Odisea vivida en Chile (desde México)

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Desperté cuando la tierra de los sueños faltó
bajo mi cama.
Pablo Neruda,
Canto general

Pero háblame, Bío-Bío,
son tus palabras en mi boca
las que resbalan, tú me diste
el lenguaje, el canto nocturno
mezclado con lluvia y follaje.
Pablo Neruda,
Canto general

“Todo chileno lleva en la memoria el recuerdo de un gran terremoto”, dice Pablo Neruda.
“El primer aviso fue como un niño, un temblor insignificante, como si hubiese pasado un camión o como si los árboles hubiesen sido agitados por una ráfaga de viento”, dice Artur Lundkivst en Agadir, poema en que revive uno de los temblores más destructivos de los últimos 50 años, en un pequeño puerto egipcio, de 6 grados Richter.
“Con el temblor de Chile, el mundo se movió como una campana; las réplicas duraron más de un año”, resumió uno de los pocos libros de divulgación sobre volcanes, terremotos, cordilleras.
Gustavo Sainz, en la parte que le corresponde de El juego de las sensaciones elementales, habla del “kilómetro sentimental”, que es qué tan cerca sentimos un acontecimiento; y aunque Chile está casi al otro lado del mundo, lo que vivimos desde el 27 de febrero, cuando en aquel país se dejó sentir un terremoto de 8.8 grados Richter, hasta el viernes 5 de marzo, ha sido casi insoportable.
El 27 de febrero me levanté, a las 5 de la mañana; la mejor hora para leer u oír música a un volumen alto, sin molestar a nadie; pero al buscar correos electrónicos me topé con una noticia seca, unas cuantas palabras: “temblor de 8.5 grados en Chile”; recordé que, según los expertos (no los expertos momentáneos), en Chile las fallas son profundas, lo que provoca que los seísmos que allí se producen sean más potentes, más fuertes; lo angustiante es que Diego estaba allá, en el Congreso de Literatura Infantil; llevaba cinco días, y sus correos reseñando el Congreso, con los inevitables, los indiscutibles, los imprescindibles, los que se creen imprescindibles, los insoportables, eran escuetos pero dejaban adivinar que su reseña sería divertida; faltaban dos días para su regreso, en una aerolínea con buena música, buenas cintas, comida exquisita aunque para estómagos fácilmente satisfechos; o hablaba de la belleza de las chilenas.
Mi inexperiencia con las llamadas de larga distancia me obligó a pedir el auxilio de las operadoras; el primero fue inútil: “nadie contesta”, me informó, “llame más tarde”; el segundo también fue infructuoso; buscaba información concreta; los cables noticiosos hablaban de daños graves en algunas ciudades del centro y del sur del país; en Santiago, decían, eran menores, pero se dejaron sentir en la zona metropolitana, y mi conocimiento de Santiago es sólo literario; la operadora, al sentir que mi insistencia estaba justificada, intentó comunicarme por operadora; era claro que a esa hora en México apenas nos habíamos enterado, pocos sabían o sospechaban lo intenso del temblor. Y no habían atiborrado las líneas; pregunté si podía saber si el hotel Windsor, a donde se hospedaba Diego, sufría algún daño: “ninguno, ¿por qué, pasó algo?” Un temblor fuerte; la operadora me dijo que si no estaba equivocado, que había sido en Japón; el de Chile fue mucho más fuerte, le dije, más de 8.5; entonces –por desgracia no se me ocurrió preguntar su nombre, atarantado como estaba– insistió varios minutos hasta que logró que contestaran; sé que en un movimiento así hay que cortar la energía eléctrica, el gas, todo lo que pueda causar una explosión o un incendio; las víctimas en San Francisco en 1906 no fueron por el temblor sino por los incendios que proliferaron, dicen, y agregan que en Tokio en 1923 fue algo parecido; pero apenas a las 6 de la mañana de aquí, a las 9 de allá, el telefonista del hotel me dijo: “está enfrente de mí, ¿quiere hablar con él?”
A partir de allí comenzaron los trámites, las llamadas, las preguntas, para asegurarse que pudiera regresar lo antes posible; en una de las llamadas, Diego me advirtió: “no te fijes mucho en lo que dice la televisión, son muy alarmistas; en donde estamos no pasó nada”; en efecto, en el hotel, ni en los alrededores hubo cuarteadoras ni daños; aunque el temblor fue poderoso, lo que ocasionó fue que cayeran algunos objetos, incluso pesados como televisores, pero no hubo daños mayores; ninguno de los asistentes al congreso sufrió daños en su persona, aunque algunos aún no saben de la suerte de amigos o familiares; y hasta este fin de semana, muchos siguen varados, como dice la prensa, esperando que se repongan del desorden natural pero que ha dejado estupefactos a los técnicos que no han logrado reponer las comunicaciones, menos los de la aviación.
Quienes vivieron los sismos de 1985 y estaban en el extranjero, o incluso en ciudades mexicanas pero lejanas del DF, oyeron azorados que las colonias Roma y Condesa habían sido destruidas totalmente; los habitantes del DF, que buscábamos noticias en radios de transistores, y alumbrados por linternas, escuchamos que se había derrumbado Sears Insurgentes con centenares de personas dentro, y la desolación fue terrible; nunca supe si quienes difundieron esas noticias fueron despedidos, o por el contrario, premiados por mentir y atraer más escuchas.

