana que estuviera en la fase semifinal de un torneo mundialista, preferiría dirigir al Real Madrid en el campeonato mundial de clubes.

¿Por eso se le puede acusar de traidor a México? Sería absurdo, como absurdo es que él acuse de traidor al tramposo y marrullero Javier Aguirre; tampoco se le puede acusar de traidor a la patria porque cecee y diga “macho” y llame “anginas” a los testículos; pese a eso llama traidores a los fanáticos mexicanos que lo abuchean cuando dirige a la selección mexicana y nada más no puede ganar.

Hace unos días Diego Armando Maradona acusó de vendepatrias a Ricardo La Volpe, quien lleva décadas viviendo y jugando y dirigiendo en el futbol mexicano, porque éste dijo que le gustaría que la selección mexicana venciera a la argentina en el partido mas reciente entre ambos seleccionados.

¿El futbol representa a un país,? ¿Cuántos de los jugadores seleccionados mexicanos juegan en México y cuántos en el extranjero, y cuántos de los que juegan en México asistieron al torneo no tanto por ganar un partido sino para cotizarse mejor ante los buscadores de equipos extranjeros? ¿Cuántos con la esperanza de sustituir a su noviecita mexicana por una modelo europea? (Aunque, como en 1986, la máxima figura es una modelo, Larissa Riquelme, exuberante y exótica que había prometido desnudarse públicamente si su equipo favorito, el paraguayo, ganaba el torneo; nos frustraron los paraguayos; Mar Castro, la Chichitibum mexicana en 1986, no prometió nada en ese entonces.)

Los argentinos, más fanáticos que los fanáticos mexicanos, tienen a Maradona como uno de los símbolos más perennes de su país, pese a que todos vieron que cometió una falta que no le sancionaron, y que valió para que su equipo ganara un torneo internacional; hemos leído cómo ha sido víctima de bajas pasiones carnales y de las otras; cómo ha sido víctima de vicios castigados por la ley; cómo lloró por un partido que no pudo defender con valentía; cómo insulta a los contrincantes, cómo le falta al respeto a contrincantes, espectadores y hasta a sus propios seguidores. Y aun así le tienen idolatría, aunque ya se vio, cuando eliminaron a su equipo, que carece de entereza; y si hubiera ganado, tampoco la hubiera demostrado.

Si Raúl Cárdenas hubiera fauleado a Sol (o a Gento) y el equipo mexicano hubiera pasado a cuartos de final en Chile 1962, ¿se hubiera convertido en ídolo nacional? Y él, caballeroso y jugador tan limpio, ¿se sentiría orgulloso? Sin embargo, no se puede olvidar cómo en un partido local se le acercó a Carlos Reynoso, y le dijo que no chillara como mujer. ¿Es que el futbol, o cualquier deporte, hace que se pierdan o cuando menos se olviden momentáneamente las cualidades civiles y humanas? ¿No se puede ganar sin humillar a los contrincantes? (Claro, no hay que olvidar que cuando Raúl Capablanca perdió un juego, en vez de reconocer la superioridad de su contrincante, aventó su rey al piso al tiempo que gritaba ¡cómo pude perder con este imbécil!)

Es lamentable que el orgullo por pertenecer a un país se base en las habilidades deportivas de alguien que pierde los estribos cuando no puede ganar limpiamente; Argentina tiene mejores motivos para sentirse orgullosa de su nacionalidad que su seleccionado de futbol, integrado por jugadores que defienden los intereses de equipos extranjeros, y desde luego hay mejores argentinos que Maradona; digamos, por ejemplo, Juan Gelman, por hablar de un poeta vivo.

Posdata; el viernes 2 de julio hubo cinco blanqueadas en las Ligas Mayores, y la sexta se perdió cuando faltaba un strike para que Angelinos venciera 1-0 a Reales, lo que hubiera sido el vigésimo segundo juego de la temporada con ese marcador; a cambio, vimos el rescate 21 de Joaquín Soria. El sábado sólo hubo una blanqueda, por 1-0; el domingo sólo hubo una blanqueada, pero no deja de haberlas. Con tantos juegos buenos, con tanto pitcheo, ¿seguimos viendo el futbol en lugar de la mejor temporada de beisbol en muchísimos años, digamos desde 1968?

http://errataspuntocom.blogspot.com/

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