Infante-Negrete: Duelo de titanes

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Filmar Dos tipos de cuidado fue la culminación de un proyecto muy cuidado; fue producida por Miguel Alemán Velasco, hijo del aún presidente de la República, y quien tenía mucho interés en los medios de comunicación; de hecho, al margen de su carrera política, fue director de dos diarios (Novedades y El Sol de México) y siempre estuvo cerca de la televisión, en aquellos momentos (1952) incipiente.
El hecho es que se reunieron, por única vez, los estrellas masculinos más populares del cine en esos momentos; tardó todavía muchos años para que se reunieran los equivalentes femeninos, hasta los años sesenta, en La Cucaracha, con María Félix y Dolores del Río.
Posiblemente no sea inútil explicar la diferencia; ni a Félix ni a Del Río se les puede considerar las mejores actrices; están muy lejos de Gloria Marín, Katy Jurado, Silvia Pinal; tal vez tampoco sea inútil recurrir a dos anécdotas de Salvador Novo; en una, afirmó que los productores se congratulaban de que la belleza de Félix ayudaba a que los espectadores no advirtieran su escasa capacidad histriónica; en la otra, se relata que Novo se topó con Carmen Galindo, quien se apresuraba por llegar a ver a Del Río en una obra teatral: “nunca la he visto actuar”, se disculpó por la prisa; “ni la verás, Chata, ni la verás”, la consoló Novo; tampoco es inútil recordar que ambas fueron amigas muy cercanas a Novo.

Tampoco es inútil echar una mirada superficial a la carrera de Jorge Negrete; menos inútil aún es declarar en su favor que no quería ser actor, sino cantante, y no de rancheras sino de arias y de ópera; que entró al cine por casualidad, es muy conocido; tal vez lo sea menos que esa casualidad tenía falda y piernas torneadas, a las que siguió Negrete, hasta las puertas de una estación de radio, donde no tuvo más remedio que cantar en un concurso, aunque entonces no corría peligro de que lo acusaran de acoso; que su ambición trunca de hacer gorgoritos se vio recompensada por una popularidad continental, con ser el consentido de las mujeres de la época y de después, de ganar inmensas fortunas (y perderlas) porque sus cintas, con todo lo objetable que le parezcan a los críticos, siempre fueron éxito de taquilla, por lo que, narra Emilio García Riera en alguno de sus tomos de su Historia documental del cine mexicano, había renunciado a los salarios de seis cifras, a cambio de un porcentaje de las ganancias; llegó incluso a participar en la producción, y desde luego el público de masas nunca reparó en sus actuaciones deficientes, ayunas de naturalidad, tiesas y envaradas muchas veces, aunque no siempre carentes de simpatía; algunas de sus cintas son memorables: El Peñón de las Ánimas, Carta de amor, Historia de un gran amor, Canaima.
