Más de Pedro Infante: Dos hermanos disparejos

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Una de las cualidades histriónicas de Pedro Infante consiste en que podía pasar de la euforia a la depresión, o al revés; de lo dionisíaco a lo apolíneo, se dice en las cantinas cuando alguien canta, alegre, y luego se queda silencioso, melancólico, cuando el cancionero se avienta “De qué manera te olvido”; es célebre la anécdota cuando filmó la escena del incendio en la vecindad de Ustedes los ricos, del llanto a la carcajada; así, las dos siguientes cintas que filmó en 1952, Los hijos de María Morales y Dos tipos de cuidado, contrastan por el tono con las dos primeras, las del ciclo de Un rincón cerca del cielo; las dos finales, de las seis que realizó, son por completo disparejas, flojas, pero que contribuyeron muchísimo a su popularidad: Ansiedad y Pepe el Toro.
Primero hay que hablar de las apariciones incidentales de ese año, clave en la vida de México; en Por ellas aunque mal paguen sólo se le incluye para que apadrine el lanzamiento al estrellato de su hermano Ángel, mayor que él, recio y de buena presencia, pero que apenas alcanzó buenos niveles de actuación en sus últimas cintas; la leyenda quiere ponerlo como el protector de Pedro en la vida real, el hermano que se echaba la culpa de las travesuras que hacía el menor, el que andaba con él para todos lados, y que lo doblaba en algunas escenas; en realidad, quien era su roadie era Pepe, menor que los dos, y el más recio de los tres, y verdadero doble de Infante en escenas peligrosas, y quien daba la cara cuando lo increpaban novios celosos y esposos ofendidos, y un auténtico guardaespaldas.
Por ellas aunque mal paguen es un remake de Al son de la marimba, y aunque don Fernando Soler repite en el papel de padre aprovechado, aristócrata arruinado pero simpático vividor, y aunque una Silvia Pinal mucho mejor actriz y más atractiva hace el papel de Marina Tamayo, y aparece el Indio Bedoya como el capataz de Ángel Infante, y aunque las dos cintas fueron dirigidas por Juan Bustillo Oro, la primera, pese a Emilio Tuero es mucho mejor que este refrito (quien desconoce el cine viejo está condenado a ver remakes, dice Cabrera Infante, quien sabía mucho de cine); Pedro Infante aparece sólo para levantar ciertas escenas y avalar a Ángel.
En Había una vez un marido y Sí… mi vida, aparece en una escena en cada una de las dos cintas que en realidad son una sola, con el atractivo de una muy bella y simpática Lilia Michel, quien baila y canta una muy atrevida “qué pena, qué pena, que sirva yo de cena”, acompañada por los Hermanos Kenny, con el Tío Herminio al frente (“qué culpa tiene el pípila de tener carne tan buena); Michel, vestida de colegiala (falda de vuelo) baila y muestra unos muslos que regateó mucho en otras cintas. Infante, en un cabaret, y en la recámara de Rafael Baledón y Lilia Michel, irrumpe en cada una con una canción, y con el equívoco de estar en una cinta diferente; la escena de la recámara pudo ser pícara, sobre todo porque el director de ambas cintas, Fernando Méndez, tenía sentido del humor y de la picardía, pero Baledón lo hacía todo aburrido (en el cine, se entiende; en la vida real parece haber sido un tipo duro y rudo, diferente de su papel en el cine).

Los hijos de María Morales es la única cinta en la que Infante se dejó dirigir por Fernando de Fuentes, uno de los pilares del cine mexicano de los años treinta y cuarenta, autor de El prisionero 13, de Vámonos con Pancho Villa, de la espléndida La gallina clueca, de La casa del ogro, de El fantasma del convento, de El compadre Mendoza; es una lástima que este encuentro haya durado sólo una cinta, porque el resultado es magnífico, y mucho más complejo de lo que se ve a primera vista.
