Las audacias de Pedrito

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Después de la intensa actividad en 1952, Pedro Infante filmó sólo dos cintas en 1953, y en una de ellas es un episodio muy pequeño, en Reportaje, de Emilio Fernández; se trata de cortos muy cortos estelarizados por la mayoría de los actores mexicanos de la época; apenas pueden lucirse, si es que lo hacen; el más célebre es el protagonizado por Jorge Negrete y María Félix, quienes acababan de contraer matrimonio; está lleno de chistes, la mayoría privados, como el grito de Negrete cuando la ve con mascarilla (no dije que fueran chistes buenos), las fricciones entre ambos, la queja de Félix porque Negrete se la pasa cantando, y dos referencias que con el tiempo (muy breve) fueron vistos como premoniciones: los líos sindicales en la ANDA (una de las productoras del filme) y los males hepáticos del charro, que meses después le causaron la muerte.
El de Infante puede considerarse una de las tres peores actuaciones suyas, excluyendo las de sus primeras películas; aparece acompañado de Carmen Sevilla, impresionante belleza española que estaba en México para filmar Gitana tenías que ser, precisamente con Infante; algunos de los cortos son divertidos y otros dramáticos, pero el de Infante es espantoso: no sólo es un drama en que pierde la vista su personaje y muere de manera repentina, sino que está sobreactuado por ambos: carece de ritmo y de verosimilitud, pero lo grave es lo exagerado. Es el peor de todos los episodios.
La cinta se estrenó en el entonces muy lujoso cine Chapultepec, semanas antes de la muerte de Jorge Negrete; Infante, se dijo, era el heredero natural de Negrete como el actor más popular del cine mexicano; la popularidad tiene poco que ver con la calidad, aunque a veces coinciden; Infante, pese a algunos tropiezos, había demostrado una superioridad como actor, pero era injustamente considerado por debajo de Negrete; tenía que ver con que Negrete había acaparado las mejores estaciones de radio, marcas disqueras, productoras de cine, e Infante le iba a la zaga, pero no en calidad.
Calidad no demostrada, por cierto, ni en Reportaje ni en Gitana tenías que ser; dirigido por Rafael Baledón, no se vio convincente ni como mariachi de Garibaldi al que descubren los productores de una cinta para convertirlo en galán de la actriz (es un decir) española Pastora de los Reyes; podrían haber sido divertidas las escenas que chotean el cine, a los directores y a los actores, pero no tienen buen ritmo, no tienen fuerza y los chistes están dirigidos a la gente del cine; pero si son malas esas escenas, peores son las cometidas por Sevilla e Infante en plan de estrella conquistada por el patán que no se da cuenta que ella le coquetea; también malas son las escenas entre Pedro de Aguillón y el siempre sobreactuado Ángel Garasa; se salvan las escenas musicales, aunque caen en lugares comunes, y “Piel canela”, bien cantada por Infante, de cualquier manera le sale mejor a Tin Tan. Da pena ajena cuando canta “El desinfle”, dizque para desquitarse de los supuestos desaires de Sevilla.

En cambio, 1954 fue un excelente año para Infante: filmó seis cintas, cuatro de ellas muy buenas; la más popular de todas, y que sigue siendo una de las obras por las que más se le recuerda, Escuela de vagabundos, es de sus mejores, pero no por él.
Si vamos por partes, 1954 lo comenzó con una comedia sensacional, Cuidado con el amor, donde por fin se entendió con Miguel Zacarías, que le sacó mucho partido para presentarlo simpático en un papel de simpático; le tocó en suerte compartir créditos con Eulalio González Piporro y con don Óscar Pulido; ellos salvaron la participación de Elsa Aguirre, una de las más bellas actrices del cine mexicano, pero casi siempre envarada, monótona y rígida. Ésta es una de esas típicas cintas en que los actores de cuadro se comen a los protagonistas, pero Infante se creció, precisamente porque le tuvo respeto a Pulido, González, a doña Emma Roldán, Arturo Soto Rangel, y a las maravillosas Maruja Grifel y Fanny Schiller, que están excelentes.