En el momento de su encuentro con Infante su carrera estaba en declive, no sólo por la enfermedad que a los 39 años lo hace parecer mucho mayor, por la incipiente calvicie (si el cabello comienza a perderse alrededor de esa edad, tampoco era tan trágico, aunque sí para un actor), por la notoria panza, y por la pérdida de vitalidad; los pleitos en la ANDA le han restado fuerzas, y es probable que los enterados hayan notado una leve, casi imperceptible caída en la taquilla, pero en sus últimas cintas ya no es el mayor atractivo, y debe recurrir a parejas con quienes compartir el estrellato: Pedro Armendáriz, su improbable hermano en Los tres alegres compadres (y ambos, opacados por el enorme Andrés Soler, y además ninguno conquista a Rebeca Iturbide); Luis Aguilar en Tal para cual; regresa con su ex Gloria Marín para Un gallo en el corral ajeno, y María Félix en El rapto; de todas, la mejor pareja la hace con Infante, quien había crecido a contracorriente de Negrete: estrella de la XEB, competidora menor de la XEW, que tenía como uno de sus estelares a Negrete; grababa para Peerles, competidora menor de la entonces superpoderosa RCA Victor; Negrete tuvo mejores, o más renombrados directores: Luis Buñuel, Norman Foster, Juan Bustillo Oro, Fernando de Fuentes, Julio Bracho; las dos cintas que hizo con Emilio Fernández son mejores que la que hizo éste con Infante; los directores de cabecera de Infante hicieron poco sin él: Ismael Rodríguez, sólo Los hermanos Del Hierro; fuera de eso, poco memorable; Rogelio González, El esqueleto de la señora Morales, y fuera de eso, fue irregular y a veces patético (La mujer de seis litros); y como cantante, Negrete es muy superior en voz, técnica, y resultados, que Infante. Una diferencia: aparentemente Infante es más audaz, pero en su escena más pícara, un semidesnudo de Elsa Aguirre, el personaje de Infante se aterra y no la deja que se desnude del todo; en cambio, en Juntos pero no revueltos, Elisa Christy y Virginia Serret aparecen en ropa íntima mucho más reveladora, ante la complacencia de Negrete. Y algo más: en la vida íntima no lograron la felicidad completa: me autocito: aunque miles de mujeres hubieran dado todo por estar con Negrete, la mujer a la que más amó le fue infiel varias veces, sin casarse con ella, y en cambio casó con una a la que no quiso; Infante tuvo muchas relaciones, todas inestables.
Sin embargo, a esas alturas era difícil saber cuál era más popular; de allí que desde entonces se haya hecho una distinción: Negrete, quien tenía papeles de arrogante, era el capataz, el amo, y el ídolo de las clases privilegiadas (en términos socioeconómicos, quiero decir), mientras que Infante era el preferido de las menos favorecidas, y hay muchos testimonios de esto. En persona, dicen los testimonios, se tenían mutua admiración, aunque algunas anécdotas refieren que ya para esa época Negrete estaba levemente celoso del arrastre de Infante.

