Errores y descuidos; adivine mi errata (otra vez)

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Uno de los libros que he corregido antes de su publicación contenía un capítulo que me hizo enviarle una carta al editor de la novela; el protagonista leía una carta que le había escrito su padre, cuando estaba agonizando: le contaba que al limpiar la covacha de su casa se había topado con una rata que, furiosa, lo atacó; él se defendió con un palo que encontró por allí, hasta que la acorraló y logró matarla; pero se astilló; de esa acción resultó que la rata tenía rabia, y él se infectó al tocar la astilla; no se enteró sino hasta después y, condenado sin remedio a la muerte, le dejaba esa carta con otras muchas historias y el legado que podía dejarle. En mi carta le expliqué al editor que una rata rabiosa queda paralizada, sólo puede mover las mandíbulas, y hay que ser muy torpe para ir a meter un dedo a su hocico para contagiarse de rabia; lo saben quienes hacen ejercicio en los Viveros, donde dicen que abundan las ratas rabiosas; es más fácil y prestigioso contagiarse dejándose morder por un murciélago; además, los efectos de la hidrofobia son terribles; en la antigüedad ataban a los enfermos a un árbol, donde morían en medio de dolores insoportables y de blasfemias; no era verosímil que estuviera agonizando tranquilamente en su cama, escribiendo cartas dolidas. El editor ni siquiera dio acuse de recibo del recado, y decidió que así se publicara; para mi azoro, la novela ganó un premio literario. Quedé convencido de que no se necesita ni conocimientos ni exactitud ni otras cualidades para ser buen escritor, ni menos si se cuenta con la complicidad de lectores complacientes. Ése no es el único error que he encontrado; en general, la literatura mexicana comete errores de diversa índole; desde el amuleto que pasa de hombre a mujer, y en donde el autor se olvida que ya se lo había regresado la mujer y se lo vuelve a regresar al hombre, con lo que se rompe la lógica de una novela enigmática, hasta los barcos que zarpan de Celaya a la ciudad de México. Felipe Garrido contó en una mesa redonda que en una ocasión, un corrector orondo le llamó la atención a un novelista e historiador célebre acerca de las fechas de unos acontecimientos decisivos en el devenir de nuestra nación; el historiador le dijo que, en su escrito, lo que importaba eran sus ideas, no las fechas, y que en todo caso las corrigiera. A veces pienso que no vale la pena llamar la atención sobre erratas y errores, porque los autores, sentidos como el comal y la olla, reclaman y se ofenden, y muchos lectores se ofenden más porque no percibieron el error y que uno lo señale los hace sentir mal, o que uno anda nomás de presumido. Llamé la atención que en una novela la protagonista no se cambiara los calzones durante un año; en una novela posterior se cambia de calzones y de vestido varias veces al día, pero nunca de zapatos; no supe, porque con mi primer comentario perdí la amistad del novelista, si fue descuido o lo hizo con el propósito de hacerme repelar. Porque además tengo la fama de que soy como el crítico retratado por Abel Quezada, que sale enfurecido del cine mientras los espectadores normales salen con gesto de satisfacción. No siempre me divierte toparme con esos errores, aunque muchas otras veces mis carcajadas duran varios minutos; muchas las comparto con otros lectores con buen ojo que me señalan otras erratas igual de divertidas o más. Nadie está exento de cometer errores, y los más comunes son los anacronismos; en mi primera novela, que hace más de 30 años no releo para no encontrar otros, hago que mis personajes visiten un Sanborns que se inauguró casi un año después de los sucesos que narro; nadie se dio cuenta, excepto Arturo Basáñez, al que intento pescarle errores en cada escrito que me deja ver, aunque no he tenido demasiado éxito. No cuento más, pero son visibles, excepto para los malos lectores. Todo esto, porque Enrique Serna ha llamado la atención sobre mi ignorancia al respecto de la educación en la Colonia; en su novela Ángeles del Abismo, recién reeditada, un personaje le pide al padre dinero para pagar la colegiatura antes de irse a la escuela; me aclara que en la Colonia, y se atiene a escritos de Pilar Gonzalbo, erudita en la materia, acerca de pagos y colegiaturas en ese periodo; pero no sólo ese periodo abarca varios siglos, y el concepto es diferente, no sólo de pagos y colegiaturas, sino el de la vida misma; tanto, que