La trama es muy conocida: unos apostadores convencen a Carlos Salvatierra (Andrés Soler, en uno de sus mejores papeles, él, que no tuvo actuación mala y sí muchas maravillosas) de que encarcele, con cualquier pretexto, a los hermanos Pepe y Luis Morales, interpretados por Infante y Antonio Badú, marrulleros, tramposos, peleoneros, incapaces de aceptar ninguna derrota (si la hay, provocan una trifulca de la que siempre salen victoriosos), pero simpáticos; de no hacerlo, los apostadores amenazan con boicotear la feria anual, la principal fuente de ingresos del pueblo. Soler, a quien el destino hizo compadre de María Morales, tiene que acceder, y lo hace de una manera simpática y eficaz; cuando entran al pueblo los Morales una multitud los recibe con honores, y con ese pretexto los desarman y encarcelan, aunque Soler les hace creer que sigue órdenes de su comadre doña María, una extraordinaria Emma Roldán, que aparece sólo al final; a lo largo de la cinta sólo la vemos en una fotografía que la muestra mandona, indómita, y mucho más simpática que la Sara García de Los tres García; los Morales, no muy convencidos, aceptan, y tienen que soportar vejaciones, bravatas y burlas de los villanos; a cambio, reciben la visita de la hija de Soler, Irma Dorantes, no se puede decir que en su mejor momento porque hasta muy entrados los setenta se mantuvo bella y provocativa, y de su amiga, la menos simpática pero agradable Carmelita González; ambas se disfrazan de sirvientas que les llevan la comida (“la pastura”, les grita el guardia de la cárcel); liberados de la prisión, se dan cuenta del engaño de las heroínas, a las que raptan; ellas se mantienen a salvo de la deshonra, pero cuando llegan a rescatarlas Roldán y Soler, son las que apresuran a los Morales a que de verdad las rapten y consumen el acto.
Aunque así anunciadas estas acciones develan violencia, engaño, estupro y corrupción, la película está resuelta en un tono de comedia en la que los críticos han visto muchos síntomas del cambio de los tiempos: un machismo ya no imponente sino reducido; los héroes son humillados por una serenata que les asestan los villanos, y están impedidos de contestarla porque ni los ven ni los oyen, y se conforman con gritarles arengas que sólo aumentan la burla de los malos (que después no vuelven a aparecer; son apenas un pretexto); después, la serenata se la llevan dos cancioneras, en uno de los momentos perdidos de la cinta, porque las cancioneras son la muy guapa y buena cantante Verónica Loyo y la aún más guapa Josefina Leiner (a quien García Riera confunde con Lupe Carriles; en consecuencia, José Ernesto Infante Quintana repite el error); el resultado es una de las mejores canciones interpretadas por Infante en cinta alguna: “Corazón”, de José Alfredo Jiménez; aun con el clima propicio para el encuentro sexual, es imposible por el encarcelamiento de los hermanos Morales; también han destacado que Roldán proclama que sus hijos han sido humillados porque raptan a Dorantes y González, y no pasa nada; ¿qué van a decir de ellos?, se pregunta Roldán ante la desesperación de Soler, a quien no le queda más que el consuelo que de cualquier manera., muchos años antes había hecho el trato con Roldán de que daría su hija a cualquiera de los Morales (en matrimonio). La escena más inquietante tiene lugar cuando, ya raptadas, los Morales las tienen sometidas, y abren la puerta de la recámara; al ver una cama ellas se resisten, alarmadas; ellos no intentan forzarlas, sino encerrarlas; es de ellas la suspicacia.
Otros momentos muy atrevidos: en una cantina, antes de que los encierren, Badú pide a su hermano que cante: Infante, excelente bailarín, toma a Verónica Loyo como pareja, y sin moverse de un ladrillo y sobrándole terraplén, hace con ella lo que quiere: la atrae, la aleja, la aprieta, se le arrejunta, le raspa la mejilla, y con un lenguaje corporal más atrevido que el danzón que baila con Nelly Montiel en Ustedes lo ricos; Loyo hace lo que le pide, pero su baile no es pasivo, sólo lo hace creer así; Leiner, por su parte, está sentada en una posición muy sugerente, sobre la barra, muy untada a Badú; la actitud de los Morales, aunque pícara, no denota iniciativa, sino que espera lo que hagan ellas; la canción es una de las mejores de la fórmula Rubén Fuentes-Pedro Infante: “El Papalote”, que habla de la rebelión de un hombre contra la mujer liberada, con muchos amigos, y da a entender que él es sólo uno de tantos; en esta versión, Infante hace uno de los muchos cambios significativos a ciertas canciones; en “La casita”, el narrador de la canción le echa los perros a una “amiga”: “¿que de dónde amiga vengo? / De una casita que tengo…”; Infante, en la versión más conocida de la canción, dice “¿Qué de dónde amigo vengo?”; en “El Papalote”, Fuentes y el letrista Rubén Méndez dicen “Yo fui tu papalote, me repapaloteaste como te dio la gana, y armaste tu mitote cuando por tus amigos de plano te corté; Me traibas en la altura por más que yo rabiaba y rabiaba al comprender que así no era muy macho, no era muy macho ni tú eras mi mujer; Papalotito, papalote del aire, dale un besito al hijo de mi madre; ya tienes tu grandote pa’ que lo queras mucho y lo hagas padecer; yo no soy papalote, yo no soy papalote de ninguna mujer”.