Todas estas circunstancias favorecieron a la cinta:; en primer lugar, por un acuerdo especial, Ismael Rodríguez dirigió para una compañía que no era la suya; pero dirigió parejo, sin favorecer a su favorito Infante, que sale siempre mejor parado en otras cintas, como la saga de los García, como en la saga de los Treviño Martínez de la Garza, y como en la trilogía (aunque aún faltaba la tercera) de Pepe el Toro.
Es difícil hablar de una cinta que ha sido muy analizada por los críticos; tanto García Riera como Jorge Ayala Blanco la han estudiado mucho y han visto características impresionantes: la transformación de la comedia ranchera que permite que una protagonista que ha perdido la virginidad no sea condenada, sino vista con conmiseración; que se derrumbe el mito de la superioridad masculina (aunque sobreviven frases como “cuando una mujer nos traiciona, la perdonamos y en paz, al fin y al cabo es mujer”) y las referencias a las enfermedades venéreas. Sin embargo, hay otros detalles que no podemos obviar.
No todos los alternantes están a la altura: Carmelita González no tiene la picardía necesaria para el papel; su mejor momento es cuando amenaza a Infante: te engañaría con todos los hombres, menos con Jorge; Infante pregunta, azorado: ¿con todos? Ella se turba, y apenas puede componer la situación; fuera de eso, siempre está fuera de lugar; lo mismo Yolanda Varela: no tiene suficiente voz, y se le acaba la respiración con las frases largas; no tiene ocasión de mostrar su mejor faceta en el cine: los gestos de menosprecio que le hace a Tin Tan en Lo que le pasó a Sansón, o los que desperdiga todo el tiempo en Con quién andan nuestras hijas; peor aún: no puede bailar chachachá, que es lo que mejor hace en toda su carrera (aunque tiene otro buen momento: cuando finge un orgasmo en El niño y el muro); Mimí Derba está muy bien, excepto cuando dice frases muy largas, porque pierde el ritmo; Queta Lavat está muy bien como la tonta novia de Negrete, y José Elías Moreno cumple, sobre todo cuando hace la excelente escena con Negrete e Infante y pide que desilusionen a su hija Genoveva (Lavat); está muy mal Carlos Orellana como “la suegra remolona” de Infante: era innecesario que hiciera de árabe para ridiculizarlo, pero era la época en que Joaquín Pardavé hacía el mismo papel de árabe ridículo pero noble; los extras están bastante bien, lo mismo los que juegan dominó con Negrete o póquer con Infante, como los asistentes a la kermés donde Negrete pelea con Carmen González, como los invitados a las muchas fiestas.
Pero lo que importa es el duelo Negrete-Infante; el primero era mucho mejor cantante y tenía mucha presencia; el segundo era mucho mejor actor y tenía mucho carisma; en la vida real, las historias de sus conquistas siguen impresionando pese a que sus biógrafos oficiales sean tan timoratos, y oculten incluso deslices o confesiones, como la actriz que hablaba de la cama redonda de Infante, o las que se deslizaban al camerino de Negrete; del primero se habla de decenas de conquistas con resultados objetivos; del segundo, un descendiente suyo presumía que cada aniversario conocía a un nuevo primo; en la cinta, se ayudan mutuamente, pese a que Infante es primo de González, y Varela hermana de Negrete; se aconsejan tácticas numeradas, lo que hace inverosímil la situación, pues si hasta número le ponían a esas tácticas, qué tenía que consultarle el uno al otro, y que los sirvieran mutuamente de alcanfor; ambos tienen oportunidades parejas, aunque el guión termine favoreciendo a Infante, porque es el noble, el que se sacrifica, el que está dispuesto a perder a Varela con tal de que González no quede señalada por ser madre soltera, aunque con la disculpa de que el deshonor ocurrió en la capital (eterno sitio de perdición para Orellana y Rodríguez, si recordamos Maldita ciudad), y además drogada (por unos estudiantes, otros villanos eternos para el autodidacta Rodríguez); pese a eso, se presume en el guión, se casa de palabra pero no de hecho con González (suficiente argumento para anular el matrimonio: la no consumación del acto).