Aunque las llamadas se cortaban, aunque las computadoras fallaban, tenía noticias constantes de Diego: sintió algunas de las réplicas; otras no porque estaba en un auto en movimiento, o en un restaurante; estaba bien, lo sabíamos, pero queríamos, necesitábamos que regresara; el aeropuerto va a estar cerrado de 48 a 72 horas, me advirtió.
Fue arropado por sus compañeros de Random House en Chile; pasado el azoro del primer temblor, vino el desconcierto de todos, que trataban de saber algo de familiares o amigos, o hacer saber a familiares y conocidos que estaban bien. Con una actitud más allá de las obligaciones, los empleados del Windsor nos enteraban de cómo estaba, toleraban las muchas llamadas que hacíamos para ver cómo iban sus gestiones; su amabilidad, repito, rebasa el admirable cumplimiento de sus labores; alguno hasta le comentó a Diego que era la mayor celebridad al que habían hospedado, porque sus amistades (incluidos luchadores profesionales, con los comparte afición y trabajo), sus compañeros de trabajo y personal de la embajada mexicana en Chile le llamaban hasta extenuar a los empleados, quienes no dejaron de mostrar amabilidad e interés. La conducta de los de Random, sean los de Chile, Argentina y Colombia, y sobre todo los de México, fue formidable; no es de extrañar: es de las empresas que más que empresas son familias; el interés que mostraron por él no tiene nada que ver con su profesionalismo, con su inteligencia, con su sentido humano, características probadas sin necesidad de un cataclismo, sino con su calidad humana, con su don de gentes; lo de menos fue el respaldo económico, saber que, en la medida en que no resultaran afectados los sitios cercanos –es decir, carencia de agua, alimentos–, no tendría de qué preocuparse (sería lo de menos, pero otros asistentes al congreso no contaron con ese respaldo, excepto por parte de la embajada); lo determinante fue el interés, el esfuerzo por hacerle saber que no estaba solo, y el cariño y la emoción con que siguieron sus venturas y desventuras.

