México nuevo y sus cuatro millones

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Hace un par de años fuimos a un restaurante de comida italiana, en Polanco, al que asistíamos con la frecuencia que nos permitían el tiempo y el dinero; no siempre encontrábamos lugar de inmediato, y muchas veces nos topábamos con conocidos; ese día la escasa clientela estaba alterada, pero no lo advertimos sino hasta muy tarde; debíamos habernos salido cuando vimos que el menú había cambiado, pero como muchos restaurantes acostumbrar variar dependiendo de la época, no se nos hizo extraño; ya que habíamos pedido vimos que muchos comensales regresaban los platillos; ya habían tardado en servirnos cuando descubrimos el común denominador: los platos estaban calientes pero los platillos fríos; la pizza estaba realmente al carbón, pero sólo en las orillas, porque en el centro estaba cruda; los nuevos dueños, molestos, se justificaban: las cosas tienen que cambiar, no se puede vivir en el pasado.

Lo mismo dijo el gerente de un supermercado un día que cambiaron la disposición de los pasillos: para mejorar las cosas deben cambiar.
Fue casi lo que me escribieron los amigos de un crítico al que señalé errores muy obvios de una guía de restaurantes, como erratas, lenguaje pobre, y sobre todo carente de imaginación, y lo comparaba con una guía que publicó Giorgio De’Angeli en los años ochenta: ¿cómo puede creer que algo hecho hace 25 años pueda ser mejor que lo hecho ahora, cómo puede pensar que hace 25 años haya habido buenos restaurantes?, se preguntaban.

Pese al desdén que se le tiene al pasado, y al odio eterno a la ciudad de México, recientemente me topé con dos libros que rescatan imágenes del Distrito Federal que datan de principios o mediados del siglo XX; uno de ellos, México, D.F., entonces y ahora, de David Lida, editado por Numen, y La ciudad de México a través de la Compañía Industrial Fotográfica, editado por la Universidad Iberoamericana. Ambos muestran aspectos de la ciudad que han cambiado; algunos, como dice Lennon, para bien, muchos para mal.
El segundo, con muchos créditos como suelen tener los libros publicados por instituciones educativas, tiene como responsable de “Textos y selección” (de imágenes) a Teresa Matabuena Peláez; recoge 44 fotografías de un archivo de la Compañía Industrial Fotográfica, al parecer bajo el resguardo de la UIA, y también al parecer con muchos daños, según se acota en los textos que explican la condición de las fotografías; la introducción hace una somera historia de la ciudad entre 1921 y 1929, que son los años en que funcionó esa compañía; no hay créditos para los fotógrafos.
Lo más interesante son las fotografías, sobre todo porque reflejan el paso del tiempo; por ejemplo, el Ángel de la Independencia, al que le faltan todos los escalones que ahora utilizan las quinceañeras y las novias antes de irse a la iglesia; otra fotografía es muy reconocible, en parte; la esquina de la Casa de los Azulejos, pero al lado hay un jardín, el Guardiola, que no ha desaparecido, sino que está oculto por una barda, pero sólo porque el jardín ya no está al nivel del piso, sino casi tres metros arriba, lo que demuestra cómo se ha hundido la ciudad; lamento no hablar de la