Como decía, tienen oportunidades parejas; lo sorprendente es que aunque Infante es mejor actor, Negrete no sale tan mal parado, no tiene reacciones previsibles, sus gestos de azoro son más auténticos, y no está tan tieso como en Un gallo en corral ajeno, que acababa de filmar; sus gestos de picardía son más verosímiles que cuando lo ponen de arrogante; algunas frases suyas le dan sabor moderno a una cinta que, fuera de lo de la madre soltera, parece tan intemporal como cualquier otra comedia ranchera; una frase tan simple como “pa’ molarla de acabar”, tan típica en el dominó, lo hace ver más real que cuando amenaza a Infante a gritos; Infante, menos buen cantante, no sale tan mal parado porque tiene un recurso del que carece Negrete: actúa las canciones; actúa en el momento más célebre de la cinta, en las coplas de retache; mientras que Negrete agrede con su voz de barítono, Infante minimiza los ataques con gestos de burla, de menosprecio; equivale, en una pelea callejera, al que se burla del contrincante hasta hacerlo perder la tranquilidad y hacerlo trastabillar y abrir la guardia. En los muchos momentos climáticos, Infante hace que Negrete pierda la compostura, excepto cuando va a rogarle que le permita tomar agua de sus terrenos; allí, Infante, en un gesto muy típico suyo en muchas cintas, humilde, rogón, pierde ante la arrogancia, la prepotencia de Negrete, y no me refiero sólo a la cinta: cuando Negrete lo manda a que se pare donde no estorbe, e Infante obedece, no sólo gana el personaje de Negrete: gana él como actor; en terreno abierto, sin embargo, Infante triunfa: cuando salen de hablar a solas en el salón de la cantina, Infante va triunfador, mientras que la confusión de Negrete es inverosímil; se recupera cuando cantan, en planos diferentes, “Ojos tapatíos”, Negrete a González e Infante a Varela: pero si como actor Negrete no queda tan atrás de Infante, aunque pierda, cantando Infante no queda muy por debajo de su rival, y sale bien entonado, sin que, por una vez, imposte la voz; eso sí, no puede hacer la primera, pero hace una excelente segunda (que a veces es mucho más difícil: sólo hay que recordar que McCartney canta mucho mejor cuando hace segunda a Lennon que cuando hace primera; Lennon en cambio siempre está bien en primera, y excelente en segunda); otro momento difícil; al final, en la canción que hace referencia a la kermés, aparece una frase coloquial muy bien usada: pero ya de piña no hay.
Un excelente momento para ambos es en la kermés, en flashback: Negrete le cuenta a Orellana que, como González no quiso ir con él, él fue con una amiguita; canta, con ella con gesto de aburrida, “Quiubo quiubo cuándo”, con las voces cómplices del Trío Calaveras; Infante intenta embriagar a una atractiva extra; aparece González, quien ordena a Infante que vaya por Negrete; éste le ordena a Infante que le cuide a la muchacha; protesta, pero le echa una mirada al trasero de la mujer, y accede a quedarse; Negrete le advierte: mucho cuidadito; Infante protesta; hombre, me conoces; por eso lo digo, remata Negrete, quien, con González, se porta altanero: te di tu lugar, y no quisiste venir conmigo, así que te aguantas; es más, vete a tu casa, que te perdono; ante el azoro de ella, confirma: bueno, pues terminamos; Infante, mientras, sin decir palabras, le hace una propuesta sexual a la acompañante de Negrete, y al irse, va tras otro trasero atractivo.
Todas estas escenas siguen teniendo validez, pese a toda la conducta de corrección política; hay incluso una mucho más audaz: cuando Varela cuestiona su volatilidad, Infante relaciona sus aventuras con términos de correos, hasta que define una de ellas como de “entrega inmediata”, sin posible malentendido ni sugerencia equívoca; igual contundencia tiene cuando exclama, ante la matrona de las muchachas a las que lleva a festejar el nacimiento de su hija (hí…jole, qué fea”) en una cantina, cuando termina de bailar “La tertulia”, de Chava Flores (otra incómoda referencia de tiempos equívocos), con mucho sabor y atrevimiento, que anda con muchas porque ninguna lo toma en serio y ninguna lo toma en serio porque anda con muchas.

Da la impresión de que sobra el director, que los actores se dirigen solos, y que las escenas tienen el ritmo que ellos imponen; es dispareja, pero Negrete no se tomó en serio, y es así que aunque él manda, sus parlamentos nunca son rígidos ni parecen recitados; en donde Infante se impone hay mucha vitalidad, mucha alegría, pero también desconcierto y anarquía; el final deja muchos cabos sueltos, pero ni falta que hace que se amarren, excepto dos: con quién se va a quedar la hija de González, y cuál va a ser el destino de Genoveva. Todo parece feliz, pero hay caos para acabarla; cantan a cuatro voces (doblan, es evidente, a González y a Varela) “La gloria eres tú”. Otro detalle anacrónico de los muchos que abundan en la cinta; pese a ellos, pese a otros descuidos, la cinta tiene la misma frescura, la misma vitalidad, que cuando se estrenó, pocos días antes de la muerte de Negrete.
Infante salió ganando: su prestigio como actor se hizo más sólido, y eso que faltaban aún muchas cintas, cinco de ellas muy recomendables.

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Comentarios

Un comentario a “Infante-Negrete: Duelo de titanes”
  1. Carola dice:

    Como se puede conseguir la película? Yo solo conozco la escena del duelo cantado entre los dos.

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