La trama también es divertida: tres aventureros, dos viejos y un joven, buscan un tesoro escondido en una casa hipotecada, en donde viven Elsa Aguirre y Griffel; la legendaria Schiller, quien será recordada como el hada madrina de Evangelina Elizondo en la vieja versión de La Cenicienta, la que cantaba “Salacadula Salchicomula dibibidibabidibú”, y que actuó en tantas malas películas después de haber sido dama joven en los inicios del cine mexicano; no fue la única vez que salió con Infante, pero es donde más se lució; dueña de la hipoteca, cuenta los días para quedarse con la casa; no se sabe que es la mujer a la que abandonó Pulido muchos años atrás y cuyo recuerdo aún le causa espasmos a ambos; Aguirre está comprometida con el doctor del pueblo, Luis Mussout, a quien detesta la sirvienta Roldán, en su papel de siempre, retobona y dicharachera, y que favorece a Infante quien, además del tesoro, intenta quedarse con la altiva Aguirre, que, como en todas sus películas de joven, tiene un gesto como si oliera a gas; siempre fue bella, y mostró generosamente escote y piernas, pero sólo en El cuerpazo del delito, en plena época de la minifalda, y en ésta, mostró sus prendas íntimas.
El duelo de actuaciones no es entre dos, sino que participan Pulido, Roldán, Piporro y Schiller, y en algunas escenas, una muy cachonda Ivonne Adoreé, quien le coquetea a Infante cuando éste, en una kermés, canta “Serenata huasteca”, una de las mejores canciones de José Alfredo Jiménez, tan buena que parece de Rubén Fuentes, a dúo con Matilde Sánchez La Torcacita; Infante actuaba sus canciones siempre, pero aquí la alterna con Aguirre, Adoreé y La Torcacita, quien hace una excelente primera voz, y una mejor segunda que permite a Infante lucirse, aunque él se luce más cuando le hace segunda en el estribillo; es, con “La verdolaga” en El inocente, una de sus mejores interpretaciones musicales en cine, y eso que tiene varias memorables. La escena comienza con un ballet folclórico haciendo vueltas de majagua, pero la cámara lo toma desde arriba, privando al espectador de las piernas de las bailarinas: no quisieron deslucir la escena culminante de Aguirre.
Mientras La Torcacita y él cantan, y Adoreé coquetea, Aguirre hace mohínes, aunque sin rebozo; es entendible: la gente no sabe qué hacer cuando le cantan directamente; pero Aguirre hace mohínes en toda la película (y en toda su carrera); ¿por qué la persigue Infante? Eso se sabe en una de las escenas más destacadas de la cinta: con la complicidad de Emma Roldán se mete a la recámara de Aguirre (“con tal de chotearle la mercancía al doctorcito”, dice Roldán, con indudable mala intención) para sorprenderla, y ella regresa de un baño, en bata, de la que se despoja; queda primero en brasier y crinolina; se vuelve de espaldas al espectador y se quita la crinolina, y queda en pantaletas; todas las prendas son blancas; es 1953, y aunque ya había bikinis, se pusieron de moda hasta dos años después, gracias a Brigitte Bardott; eran impensables los calzones bikini, los cacheteros, y mucho más las tangas y las llamadas hilos dentales (“G”, en otros países); para esa época, fue una de las escenas más atrevidas, y desde luego la más atrevida de Infante; muy pocas veces una actriz había mostrado tanto con tanto desparpajo; no sería sino hasta 1956 que comenzaran los ingenuos desnudos de Ana Luis Peluffo, Aída Araceli, Amanda del Llano, Kitty de Hoyos y otras; ingenuos porque las actrices estaban inmóviles; Aguirre no lo está, se mueve con gran sensualidad y erotismo, muestra sobre todo las caderas y las piernas, delgadas y torneadas; Infante se va escandalizando hasta que le advierte que ya deje de desvestirse; hasta entonces ella advierte su presencia; de haber dirigido la escena Ismael Rodríguez la hubiera despojado del brasier, aunque le hubiera escamoteado el desnudo al espectador, sólo lo hubiera insinuado (por esa misma época Rodríguez dirigió Maldita ciudad, buen melodrama con una escena tremendista: Fernando Soler entra a un cuarto de una casa mala a aprovecharse de una joven, que resulta ser su hija, quien además tiene una fuerte infección: un escote discreto muestra el principio de los pechos de Marta Mijares, una actriz muy bella y de rasgos finos y delicados: 30 años después el propio Rodríguez hizo un remake, Corrupción, pero en esa escena muestra a una no tan agraciada ni fina Rosita Bouchot totalmente desnuda, muy visible el vello púbico; no era tan escrupuloso como Zacarías); Rogelio González también hubiera llegado un poco más lejos; no Zacarías, quien sólo filmó una cinta con desnudos, y hasta 1969, El pecado de Adán y Eva; a la bella Candy Wilson le hizo mostrar los glúteos sólo en un par de escenas discretas y rápidas, pese a que en esa época proliferaron los desnudos integrales, incluso en el cine mexicano.
