Cuando el futbol era un deporte…

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Enrique Krauze ha vaciado parte de sus recuerdos y su memoria en lo que respecta al deporte, y hace apuntes importantes sobre la pérdida de popularidad o de difusión de algunos de ellos. Lo que publicó me ha motivado para que revele muchos de mis recuerdos.

Creo que el primer deporte del que tuve noticias, indirectas, fue la lucha libre; en sus inicios, la televisión trasmitía las funciones, se sospecha que no las de la México ni de la Coliseo, sino en los propios estudios televisivos, y cobraron enorme popularidad; no teníamos televisión y cuando la tuvimos, los primeros en el edificio, ya no la transmitían; pero uno de mis tíos, Enrique, apenas unos años mayor pero que entonces significaban mucho, las veía no sé dónde, y me aplicaba algunas de las llaves que aprendió; como se sabe, prohibieron sus transmisiones; algunos dicen que por la violencia que originaron, otros que porque en una función, uno de los rudos más rudos, Salvador Gori Guerrero le bajó el calzón a un adversario; como en el caso de la prohibición de las canciones de Cri Cri, no se sabe la verdadera causa; pero por esos años salió a la venta un álbum de luchadores, y hasta donde recuerdo, lo llené; identificaba máscaras e indumentaria de muchos de los luchadores, y como en esta práctica duran muchos años, sus hazañas continuaron incluso cuando salí de la secundaria y leía en La Afición las crónicas de sus episódicas batallas; seguía brillando Gori Guerrero, y formó tercia con el Copetes Guajardo y Karloff Lagarde; luego éstos, con Ray Mendoza integraron una tercia invencible, que terminó cuando Lagarde y Guajardo se pelearon para siempre; admiré a Rolando Vera, al Enfermero, a Sugi Sito, y ya en edad de andar de parranda, fui a reponerme de una fiesta en el restaurante de la Tonina Jackson, en Serapio Rendón, a media cuadra de San Cosme, y junto a una papelería donde vendían tarjetas postales con retratos de artistas y cantantes; la Tonina era tan amable como lo delataba su cara de niño, y él mismo servía las burritas de machaca, la especialidad de su negocio, que se llamaba La Tonina, bastante más pequeño de su restaurante en Huracán Ramírez; una de mis primeras entrevistas, y de las más célebres, fue a Jesús Velásquez, el Murciélago (se puede leer en este mismo blog), y es una de las personas más fascinantes que he conocido.
Diego fue infectado de la lucha libre una mañana en que le obsequié una revista, y no podíamos convencerlo de dejarla para que se fuera a la escuela; ahora escribe de lucha libre más de lo que he escrito de beisbol.
Pero mi mejor anécdota fue mucho antes, cuando era casi un bebé; mis padres andaban por Tepito, supongo que un domingo, y se acercaron a la Arena Coliseo; mi tío Ramón Berumen estaba en la puerta, y fuimos a saludarlo; había el mismo gentío que siempre se forma fuera de las arenas, y de pronto, sin ninguna orden pero con mucho orden, la gente se hizo a un lado, formó dos vallas humanas, y de un auto negro que se detuvo frente a la entrada de la Coliseo, bajó Blue Demon; nadie se le acercó, lo vieron de frente y quedaron mudos; él se acercó a nosotros: “Hola Ramón”; mi tío, indiscreto, lo saludó por su nombre, y le presentó a mis padres; también me señaló; él, un auténtico gigante, imponente, me pasó la mano por la cabeza; al día siguiente amanecí con fiebre, que me duró hasta el martes, de la pura impresión.

Por culpa de mi vieja aunque distante admiración por la lucha libre he visto las peores películas mexicanas; contra la corriente, contra la pasión de Pepe Navar y la más discreta pero perenne de Enrique Krauze, no admiro al Santo; en realidad, a ninguno de los estrellas del cine de luchadores, pero veo con simpatía a los villanos, a los amigos de los héroes, como Lagarde, Guajardo, Sugi Sito, Dorrell Dixon, Wolf Ruvinsky, y desde luego al Murciélago; aunque mi escena preferida es cuando los marcianos invaden la Tierra y se empeñan en secuestrar al Santo; para ello suplantan a los contrincantes del Santo en la Arena, y se transforman; el público huye, pero no el réferi, quien “muy profesional”, sigue sancionando la batalla.
Mi último héroe no fue un luchador, sino un árbitro, el Gran Davis, tramposo como todos los rudos, y quien le tenía rencor a los técnicos porque uno de ellos le tiró un diente, otro le fracturó una costilla, otro le causó una lesión que le hizo perder un oído; ya de árbitro, se dedicaba a favorecer a los rudos, ante el escándalo del público.
La lucha ha cobrado gran auge; durante mucho tiempo llamó a las clases menos favorecidas, y la gente se emocionaba, asistía a las arenas como las damas de sociedad a los antros (lo que eran los antros, los auténticos antros) en el cine mexicano, a conocer malandrines que las seducían y las hacían caer a lo más bajo; ahora son un espectáculo elitista, pero siguen levantando pasiones; una hermana mía, productora, conoció a algunos luchadores que asesoran a los actores para saber caer, algunas acrobacias; la invitaron a una función; luego fueron en bola a cenar; de pronto un luchador advirtió que ella no le dirigía la palabra, pues estaba furiosa por lo que había hecho en el ring contra su rival; “no fue en serio, Marcelita, no se enoje”. Desde luego, como en muchos otros aspectos, quien mejor ha escrito sobre la lucha libre es Salvador Novo; son sensacionales sus crónicas, excelentemente escritas y con un sentido del humor insuperable.