belleza de los palacios, de muchos edificios, porque desconozco la materia; me gustan, y ya, y no sé por qué; como de muchas otras cosas, ignoro lo básico de la arquitectura; sólo sé que muchas de las construcciones son de gran belleza, pero otros, con elementos muy parecidos, son horribles, y por dentro son sucios, fríos, impersonales; hay sin embargo una fotografía del interior del edificio de Correos, de gran belleza, y la serenidad que se respiraba allí; como muchos, en los años sesenta hice largas filas para comprar timbres y mandar decenas de tarjetas navideñas; aspiré a tener un apartado postal allí, pero lo tuve en otras oficinas, y de cualquier manera se me perdían paquetes de libros, por lo que tuve que cancelarlos. Pero en ese edificio intercambian cartas Angélica María y Ricardo Rodríguez (el corredor de autos que se mató en el Autódromo de la Magdalena Mixhuca, ahora Autódromo Hermanos Rodríguez en homenaje a él y a su hermano Pedro, quien también falleció en una carrera, aunque en otra pista), en una cinta donde uno de los villanos era el hermano de Angélica María, ahora olvidado.
En los años ochenta el edificio de correos se volvió uno de los lugares más inseguros de la ciudad; como muchos enviaban o recogían valores, eran asaltados en sus pasillos, que antes funcionaban todo el día; también allí se podía escribir cartas, pues en mesas altas había papel, tinteros y manguillos, como los había también en las oficinas de telégrafos.
Otro aspecto interesante es que tanto en el Zócalo como en la Basílica de Guadalupe había terminales de tranvías; de hecho, de la Basílica salían los trenes para el Zócalo, para Portales y para Tlalpan; los tranvías se anunciaban con una campana pero en descampado lo hacían con claxon, según se decía en el Reglamento de Tránsito; y lo comprobé, un día que fui hasta los Estudios América, más allá de los límites de la ciudad poblada; ahora esos terrenos quedan más al centro que hacia el sur de la ciudad.
Gran parte de las fotografías reproducen un sitio tranquilo: el Bosque y el Lago de Chapultepec; es un equívoco, porque siempre fue ruidoso, y era el sitio preferido para irse de pinta, y para los encuentros amorosos de novios presurosos; aunque las fotografías datan de finales de los veinte, el lago no cambió mucho hasta los años setenta; se ven las isletas, donde pretendían esconderse las parejas de adolescencia apresurada y luego soledad arrepentida, y a donde los perseguían los curiosos desafiando los rumores de que esas isletas estaban llenas de ratas; se veía la elegante Casa del Lago, que uno conoció ya como refugio de la cultura; los domingos había conferencias, proyecciones de cine, de teatro, y en las afueras jugaban ajedrez, y se vendían ejemplares de los libros publicados por Juan José Arreola (no ha sido sino hasta hace muy poco que conseguí algunos, los que más me interesaban, mucho más caros que cuando pude haber adquirido entonces si hubiera sabido lo buenos que eran, la elegancia de sus diseños, lo pulcro).
El libro reproduce otros sitios, aunque no haya demasiada imaginación, porque son parajes muy conocidos, y además los hemos visto decenas, o centenares de veces en el cine mexicano, que tampoco ha tenido mucha imaginación.