El hecho de que viajara por Lan era importante: ofrecía una comodidad mayor, indispensable en un vuelo de nueve o diez horas; por desgracia el descontrol que vivió produjo tal desconcierto que para muchos pasajeros es hora de que no pueden regresar, que deben esperar hasta el martes 9, y eso por turnos, y con vuelos lecheros, o algunos algo un poco más incómodo: cuatro o cinco horas por carretera a Mendoza, Argentina, de allí, según la disponibilidad, vuelo de dos horas a Buenos Aires, luego a Lima, y de allí a México; esa ruta la hubiera seguido Diego, con la generosidad de Pablo Dittborn, el director de Random Chile, quien lo llevaría en su auto hasta Mendoza; es también la única opción que tienen muchos mexicanos que se quedaron allá, y que no han tenido tanta suerte como Diego; han proliferado las quejas: México, dicen, se tardó en reaccionar y mandar aviones especiales para traerse a escritores y editores que estaban en Santiago por cualquiera de los congresos, el de literatura infantil y el de la lengua española; muchos países mandaron de inmediato por sus representantes, dicen, y en cambio México se tardó ¡tres días! Aparte de que en cataclismos lo urgente es salvar vidas, rescatar atrapados, llevar víveres, agua, para los que pierden todo, el primer avión que salió para México venía con intelectuales que se olvidaron de otros compatriotas, quienes recibieron la llamada para irse al aeropuerto con tanta premura que no pudieron llegar, además de las condiciones de confusión que reinaban: la aerolínea Lan permutó los pasajes de avión hacia otra línea, que no pudo salir y dejó durante horas a un par de centenares de mexicanos en el aeropuerto; hay la amenaza de que sólo pueden permutar (endosar, le dicen en un pésimo español) los boletos, dos veces; después tienen que volver a pagar, aunque la culpa no sea de los pasajeros; no se sabe si le fue mejor a unos argentinos que debieron esperar varias horas en medio del frío y del hambre para abordar un avión militar que les hacía dudar de su estabilidad.
Asombra la reacción de Juan Villoro; en Materia dispuesta hay mucho más humor, mucha más paciencia en sus personajes, que la que demostró luego de que lo depositaron en el aeropuerto la madrugada del jueves 4, cuando apenas reiniciaban actividades las aerolíneas, con la premisa de acondicionar vuelos nacionales de las 8 a las 20 horas, y de entonces a la mañana siguiente para los internacionales; hubo muchas quejas de que había ayuda para comida pero no para hospedaje, o al revés; lo cierto es que las editoriales vieron por sus representantes, y la organizadora SM por sus invitados, y se olvidó de los otros asistentes.

Diego corrió con suerte; por gestiones de Andrés Ramírez y Ariel Rosales, Salvador Beltrán del Río, subsecretario de Relaciones para América Latina y el Caribe, lo encontró y lo incluyó para un tercer vuelo, con la misma seguridad aunque con menos comodidades que en el vuelo de ida, por Aeroméxico; en Santiago, el embajador Mario Leal y Alejandro Ramos no se limitaron a cumplir con su deber, y nunca hicieron sentir, a nadie, que hacían un favor o que cumplían con un deber; por el contrario, fueron generosos en todo, incluido un bufete de quesadillas, arroz y frijoles, a más de vino chileno y cerveza mexicana, mientras los llevaban al aeropuerto (no conocían la fama de Diego en cuanto a devorador de comida); aunque reconozco que posiblemente por atender a los intelectuales mexicanos quizá desatendieron alguna prioridad en estos momentos de emergencia y de incertidumbre (en 1960, cuando tembló con una intensidad de 9.5 grados Richter, un día antes otro sismo de magnitud apenas menor estremeció el país, Santiago incluido), no tenemos manera de agradecerles esa atención, esa preocupación.
Lo mismo tenemos que decir a Melanie Jösch, Mariana Halef, Pola Núñez, Mariana Vera, Daniela Duna; a Gonzalo Eltesch, María Fernanda Paz, Amalia Ruiz, Maryorie Vásquez, Mónica Brozon, Alejandro Portilla, David Acevedo, que estuvieron todos juntos dándose ánimos, relajando la tensión, viendo unos por otros; Luis Moris se ocupó de llevarlo a todos lados, a deshoras, para cumplir con sus obligaciones en el congreso, y luego al aeropuerto, a la embajada, a donde necesitara. Ahora ya sabemos la cantidad de amigos que tenemos en todo el mundo, y que sumo a los de aquí, que estuvieron al tanto de todo, ofreciendo su ayuda aunque estuvieran lejos de Chile.
Algunos escritores, como el propio Villoro, Enrique Martínez y mi amigo de hace muchos años, Pancho Hinojosa, mostraron preocupación por lo que fuera a hacer.
En México, Cristóbal Pera, Edith Galo y Ariel Rosales coordinaron todo, a la hora que fuera, para protegerlo y para mantenernos a nosotros esperanzados y tranquilos; ya sabíamos cómo eran, y demostraron su grandeza en momentos angustiosos. Siempre he presumido que en el gremio de los actores, dramaturgos, directores, hay mucha más solidaridad que en el intelectual; Cristóbal, Ariel, Edith, Pedro, Andrés, me han desmentido; conté con ellos cuando fue necesario, y no sólo de palabra; Random es una familia, me dijo Cristóbal sin hacerme notar que percibía mi angustia. Ya lo sabía, y todo Random México me lo demostró.
No menos puedo decir del portal de El Universal, que no cayó en el amarillismo; hubiera sido insoportable tener que ver imágenes escandalosas, noticias de que había desaparecido la ciudad; pude, y puedo, seguir el drama de Chile sin imaginar lo irreparable.