El boxeo lo traía más en la sangre; mi padre fue boxeador; una noche nos confesó a mi madre y a mí ese secreto, y nos dejó mudos del asombro; no sólo no lo sabíamos sino que mis tíos y mis abuelos habían guardado el secreto, si lo supieron, posiblemente porque sólo sostuvo una pelea, como amateur, con alguien mucho menos fuerte que él, un muchacho bajito, delgado; parecía un rival fácil, nos contó, pero le quebró la guardia, le dio un derechazo, y el resto de la pelea, a dos rounds, mi padre se la pasó rehuyendo el combate, a distancia más que prudente; perdió por muchos puntos y nunca más intentó hacerse profesional, como había anhelado.
Mi abuela paterna nos contaba que iba a las funciones de la Arena Libertad, por el rumbo de Peralvillo o de La Lagunilla; en medio de mi abuelo y de uno de mis tíos, amanecía con los brazos adoloridos, porque ellos no dejaban de tirar golpes a rivales imaginarios, y a ella le tocaban los codazos; en casa de mis abuelos maternos llegó muy tarde un televisor, y llegó para ver a mi tío Ramón cuando refereaba en las funciones de miércoles y sábado; muchas semanas esperaba el sábado para contemplar peleas de boxeadores que ahora suenan a leyenda, como el Cisco Kid, al que calificaban de temerario y valiente, y en efecto, lo vi sufrir varias caídas, antes de que cambiaran las reglas y establecieran que a la tercera se decretara nocaut técnico, y aun así vencer a rivales más poderosos; vi la última pelea del Ratón Macías, y escuché la narración de Agustín González Escopeta cuando Macías disputó el título mundial contra Alphonse Halimi, en la casa de un vecino, y recuerdo el azoro de mi padre y del vecino cuando la decisión fue favorable al francés; escuché asimismo la victoria de Joe Becerra (a partir de entonces, José Becerra, por consejo del presidente Adolfo López Mateos) sobre Halimi que le dio el título mundial de peso gallo, y estuve convencido de que el triunfo era de México; incluso por entonces circuló un chiste: se presenta un hombre ante San Pedro y se identifica como tapatío: ¿dónde queda Guadalajara?, pregunta San Pedro; hombre, responde: allí está la plaza de toros más grande del mundo, las mujeres más hermosas, el estadio de futbol más hermoso, y pa’ acabarla de allí es el campeón Joe Becerra; bueno, pásale, a ver si te gusta el paraíso.
Al poco tiempo, un joven falleció ante los puños de Becerra, y éste se cayó, no volvió a ser el mismo peleador, perdió el título mundial y se retiró; no llegué a verlo, pero sí muchas veces a Joe Medel (luego José Medel, ídem ídem), y una vez, en vivo, cuando arrebató el campeonato nacional de peso gallo al Toluco López, en aquella famosa pelea en que el Toluco escuchó la cuenta de diez en el décimo round, y ni él ni el público escucharon la campana que lo salvó del nocaut; no sólo la pelea me resultó inolvidable, sino las consecuencias; salimos de la Arena México muy acalorados, y seguramente la noche estaba fría; amanecí con temperatura altísima, que me duró casi una semana; al parecer fue una pulmonía; no fue la única pelea que vi en vivo; en la Coliseo vi al Cisco Kid y a Chiquis Rosales, un boxeador muy fino al que nadie recuerda ahora; por televisión vi muchas peleas de Fili Nava, Memo Luna, Battling Torres, Mauro y Babe Vázquez, el Canelo Urbina, el Indio Ortega, el Bombín Padilla, Lalo Guerrero, Ricardo Moreno; vi, como recuerda Enrique Krauze, el surgimiento de los cubanos Ultiminio Ramos y Mantequilla Nápoles, pero de uno más impresionante, aunque fugaz, por desgracia: Babe Luis; vi el surgimiento del Alacrán Torres y de Rubén Olivares; pero para entonces ya no seguía las funciones ni las crónicas de Toño Andere y Jorge Sony Alarcón, aunque seguía leyendo en La Afición las reseñas de muchas peleas; cuando se pudo ver “en vivo” los combates de Cassius Clay, y no diferidas, como las de Archie Moore, Sugar Ray Robinson, Carmen Basilio, Davey Moore, Joe Taylor, o las películas fragmentadas de Joe Louis y otros, se fue perdiendo interés en el boxeo mexicano, aunque durante muchos años, casi hasta los ochenta, los peleadores mexicanos reinaban en los pesos chicos, y si Medel no fue el campeón mundial de peso gallo fue porque le tocó la de malas de coincidir en la misma época de Harada y luego de Eder Joffre.
Muchos años, hasta que me llegó la edad de las fiestas sabatinas, vi las peleas los sábados (no me dejaban verlas los miércoles), y después, la Hora de Paco Malgesto; alguna ocasión afortunada, Variedades de Medianoche con el Loco Valdés.
¿Cómo se destruyó, cómo se desinfló el boxeo mexicano? Tengo varias teorías, pero ninguna prueba de quiénes fueron los culpables.