El otro libro es mucho más cruel; tiene el doble de páginas y muchas más fotografías, y cuesta casi lo mismo; es más, 30 pesos menos; la crueldad no consiste en que sea mejor edición, más cuidada, no en cuanto impresión, porque es casi la misma calidad (aquél, impreso en México; éste, en China; la diferencia está en el costo, no en el terminado); pero en éste las imágenes son dobles: una, cómo estaban antes los edificios, y enfrente, cómo están ahora; ahí vemos cómo algunos, la mayoría, se han deteriorado; no es el tiempo, sino nosotros; la iglesia de San Hipólito, por ejemplo, ahora es irreconocible por la cantidad de puestos semifijos, los ambulantes, los letreros, que la ocultan a los ojos presurosos de quienes, además, no tenemos tiempo de verla porque está en una esquina donde hay once semáforos y no siempre sincronizados, y precisamente donde los autos dan vuelta a la izquierda (¿no estaba prohibida, no por otra cosa sino porque el de la izquierda es el carril de alta velocidad?) para tomar Reforma, y donde siempre se hace un embotellamiento; es más, en la fotografía ya ni se ve la Hostería del Bohemio, todavía en los setenta uno de los cafés más visitado por estudiantes; hubiera sido necesaria una fotografía de esa misma calle, pero del otro lado de Reforma, donde estaba Libros Escogidos, la cantina Las Américas, un restaurante, un estudio fotográfico, y hoy están instalaciones de la SHCP, espantosas y que rompen el estilo arquitectónico de la zona.
Aunque hay errores de criterio (por ejemplo, hubiera sido más adecuada una fotografía de los años cincuenta del Estadio de la Ciudad Universitaria digamos cuando Necaxa derrotó a Santos y Pedro Dellacha fracturó una pierna a Pelé, o cuando la carrera de Omar Fierro en los últimos segundos para que el IPN derrotara a la UNAM, y quedara el estadio ambas tribunas con las antorchas encendidas –todavía algunos alegan que se salió del campo– que la muy conocida de Queta Basilio llevando la antorcha olímpica –Queta fue, poco después, alumna de Gustavo Sainz en Ciencias Políticas–; ni se distinguen las características del estadio ni la fotografía actual permite ver las diferencias; otra: no hay fotografías de la Diana, en donde se vería que estaba en la glorieta del Cine Chapultepec, a unos pasos de la entrada de los Leones, y viendo hacia el Bosque, y no en la glorieta del Cine Diana –que se inauguró con el estreno de Espartaco, con Kirk Douglas y Tony Curtis– y viendo hacia el Norte, como está ahora; o el puente de Nonoalco, durante muchos años la frontera entre la ciudad de México y la zona brava de Nonoalco Tlatelolco, y ahora, un lugar sin la importancia sociológica que sí retrataba el cine mexicano, y hasta La región más transparente le da su significado real; o la foto del derrumbe del Regis, cuando lo adecuado hubiera sido la fotografía de antes del derrumbe), este libro es uno de los testigos más importantes del paso del tiempo.
Cómo era y cómo es el Distrito Federal; dice Lida en la presentación que pasó de ser la ciudad más cosmopolita de América Latina, a un caos urbano; ¿es una idealización del pasado? Eran feos los anuncios de los edificios que estaban frente al Zócalo (Liverpool, la cerveza Moravia –para los que pueden pagar un poco más–, la mueblería Nueva), tanto como ahora se ven los edificios feos, sin remozar; la terraza del restaurante de un hotel allí mismo tiene un solo cambio: está techada, pero sin seguir el estilo de la construcción; una imagen del Palacio Nacional en 1860 muestra una ciudad provinciana, sin pavimentar, desolada y peligrosa; la actual, tan insegura e impersonal, pero mucho más poblada, y eso que no están los ambulantes que ofrecen su mercancía con un reto: “que no le dé pena comprar robado”, ni están las filas inmensas para entrar a la pista de hielo, y sí los automóviles que van hacia Madero sin permitir el paso a los peatones, y estacionados, tres vehículos militares; mi ignorancia absoluta acerca de los modelos de los autos me impide saber de qué mes es la foto, pero hay un taxi de los actuales, y tres camionetas caras e inestables, como reconocen incluso sus fabricantes; la presencia de cuatro autos rojos denuncia que en el reglamento de tránsito ya no se prohíben los vehículos de ese color, como todavía a mediados de los sesenta, y que ya había muchos que violaban esa prohibición, no tan absurda, si se ve que con eso se intentaba que no se confundieran con los autos de bomberos y de las patrullas (esa prohibición ya era obsoleta, porque las patrullas policiales ya no eran rojas).
Muchos edificios han perdido su esplendor; lo grave es por permitir que las construcciones que hacen junto o cerca rompan la armonía arquitectónica; o que los ambulantes terminen por esconderlos dentro de su acumulación de objetos, de su desorden y de su violencia visual.
Hay mucho qué comentar, pero también qué lamentar; el olvido de ciertas zonas; por ejemplo, Insurgentes Norte que era más carretera que calle; cómo estaba Insurgentes antes de la glorieta del Metro, la Avenida Juárez antes y después de que eliminaran la terminal de los camiones que iban a San Ángel, o la calzada de los Misterios antes y después de que fuera prolongación de Reforma; o la pauperización de Polanco pretendiendo hacerlo moderno; también hay mucho qué destacar, como la cantina china hoy tan escondida que ni se nota; lo que sí se nota es el paso del tiempo, no siempre para bien, pero muchas veces mejorando, modernizando, embelleciendo el panorama urbano. Y tiene el mérito de no parecer propaganda política (aunque, sin proponérselo, habla muy mal de las autoridades capitalinas).

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