La escena de Infante y Aguirre es incoherente: si ella viene del baño, ¿por qué usaba ropa íntima, cuando podía ir sólo en bata? No importa, porque nunca se vio más bella y atractiva Aguirre; después de ese incidente, Infante la conquista, Pulido y Piporro encuentran el tesoro que buscaban, salvan de la ruina a Griffel y a Aguirre, quien ya no tiene que casarse con el doctorcito; el final feliz (¿excepto para Pulido, quien tiene que aguantar a la insoportable Schiller de regreso?) no desmiente el tono alegre y de comedia, con momentos muy divertidos, como los parlamentos entre Infante, Pulido y Piporro; las intervenciones de Roldán, las cachetadas (no podían faltar en una cinta de Aguirre) a Infante, Pulido y Piporro; los buenos números musicales, y un buen ritmo que se acelera al final, como en casi todas las comedias mexicanas; lo menos bueno de la cinta son los desplantes de Aguirre y la muy mala actuación cuando hace como que se desmaya, totalmente inverosímil.
Dice la leyenda que Aguirre y Negrete tuvieron un idilio y que sólo la oposición familiar (¿la familia de Aguirre?) impidió el matrimonio; malas lenguas dicen que durante la filmación Infante y ella tuvieron también un breve pero intenso idilio. Pero eso no tiene que ver con la cinta; es indudable que, al menos como actores, no hicieron buena pareja.

Siguió El mil amores, de Rogelio González, con Rosita Quintana más argentina que nunca, sobre todo cuando canta canciones mexicanas, y un muy buen reparto, en el que sobresale Joaquín Pardavé.
El ranchero Infante, quien ha tenido amoríos innumerables, va a sentar cabeza; contraerá matrimonio con una inquietante Liliana Durán, manipulada por la suegra Emma Roldán, en uno de sus muchos papeles memorables, que recalcaba con un esnobismo muy divertido y terminando sus frases con un “puesn” con que el cine mexicano encasillaba a los pueblerinos que no se adaptan a la ciudad. Dentro de los planes de Infante está el de adquirir una casa, y agarran apurada a Quintana, que pese a haber sido seducida y abandonada, tiene una muy buena hacienda en Veracruz y mantiene a su hija en una escuela de niñas pudientes, pero debe vender poara mantener su ritmo de vida.
Pardavé, un capataz aprovechado, provoca líos para sacar una tajada (“comisión”) ante la despreocupación de Infante por el dinero, que le sobra; Pardavé nunca sale ganando, todo lo enreda, e Infante se ve envuelto en una serie de equívocos muy divertidos; Quintana, que debe ocultar su pasado para que no expulsen del colegio a la hija, lo hace pasar por su marido, marinero, aunque él desconoce el lenguaje, los gestos y los términos marinos; desconoce que le hacen un homenaje por un donativo espléndido (una jugarreta de Pardavé) y pronuncia un discurso tan divertido como el que pronuncia en Los tres huastecos cuando relata un episodio bíblico; provoca que la hija de Quintana se escape de la escuela y obliga a Infante a llevarla a la hacienda de Quintana (a caballo, desde el DF) donde tiene un duelo verbal muy divertido con Roberto G. Rivera; al final Pardavé vuelve a equivocarse y arma un tinglado para hacer creer a Quintana que es borracho, parrandero y jugador (los defectos de su marido desaparecido) y como es de preverse, quienes lo ven son Roldán y Durán, con lo que Infante se libra de ellas, que sólo lo querían por su dinero.