Chile sufrió un terremoto mucho mayor que el que sufrimos hace 25 años, con daños terribles, pero menores que los nuestros; cuando menos, estaban mucho más preparados que nosotros, y eso que sufrieron una de las dictaduras más terribles del siglo XX; no tengo muchos amigos chilenos: conocí al altanero Roberto Bolaño que en el café La Habana presumía de ser enemigo personal de Pinochet; conocí a José Donoso, quien nunca dejó de respirar por la herida;; traté a Wilfredo Guzmán, editor generoso, pícaro y simpático, con quien compartí una tarea gigantesca; conocí a Jorge Edwards, tan impredecible; todo lo demás ha sido literatura; Huidobro, Gonzalo Rojas, José Donoso; muchas traducciones, muchas ediciones que la industria editorial mexicana debía retomar como ejemplo; por sobre todo, Neruda, poeta mayor del idioma; y como lectores, los chilenos han demostrado mayor capacidad e inteligencia para leer a José Emilio Pacheco que muchos mexicanos. Para los libros, no hay fronteras, salvo las que imponen los burócratas; he estado cerca de los chilenos, y me duele lo que les pasa, pero me consuela que, dentro de todo el sufrimiento, no fue tan atroz como en países menos preparados, con constructores más corruptos; y ahora lo siento tan cercano porque viví cinco días y seis noches sin pensar (cometí un error fatal que mis amigos repararon sin causar más daño), sin coordinar, sin desatender otros asuntos pero sin tener toda la concentración en ellos; celebro que no los viví solo y supe cuántos amigos tengo; sólo lamento no hacer sentir en estas líneas lo que siento al escribirlas.

Más textos de Lalo Mejía en http://errataspuntocom.blogspot.com/

domingo 7 de marzo de 2010

Odisea vivida en Chile (desde México)

Desperté cuando la tierra de los sueños faltó
bajo mi cama.
Pablo Neruda,
Canto general

Pero háblame, Bío-Bío,
son tus palabras en mi boca
las que resbalan, tú me diste
el lenguaje, el canto nocturno
mezclado con lluvia y follaje.
Pablo Neruda,
Canto general