Infante hace pocos cambios, pero significativos: “cuando por tus amigas de plano te corté”; los otros son costumbristas: “asina no era macho, asina no era macho ni tú eras mi mujer”; “me repapaloteastes”
Durante el puente, luego de hacer referencia al “grandote” (¿Badú? Era bastante más alto que Infante: dos hermanos disparejos), Badú grita “¡ése es mi hermano el chiquito!”. Con la complacencia de De Fuentes, Infante hace cara de azoro o de sorpresa y exclama “¿eh?”, un albur que se le pasó a la censura, y a los comentaristas, que no han reparado en la escena. Tampoco han reparado en las escenas en las que Dorantes y González los visitan en la celda, cómo Badú e Infante “pasan revista”: mientras hablan con uno, el otro examina su físico, en especial el trasero, y hacen gesto de aprobación; ellas, aunque lo perciben, no protestan hasta que comienzan a acorralarlas: “puerta, puerta”, gritan para que les abra el carcelero. (Esta cinta, con algunas variantes, fue planchada por Miguel Aceves Mejía en una cinta méxico-argentina, Viva quien sabe querer, de Miguel Morayta; dan el crédito del argumento a De Fuentes y al propio Morayta, pero en Los hijos de María Morales el argumento se lo adjudican a Fernando Méndez; el remake no lo explica García Riera en la Historia documental del cine mexicano.)
Ya he hablado también de la escena en que, cuando están a punto de raptar a Dorantes y a González, Infante se dirige al escenario donde las coronan reina y princesa de las fiestas, y por donde pasa respingan dos mujeres que atienden la ceremonia; los respingos parecen auténticos, no fingidos: Infante les pellizca (¿o acaricia?) el trasero. Las dos son guapas
Otras escenas menos audaces pero memorables: cuando van a jugar baraja los hermanos Morales, se preguntan si lo harán como caballeros “o como lo que somos”; eso sucede en muchas cintas, y también que ambos contendientes tengan las mismas cartas. Aquí no tiene tono de tragedia.
Si la cinta abunda en detalles y sugerencias, también en buenas actuaciones: los primeros, Roldán y Soler; ella, en su papel arquetípico de machorra y mandona, se roba la pantalla en cuanto aparece; Soler, con su manera peculiar de hablar, de hablar con refranes, de retorcer el lenguaje, de cambiar acentos, hace convincente cuanto dice, y se le cree la desesperación cuando encuentra bebidas a Dorantes y a González, y más cuando las raptan; también se le cree cuando acepta la presión de los villanos, y hace pensar que acepta esas y otras corrupciones; la menor, la elección de Dorantes como reina de la feria; desde luego, Badú e Infante están en sus mejores momentos, son simpáticos cuando quieren, y pese al guión, también pueden parecer apremiantes; cantan bien, y Badú, pese a su voz discreta, está entonado; se luce en la canción que habla de platillos mexicanos; Infante canta muy bien “El Papalote” y “Corazón”; sus papeles son los menos complejos, pero no desentonan frente a Soler; Dorantes está en el mejor papel de su vida, y Carmelita González no la hace quedar mal, aunque le falta picardía; Tito Novaro es tan buen villano como en El Ceniciento, y José Muñoz está como siempre: excelente. Las breves apariciones de Verónica Loyo y Josefina Leiner hacen desear que fueran más significativas, no sólo en esta cinta, sino en todo el cine mexicano.
Fernando de Fuentes hace que el tono siempre sea adecuado, no hay muchos momentos climáticos, pero tampoco hay caídas; cuando se corre el peligro de que se convierta en drama, lo resuelve con rapidez; el ritmo no se quebranta y, por el contrario, cuando se acelera el espectador no lo siente forzado. Hay personajes que desaparecen, como Novaro, Muñoz, Loyo y Leiner, pero la cinta es sencilla y esos personajes son accesorios; los importantes son Infante y Badú.
La siguiente cinta, Dos tipos de cuidado, enfrentó a los máximos ídolos del cine mexicano de entonces y de después; y aunque la diferencia de calidad en actuación era mucha, la cinta es tan interesante como Los hijos de María Morales; de ella se hablará en la próxima.

Y lo dicho: tengo muchos amigos, y excelentes. Gracias.

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