El GIGANTE desorientado

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Jara (Horacio Camandule) trabaja como guardia de seguridad, vigilando las cámaras de un supermercado. Es gracias a este empleo que conoce a Julia (Leonor Svarcas), encargada de la limpieza, de quien se enamora o, mejor dicho, con quien se obsesiona. Sin embargo, el solitario y timido hombre de 35 años de edad sólo conoce a Julia a través de la cámara.

Lejos de acercarse a ella, Jara comienza a observarla a la distancia y seguirla a donde quiera que vaya. Sin embargo, las circunstancias harán que el hombre no pueda continuar con este nuevo estilo de vida que ha construido alrededor de ella, por lo que se verá obligado a enfrentarla cara a cara o desistir.

Ante esta trama, la forma en que se deselvuelven las situaciones y el final con que se resuelven, es difícil encontrar algo más que analizar o mencionar de la película además de lo que ya se ha dicho en la breve sinopsis inicial.

El primer largomentraje escrito y dirigido por Adrián Biniez, Gigante (2008), pretende mostrar no la historia de una relación amorosa, sino de lo que ocurre antes de que ella se establezca: esto si eres un timido hombre de treinta años que se comporta como uno de trece.

El planteamiento central de la película es el miedo que se puede generar cuando debe confrontarse la imagen idealizada de la persona amada con su verdadero ser y todos los defectos que en el proceso se descubrirán; hecho que ocurre, eso sí, en todas las relaciones de pareja, sin importar si ya se conocía desde antes al ser amado o si únicamente se le acosaba desde lejos.

En ese sentido la película se queda corta, pues esta idea no queda claramente expresada ni por la historia, ni de ninguna otra manera. Los personajes como el protagonista son solitarios y su situación es muy triste, y la película no explota esto.

En cambio, en lugar de mostrar la melancolía, la frustración, el miedo; en fin, toda la gama de fuertes emociones que la situación implica, el director opta por dar un toque cómico a la historia. Existen algunos momentos divertidos y el final es, relativamente, feliz.

Pero el filme tampoco funciona como comedia, pues es demasiado lento para funcionar en el género y las escenas graciosas son escasas. Así, la película parece querer ir a muchos lados y no llega a ningún lugar.

Quizá la aportación, la intención y hasta el logro del director es que su obra es hasta cierto punto inclasificable y en muchas ocasiones adopta vertientes que se alejan completamente de lo obvio o lo predecible. Justamente una de las pocas escenas cómicas consiste en hacer esperar al espectador lo peor y luego sorprenderlo con un giro inesperado.

Tal vez por ello Gigante ganó en el Festival Internacional de Cine de Berlín el premio Alfred Bauer, el premio a mejor obra prima y el Oso de Plata de Berlín.

Pero es también debido a ese indescifrable camino que la película toma y desvía en varias ocasiones, que al final uno se queda con una anécdota incompleta que deja un vacío difícil de llenar.

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