Pardavé está sensacional, tanto como en México de mis recuerdos, como en El ropavejero, como en ¡Ay, qué tiempos señor don Simón!; simpático, totalmente verosímil cuando intenta quedarse con las comisiones, cuando presenta el tinglado contra Infante, o como cuando le da vergüenza cuando Infante le ordena que le dé un beso a Quintana; es también sincero cuando admira las caderas de Quintana; se lleva la película casi por completo; pero no es el único: Anita Blanch como la directora del internado está muy bien como una mujer insidiosa y metiche, y sincera cuando se muestra sorprendida al ver el supuesto donativo de Infante (una venta exagerada de Pardavé); Conchita Gentil Arcos, también maestra maledicente, está justa y adecuada; Roldán está impecable, sin ninguna falla, y Liliana Durán agrega picardía y sensualidad a su personaje; y al final, cuando cree a Infante en la bancarrota, también está simpática y atractiva, con un gesto muy divertido; María Alicia Rivas, en su única actuación en el cine mexicano, está convincente en varias escenas, aunque se le nota la novatez en otras; en las escenas dramáticas está muy bien, muy natural, como lo está Fernando Luján como su novio; Luján, hijo de Alejandro Ciangueroti y sobrino de los Soler, heredó la capacidad histriónica de la familia, y a pesar de la edad, muestra soltura y simpatía. Una alumna de la escuela, ¿Ethel Carrillo?, es verosímil en su papel de chismosa y argüendera; una muy niña Begoña Palacios se sobreactúa, y no deja ver lo atractiva que sería pocos años más tarde.
Ante un cuadro de actores secundarios realmente espléndido, Quintana se sobreactuó, perdió la naturalidad que muestra en Menores de edad, en Calabacitas tiernas, en Soy charro de levita y en El charro y la dama (donde Pedro Armendáriz le dice: “nunca fuera caballero de damas tan bien servido; yo también tengo mi cultura, no se crea”); y la sensualidad en ésas y en Susana (aunque en el final pierde todas sus cualidades, para descanso de los espectadores); ni está bella ni mucho menos atractiva, por más que Infante y Pardavé insistan en admirar sus piernas, muy tapadas; Infante está muy natural, elástico, verosímil en todas sus escenas, y simpático casi todo el tiempo; no se esfuerza ni se sobreactúa, y en una escena en la que parece que Rivas intenta suicidarse, está convincente y hasta conmovedor; ni la tendencia de Rogelio González a la exageración logró que cayera en la trampa del sentimentalismo y el melodrama.
Sin embargo, la cinta se la lleva Pardavé, aunque casi todos, hasta los secundarios, están muy bien; el único que falló fue Rogelio González, quien en varias ocasiones perdió el ritmo, y exageró la escena del enfrentamiento entre Infante y Roldán, que resolvió con un truco fotográfico de mal gusto.
Después, ese mismo año, Infante hizo dos de sus mejores películas, tal vez las mejores: Escuela de vagabundos y La vida no vale nada.

Trivia: el sábado 29 Roy Halladay lanzó un juego perfecto; Juan Gabriel Castro, cubriendo la ausencia de Plácido Polanco en la tercera base, conectó dos hits e hizo tres jugadas a la defensiva; en una de ellas bloqueó un batazo de Jorge Cantú que pudo haber sido el único hit de Florida; en la última jugada, una rola más o menos fácil, hizo un tiro de fantasía; además de Cantú y Castro, ¿qué otro mexicano participó en un juego perfecto en las Ligas Mayores?

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