es muy difícil siquiera entender cómo era la vida en esos más de tres siglos. Cuesta tanto, que algo mucho más cercano, como el frustrado imperio de Maximiliano, provoca enredos y anacronismos; un historiador, hasta eso amateur pero con mucha enjundia, pretende hacer creer que las indígenas mexicanas usaban pantaletas, que ni siquiera las catrinas o las francesas usaban; pretende hacer creer que Maximiliano dormía de pijama, y que Maximiliano le decía a una india bonita “quiero hacerte el amor”; ¿Qué dirían de mí, qué dirían de ti, qué diría la gente si me viera todo el día haciéndote el amor?”, cantaron los Locos del Ritmo hace poco menos de 50 años; desde luego, “hacer el amor” no significaba “relaciones sexuales” en tiempos de Maximiliano. Pero hablaba de Serna, quien se indigna porque impugné el concepto de “colegiatura”; no dije que no existiera la palabra, ni el hecho, sino que acoté el concepto moderno; incluso ahora colegiatura significa “beca o plaza de colegial o colegiala”; Serna lo maneja como un pago mensual (“Crisanta iba a replicar que ya debía tres meses y la instructora la trataba cada vez peor en represalia por sus adeudos”); es posible que Serna hable de excepciones, pero por lo regular, los padres pudientes daban una cantidad para asegurarles el lugar en la escuela, no pagos mensuales como en las escuelas actuales; por otro lado, hablar de educación en la Colonia no implica necesariamente la asistencia a las escuelas, que sólo era accesible a grupos minoritarios; en la época colonial, hablar de educación no equivale a referirse a escuelas y textos, ni tampoco a lectura y escritura. Una minoría, casi exclusivamente criolla, tuvo acceso a los estudios superiores, a la vez que familias medianamente acomodadas y de no tan clara prosapia, avecindadas en los centros urbanos, pudieron proporcionar a sus hijos los conocimientos elementales que se impartían en escuelas de primeras letras y de gramática latina, mientras que los españoles pobres, junto a los mulatos y mestizos de escasos recursos económicos, se mezclaban en la promiscuidad de las vecindades, con sus patios y espacios comunes para el aseo y la cocina. Los jesuitas, hasta su expulsión, mantuvieron varias escuelas gratuitas. En las demás, los alumnos podían verse favorecidos por alguna persona rica que pagara sus estudios o hacerlo en especie, de acuerdo con el trabajo del padre, trabajo en tequio o parte de sus cosechas, etcétera. Si el padre de la protagonista no tenía dinero para pagar las “mensualidades”, ¿por qué no pagaba con trabajo de carpintería, siempre tan necesario? Es obvio que Serna tuvo que modernizar lenguaje y algunos conceptos, pues de otra manera la novela hubiera sido de difícil acceso a sus numerosos lectores; para muchos, hubiera sido casi ilegible en la ortografía y la pronunciación; sin embargo, en algunos casos no sólo los modernizó sino que los adecuó; utiliza palabras que sólo fueron corrientes a partir del siglo XVIII, no en la segunda mitad del siglo XVII. Por ejemplo, al hablar de la casa donde habitan la protagonista y su padre: aun cuando muchas casas señoriales alquilaban algunas piezas para viviendas humildes, se trataba de dependencias en la planta baja o en los entresuelos, en patios interiores, corrales y caballerizas, en los que era igualmente manifiesta la distancia que separaba a los vecinos de cuartos y accesorias de los señores que ocupaban la planta alta; deja otros conceptos fuera, como el mal trato de la instructora: en las escuelas era común dar azotes, pegar con la palmeta, poner el sombrero de burro, aplicar la disciplina del alambre, del cuero y del mecate. El Manual Escolar menciona castigos más severos: “hincar al alumno de rodillas sosteniendo en las manos unas pesas de 2 a 3 libras; aplicar el targallo, un collar de madera que obligaba a no mover la cabeza; la corma, gruesos pedazos de madera pesada que casi impedían caminar; el cepo, con diversos agujeros adaptables al tamaño de la cabeza del niño y el saco que se le ataba en la cabeza al alumno que luego levantaban con una cuerda y lo mantenían colgado en el aire ‘por un tiempo’”… Serna, con todo el talento narrativo que posee (seguramente el más natural de su generación), desde que era joven cometía muchos errores de apreciación, de juicio o de conocimiento histórico; en alguna nota de hace más de 17 años, publicada en Lecturas de El Nacional, hice la observación de que su caso era parecido al de Alexandre Dumas, cuya pluma atrapaba