“Todo chileno lleva en la memoria el recuerdo de un gran terremoto”, dice Pablo Neruda.
“El primer aviso fue como un niño, un temblor insignificante, como si hubiese pasado un camión o como si los árboles hubiesen sido agitados por una ráfaga de viento”, dice Artur Lundkivst en Agadir, poema en que revive uno de los temblores más destructivos de los últimos 50 años, en un pequeño puerto egipcio, de 6 grados Richter.
“Con el temblor de Chile, el mundo se movió como una campana; las réplicas duraron más de un año”, resumió uno de los pocos libros de divulgación sobre volcanes, terremotos, cordilleras.
Gustavo Sainz, en la parte que le corresponde de El juego de las sensaciones elementales, habla del “kilómetro sentimental”, que es qué tan cerca sentimos un acontecimiento; y aunque Chile está casi al otro lado del mundo, lo que vivimos desde el 27 de febrero, cuando en aquel país se dejó sentir un terremoto de 8.8 grados Richter, hasta el viernes 5 de marzo, ha sido casi insoportable.
El 27 de febrero me levanté, a las 5 de la mañana; la mejor hora para leer u oír música a un volumen alto, sin molestar a nadie; pero al buscar correos electrónicos me topé con una noticia seca, unas cuantas palabras: “temblor de 8.5 grados en Chile”; recordé que, según los expertos (no los expertos momentáneos), en Chile las fallas son profundas, lo que provoca que los seísmos que allí se producen sean más potentes, más fuertes; lo angustiante es que Diego estaba allá, en el Congreso de Literatura Infantil; llevaba cinco días, y sus correos reseñando el Congreso, con los inevitables, los indiscutibles, los imprescindibles, los que se creen imprescindibles, los insoportables, eran escuetos pero dejaban adivinar que su reseña sería divertida; faltaban dos días para su regreso, en una aerolínea con buena música, buenas cintas, comida exquisita aunque para estómagos fácilmente satisfechos; o hablaba de la belleza de las chilenas.
Mi inexperiencia con las llamadas de larga distancia me obligó a pedir el auxilio de las operadoras; el primero fue inútil: “nadie contesta”, me informó, “llame más tarde”; el segundo también fue infructuoso; buscaba información concreta; los cables noticiosos hablaban de daños graves en algunas ciudades del centro y del sur del país; en Santiago, decían, eran menores, pero se dejaron sentir en la zona metropolitana, y mi conocimiento de Santiago es sólo literario; la operadora, al sentir que mi insistencia estaba justificada, intentó comunicarme por operadora; era claro que a esa hora en México apenas nos habíamos enterado, pocos sabían o sospechaban lo intenso del temblor. Y no habían atiborrado las líneas; pregunté si podía saber si el hotel Windsor, a donde se hospedaba Diego, sufría algún daño: “ninguno, ¿por qué, pasó algo?” Un temblor fuerte; la operadora me dijo que si no estaba equivocado, que había sido en Japón; el de Chile fue mucho más fuerte, le dije, más de 8.5; entonces –por desgracia no se me ocurrió preguntar su nombre, atarantado como estaba– insistió varios minutos hasta que logró que contestaran; sé que en un movimiento así hay que cortar la energía eléctrica, el gas, todo lo que pueda causar una explosión o un incendio; las víctimas en San Francisco en 1906 no fueron por el temblor sino por los incendios que proliferaron, dicen, y agregan que en Tokio en 1923 fue algo parecido; pero apenas a las 6 de la mañana de aquí, a las 9 de allá, el telefonista del hotel me dijo: “está enfrente de mí, ¿quiere hablar con él?”
A partir de allí comenzaron los trámites, las llamadas, las preguntas, para asegurarse que pudiera regresar lo antes posible; en una de las llamadas, Diego me advirtió: “no te fijes mucho en lo que dice la televisión, son muy alarmistas; en donde estamos no pasó nada”; en efecto, en el hotel, ni en los alrededores hubo cuarteadoras ni daños; aunque el temblor fue poderoso, lo que ocasionó fue que cayeran algunos objetos, incluso pesados como televisores, pero no hubo daños mayores; ninguno de los asistentes al congreso sufrió daños en su persona, aunque algunos aún no saben de la suerte de amigos o familiares; y hasta este fin de semana, muchos siguen varados, como dice la prensa, esperando que se repongan del desorden natural pero que ha dejado estupefactos a los técnicos que no han logrado reponer las comunicaciones, menos los de la aviación.
Quienes vivieron los sismos de 1985 y estaban en el extranjero, o incluso en ciudades mexicanas pero lejanas del DF, oyeron azorados que las colonias Roma y Condesa habían sido destruidas totalmente; los habitantes del DF, que buscábamos noticias en radios de transistores, y alumbrados por linternas, escuchamos que se había derrumbado Sears Insurgentes con centenares de personas dentro, y la desolación fue terrible; nunca supe si quienes difundieron esas noticias fueron despedidos, o por el contrario, premiados por mentir y atraer más escuchas.