Asociados al futbol, estaban las voces ahora añoradas de los grandes cronistas Fernando Marcos, Ángel Fernández, Cristino Lorenzo, Agustín González Escopeta, Carlos Albert y, por encima de todos, Daniel Pérez Alcaraz; la última vez que transmitió fue en el torneo Jules Rimmet de 1970; para ello, dejó momentáneamente El Club del Hogar; fue sustituido por Eduardo Charpenel, víctima de Madaleno; le metían comerciales (“Madaleno, tráeme unos cigarros”, “¿Raleigh?”, le preguntaba; entonces estaba prohibido decir productos distintos de los que patrocinaban los programas) y dos veces le abrieron la regadera al anunciar las Bombas Cerro; cuando regresó don Daniel quisieron ponerlo debajo de la regadera: ¿A poco creen que soy el estúpido de Charpenel?, dijo.
Fuera del Café La Habana, cuando ya no veía futbol, escuché a Ángel Fernández explicar un partido, de una manera deslumbrante; maniqueo, detestaba sus narraciones y creía que era un cronista vendido; muchos años más tarde trabamos una fugaz amistad, impedida por la admiración que le cobré y un respeto que me mostró por mis escritos de beisbol; nos vimos una vez, en un desayuno propiciado por Marisol Schulz, y nos dedicamos elogios mutuos, cuando debí haberle confesado mis reticencias, explicado mis animadversiones, y platicado de muchos juegos inolvidables que le escuché narrar.

Le debo al futbol muchas horas de angustia, que describiré la próxima, y que sufrí la infección a ese deporte por culpa de Jesús Desachy, Humberto Huerta, Jaime García Sánchez, Jorge Sánchez López, Raúl Camacho y otros de los que sólo recuerdo el nombre, y su apellido se me ha escapado, como los hermanos Pepe y Toño, Alfonso el de la tienda de Éuzkaro, Sergio El Ciego Melenas, y Eduardo Reyes, de final trágico. A muchos de ellos, como Humberto Huerta y Jorge Sánchez, y a mi tío Enrique, una pasión por el futbol americano que me ataca todos los domingos, haya o no temporada, y que fue el único deporte que me causó lesiones. Y esos recuerdos me atacaron por culpa de Enrique Krauze.

Posdata: debe haber sido 1969; en el tapanco donde estaba la redacción de La Cultura en México, Carlos Monsiváis objetaba una entrevista a Margarita García Flores; ella, quien muchos años después colaboró conmigo y nos hicimos muy amigos, le pronosticó que sería otro Salvador Novo; Monsiváis la llamó gitana; pero compartió con Novo muchas cosas, sobre todo que ahora, a la hora de su sensible fallecimiento, las autoridades alzan la voz para expresar su admiración por quien fue su más feroz crítico, que se la pasó burlándose de su lenguaje, sus intenciones, que los choteó y desenmascaró desde siempre; los políticos, las televisoras, los actores malos, fueron su pretexto para centenares de excelentes, desmitificadoras crónicas; y ahora ellos hablan y hablan de él como si lo hubieran entendido, como si no fueran lo que él combatió toda su vida.

Más textos de Lalo Mejía en http://errataspuntocom.blogspot.com/

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