a los lectores pero no se fijaba en los detalles (Dumas nombra teniente de mosqueteros a D’Artagnan, olvidándose que ya antes lo había nombrado varias veces); no sé si el mismo Serna u otro pícaro tomó parte de mi nota para hacer un perfil muy elogioso del escritor que circuló en Internet, pero omitió mis objeciones. Algunos de los errores de Serna: en una de sus novelas, el protagonista tuvo que casarse a principios de los años sesenta, y de ese matrimonio forzado nació su única hija; cuando en los años ochenta cayó preso por un crimen que no cometió, la esposa va a reclamarle para que siga pasándole pensión, haciendo gala de la ignorancia del Código Civil, pero además le exige que, como pueda, siga pagando la “colegiatura” de la preparatoria de la hija, a la que le permiten que siga en ese grado escolar con sus más de 20 años de edad, en vez de ponerla a trabajar, o de castigarla por burra e ignorante. Al final de esa misma novela, el verdadero criminal lo visita en el reclusorio, y de una bolsa donde supuestamente lleva pan, saca un arma larga para matarlo, aunque unos custodios lo abaten; es claro que Serna ni siquiera intentó visitar un reclusorio; de haberlo hecho, sabría que la vigilancia es tan estricta que no puede entrar con botas, ni siquiera con uñas postizas, cuantimenos con un arma de alto poder. Otro error, menor pero que me llegó, fue un asalto a una vinatería o tienda de ultramarinos en la Nueva Anzures, que no sólo es muy pequeña, sino que no tiene ni siquiera una tiendita, no en esa época (ahora hay un SuperSiete, que no es de ultramarinos). En su biografía de Jorge Negrete afirmó que el charro cantor fue, como cadete del Colegio Militar, condiscípulo de los hermanos Ávila Camacho; Maximino nació en 1881, 32 años, más o menos, antes que Negrete, y Manuel en 1897, 16 años antes; ya en 1914 estaban en la Revolución y tenían grados mucho mayores en los años veinte que el de subteniente que otorga el Colegio a sus egresados; afirma que Negrete combatió, a los 15 años, contra el movimiento escobarista; me atrevo a dudarlo, sobre todo porque en ninguna biografía, ni siquiera la escrita por Diana Negrete (donde tomó lo de los hermanos Ávila Camacho), destaca ese hecho; y me atrevo a dudarlo porque aporta otro dato: que Negrete, antes de ser famoso, se reunía con otros cantantes, algunos de ellos contemporáneos suyos, a beber café en el Tupinamba, frente al reloj Chino, ¡que está en Bucareli, varias calles lejanas a Bolívar y Venustiano Carranza, donde está el reloj Otomano! La facilidad que tiene Serna lo lleva a escribir sin revisar; es célebre, y no fue un descubrimiento mío, que hace caminar a Antonio López de Santa Anna en el malecón de Veracruz, que fue construido en el Porfiriato; eso fue resaltado por muchos buenos lectores; no me sumé a ellos, y de hecho apenas ahora voy a leer esa novela que me perdí en su aparición, porque sentía que iba a leerla con prejuicios, que es la peor manera de leer; Serna había expresado su azoro por que mientras muchos reseñistas lo elogiaban, yo, sin dejar de alabar su facilidad y talento narrativos, ponía objeciones a errores y erratas provocados por la prisa, el descuido y a veces por la ignorancia; en Ángeles del abismo vuelvo a encontrármelos. Me pregunto si debo ser condescendiente y cómplice como lector y comentarista; me parece que no. Posdata: en el cuerpo de mi respuesta hay párrafos no entrecomillados de Pilar Gonzalbo, de Dorothy Tanck de Estrada y de Marco Antonio Pulido, acerca de la Colonia, que sigue siendo una época muy oscura y resulta difícil entenderla. Otra posdata: Jorge Orta ha sido, hasta ahora (que parece proliferarán) el otro mexicano en aparecer en un juego perfecto, como jardinero derecho en la joya que lanzó Len Barker el 15 de mayo de 1981, de Indios de Cleveland, contra Azulejos de Toronto; así como Castro hizo dos buenas atrapadas en el juego de Halladay, Orta bateó de 4-3, con un jonrón y una carrera empujada. Tercera posdata: Jim Joyce, uno de los mejores umpires de las Ligas Mayores, cantó mal la última jugada de lo que pudo ser el tercer perfecto de la temporada; fotografías y videos muestran su equivocación; todos lo lamentaron, en especial Joyce; ni Jim Leyland ni Armando Galárraga, el pitcher afectado, despotricaron contra él; se comportaron con una caballerosidad y hombría pocas veces vistas en el deporte actual, y asumieron que el error de Joyce fue sólo parte del juego.

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