Aunque las llamadas se cortaban, aunque las computadoras fallaban, tenía noticias constantes de Diego: sintió algunas de las réplicas; otras no porque estaba en un auto en movimiento, o en un restaurante; estaba bien, lo sabíamos, pero queríamos, necesitábamos que regresara; el aeropuerto va a estar cerrado de 48 a 72 horas, me advirtió.
Fue arropado por sus compañeros de Random House en Chile; pasado el azoro del primer temblor, vino el desconcierto de todos, que trataban de saber algo de familiares o amigos, o hacer saber a familiares y conocidos que estaban bien. Con una actitud más allá de las obligaciones, los empleados del Windsor nos enteraban de cómo estaba, toleraban las muchas llamadas que hacíamos para ver cómo iban sus gestiones; su amabilidad, repito, rebasa el admirable cumplimiento de sus labores; alguno hasta le comentó a Diego que era la mayor celebridad al que habían hospedado, porque sus amistades (incluidos luchadores profesionales, con los comparte afición y trabajo), sus compañeros de trabajo y personal de la embajada mexicana en Chile le llamaban hasta extenuar a los empleados, quienes no dejaron de mostrar amabilidad e interés. La conducta de los de Random, sean los de Chile, Argentina y Colombia, y sobre todo los de México, fue formidable; no es de extrañar: es de las empresas que más que empresas son familias; el interés que mostraron por él no tiene nada que ver con su profesionalismo, con su inteligencia, con su sentido humano, características probadas sin necesidad de un cataclismo, sino con su calidad humana, con su don de gentes; lo de menos fue el respaldo económico, saber que, en la medida en que no resultaran afectados los sitios cercanos –es decir, carencia de agua, alimentos–, no tendría de qué preocuparse (sería lo de menos, pero otros asistentes al congreso no contaron con ese respaldo, excepto por parte de la embajada); lo determinante fue el interés, el esfuerzo por hacerle saber que no estaba solo, y el cariño y la emoción con que siguieron sus venturas y desventuras.

El hecho de que viajara por Lan era importante: ofrecía una comodidad mayor, indispensable en un vuelo de nueve o diez horas; por desgracia el descontrol que vivió produjo tal desconcierto que para muchos pasajeros es hora de que no pueden regresar, que deben esperar hasta el martes 9, y eso por turnos, y con vuelos lecheros, o algunos algo un poco más incómodo: cuatro o cinco horas por carretera a Mendoza, Argentina, de allí, según la disponibilidad, vuelo de dos horas a Buenos Aires, luego a Lima, y de allí a México; esa ruta la hubiera seguido Diego, con la generosidad de Pablo Dittborn, el director de Random Chile, quien lo llevaría en su auto hasta Mendoza; es también la única opción que tienen muchos mexicanos que se quedaron allá, y que no han tenido tanta suerte como Diego; han proliferado las quejas: México, dicen, se tardó en reaccionar y mandar aviones especiales para traerse a escritores y editores que estaban en Santiago por cualquiera de los congresos, el de literatura infantil y el de la lengua española; muchos países mandaron de inmediato por sus representantes, dicen, y en cambio México se tardó ¡tres días! Aparte de que en cataclismos lo urgente es salvar vidas, rescatar atrapados, llevar víveres, agua, para los que pierden todo, el primer avión que salió para México venía con intelectuales que se olvidaron de otros compatriotas, quienes recibieron la llamada para irse al aeropuerto con tanta premura que no pudieron llegar, además de las condiciones de confusión que reinaban: la aerolínea Lan permutó los pasajes de avión hacia otra línea, que no pudo salir y dejó durante horas a un par de centenares de mexicanos en el aeropuerto; hay la amenaza de que sólo pueden permutar (endosar, le dicen en un pésimo español) los boletos, dos veces; después tienen que volver a pagar, aunque la culpa no sea de los pasajeros; no se sabe si le fue mejor a unos argentinos que debieron esperar varias horas en medio del frío y del hambre para abordar un avión militar que les hacía dudar de su estabilidad.
Asombra la reacción de Juan Villoro; en Materia dispuesta hay mucho más humor, mucha más paciencia en sus personajes, que la que demostró luego de que lo depositaron en el aeropuerto la madrugada del jueves 4, cuando apenas reiniciaban actividades las aerolíneas, con la premisa de acondicionar vuelos nacionales de las 8 a las 20 horas, y de entonces a la mañana siguiente para los internacionales; hubo muchas quejas de que había ayuda para comida pero no para hospedaje, o al revés; lo cierto es que las editoriales vieron por sus representantes, y la organizadora SM por sus invitados, y se olvidó de los otros asistentes.

Diego corrió con suerte; por gestiones de Andrés Ramírez y Ariel Rosales, Salvador Beltrán del Río, subsecretario de Relaciones para América Latina y el Caribe, lo encontró y lo incluyó para un tercer vuelo, con la misma seguridad aunque con menos comodidades que en el vuelo de ida, por Aeroméxico; en Santiago, el embajador Mario Leal y Alejandro Ramos no se limitaron a cumplir con su deber, y nunca hicieron sentir, a nadie, que hacían un favor o que cumplían con un deber; por el contrario, fueron generosos en todo, incluido un bufete de quesadillas, arroz y frijoles, a más de vino chileno y cerveza mexicana, mientras los llevaban al aeropuerto (no conocían la fama de Diego en cuanto a devorador de comida); aunque reconozco que posiblemente por atender a los intelectuales mexicanos quizá desatendieron alguna prioridad en estos momentos de emergencia y de incertidumbre (en 1960, cuando tembló con una intensidad de 9.5 grados Richter, un día antes otro sismo de magnitud apenas menor estremeció el país, Santiago incluido), no tenemos manera de agradecerles esa atención, esa preocupación.
Lo mismo tenemos que decir a Melanie Jösch, Mariana Halef, Pola Núñez, Mariana Vera, Daniela Duna; a Gonzalo Eltesch, María Fernanda Paz, Amalia Ruiz, Maryorie Vásquez, Mónica Brozon, Alejandro Portilla, David Acevedo, que estuvieron todos juntos dándose ánimos, relajando la tensión, viendo unos por otros; Luis Moris se ocupó de llevarlo a todos lados, a deshoras, para cumplir con sus obligaciones en el congreso, y luego al aeropuerto, a la embajada, a donde necesitara. Ahora ya sabemos la cantidad de amigos que tenemos en todo el mundo, y que sumo a los de aquí, que estuvieron al tanto de todo, ofreciendo su ayuda aunque estuvieran lejos de Chile.
Algunos escritores, como el propio Villoro, Enrique Martínez y mi amigo de hace muchos años, Pancho Hinojosa, mostraron preocupación por lo que fuera a hacer.
En México, Cristóbal Pera, Edith Galo y Ariel Rosales coordinaron todo, a la hora que fuera, para protegerlo y para mantenernos a nosotros esperanzados y tranquilos; ya sabíamos cómo eran, y demostraron su grandeza en momentos angustiosos. Siempre he presumido que en el gremio de los actores, dramaturgos, directores, hay mucha más solidaridad que en el intelectual; Cristóbal, Ariel, Edith, Pedro, Andrés, me han desmentido; conté con ellos cuando fue necesario, y no sólo de palabra; Random es una familia, me dijo Cristóbal sin hacerme notar que percibía mi angustia. Ya lo sabía, y todo Random México me lo demostró.
No menos puedo decir del portal de El Universal, que no cayó en el amarillismo; hubiera sido insoportable tener que ver imágenes escandalosas, noticias de que había desaparecido la ciudad; pude, y puedo, seguir el drama de Chile sin imaginar lo irreparable.

Chile sufrió un terremoto mucho mayor que el que sufrimos hace 25 años, con daños terribles, pero menores que los nuestros; cuando menos, estaban mucho más preparados que nosotros, y eso que sufrieron una de las dictaduras más terribles del siglo XX; no tengo muchos amigos chilenos: conocí al altanero Roberto Bolaño que en el café La Habana presumía de ser enemigo personal de Pinochet; conocí a José Donoso, quien nunca dejó de respirar por la herida;; traté a Wilfredo Guzmán, editor generoso, pícaro y simpático, con quien compartí una tarea gigantesca; conocí a Jorge Edwards, tan impredecible; todo lo demás ha sido literatura; Huidobro, Gonzalo Rojas, José Donoso; muchas traducciones, muchas ediciones que la industria editorial mexicana debía retomar como ejemplo; por sobre todo, Neruda, poeta mayor del idioma; y como lectores, los chilenos han demostrado mayor capacidad e inteligencia para leer a José Emilio Pacheco que muchos mexicanos. Para los libros, no hay fronteras, salvo las que imponen los burócratas; he estado cerca de los chilenos, y me duele lo que les pasa, pero me consuela que, dentro de todo el sufrimiento, no fue tan atroz como en países menos preparados, con constructores más corruptos; y ahora lo siento tan cercano porque viví cinco días y seis noches sin pensar (cometí un error fatal que mis amigos repararon sin causar más daño), sin coordinar, sin desatender otros asuntos pero sin tener toda la concentración en ellos; celebro que no los viví solo y supe cuántos amigos tengo; sólo lamento no hacer sentir en estas líneas lo que siento al escribirlas.

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