El México de Chava Flores

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chavadiscoMientras que don Gabriel Vargas, el nonagenario creador de “La “Familia Burrón“, recreó con fino humor y trazos inigualables la vida de los capitalinos del siglo pasado, Chava Flores lo hizo en festivas e ingeniosas canciones.

La barriada de la primera mitad del siglo XX fue el escenario urbano que dio origen a temas musicales como: “La Boda de Vecindad”, “El Gato Viudo”, “Los Pulques de Apan”, “Los Quince Años de Espergencia”, “El Bautizo de Cheto”, “Mi México de Ayer”, “Ingrata Pérjida”, “Peso sobre Peso”, “La Esquina de mi Barrio”, “Sábado Distrito Federal”, “A Qué Le Tiras cuando Sueñas, Mexicano”, “Cerró sus Ojitos Cleto, y muchísimas otras canciones que aún a pesar de su muerte ocurrida el 5 de agosto de 1987, continúan escuchándose en todo México; un total de 196 composiciones, y poco más de una veintena de canciones nostálgicamente románticas, que apenas en 2004 fueron grabadas por Tehua y Óscar Chávez, y que en vida sólo las cantaba en reuniones muy íntimas.

Surgió de la entraña más genuina de nuestro pueblo, de la típica vecindad, vivió entre el pueblo compartiendo día y noche sus dramas más íntimos, sus anhelos muchas veces inalcanzables, y murió aquejado por el cáncer, muy cerca de su gente, del pueblo, de la barriada.


DE FRACASO EN FRACASO

Salvador Flores Rivera, Chava Flores, nació el 14 de enero de 1920, en la ciudad de México, en la calle de La Soledad, en el populoso barrio de La Merced. Fueron sus padres Enrique Flores Flandes, capitán de fragata, y Trinidad Rivera, dedicada de tiempo completo a las labores del hogar. Su infancia y adolescencia transcurrieron en diversos rumbos de la capital, debido a que el dinero no alcanzaba para pagar a tiempo la renta. Vivió en Peralvillo, San Rafael, la colonia Guerrero, la Doctores, Roma, el barrio de Romita, Santa María la Ribera, Tacubaya, El Carmen y Coyoacán. A este respecto dijo alguna vez Chava flores: “Y si no viví en el Castillo de Chapultepec fue porque en ese tiempo, discriminatoriamente, sólo lo “alquilaban” al que fuera presidente de la república; pero si ahí hubieran existido disponibles dos cuartos con baño y cocina, les juro que mi papá hubiera hecho lo imposible porque los habitáramos”.

A los 13 años de edad, tras el repentino fallecimiento de su padre, que en 1928 había sido cesado de la marina a consecuencia de una revuelta política en el puerto de Veracruz, Chava Flores tuvo que trabajar para ayudar al sostenimiento de su hogar y a la educación de sus hermanos: Trinidad y Enrique. Trabajó codo a codo con su madre en una fábrica de corbatas cosiéndoles las etiquetas, recibiendo tan sólo cinco centavos por cada docena, el equivalente a dos bolillos de aquella época. Pronto aprendió a planchar las corbatas, e incluso, a cortar las telas. De este modo, su remuneración semanal aumentó a dos pesos con cincuenta centavos.

Poco tiempo después, recomendado por don Manuel Landeta, el dueño de la fábrica de corbatas, se encargó de hacer ojales en un tallercito de camisas, donde ganaba la fabulosa cantidad de 45 pesotes mensuales, suficientes para pagar la renta de 25 pesos de la vivienda que en esos días habitaban, su madre, sus hermanos y él, en la colonia escandón. Además, se dio el lujo de comprarse un traje a la medida y un par de zapatos de piel de cocodrilo.

Más adelante, en High Life, trabajó como cobrador, donde se desempeñó en poco tiempo como Contador Público, con el apoyo de su amigo Eduardo Violante, apodado “El Loco”, carrera profesional que estudió hasta el quinto año en la Escuela Superior de Comercio y Administración de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Un día de tantos, Chava Flores invirtió sus ahorritos, doce mil pesos en total, y puso su propia tienda de ropa para caballeros en la calle de Madero, en el Centro Histórico de la ciudad de México. En pocos meses, el negocio se fue a la quiebra, gracias, en buena medida, a las malversaciones crediticias de su socio y compadre Ricardo Rivera Pérez Campos. Para pagar sus deudas y sacar adelante los gastos familiares, vendió cuadros, calcetines, zapatos; administró una ferretería, cuyos dueños acabaron vendiéndola por incosteable. Su hermano Enrique le prestó dinero y abrió una salchichonería que también fracasó y con el dinero que pudo recuperar, compró un camión repartidor de carne, que también lo llevó a la ruina económica. Finalmente encontró trabajo en una imprenta, donde editó el “Album de Oro de la Canción”, lo que le permitió relacionarse con el medio artístico de la época.

Para variar, tampoco fue afortunada la publicación de su Album. El costo del papel se incrementó. En cinco ocasiones cambió de imprenta, y al cabo de dos años de persistentes esfuerzos, con apoyo del periodista y compositor Ramón Inclán, editó en papel periódico el cuarto y último tomo del “Album de Oro de la Canción”.

Por esos días, Chava Flores, un tanto alicaído, de pronto se encontró con un amigo. Tras contarle una a una la fatídica cadena de penurias que venía arrastrando, él lo miró a los ojos diciéndole en tono burlón: “øpor qué no publicas ahora el diario de tu vida?”. A lo que Chava Flores respondió sin vacilaciones: “yo me lo quedé viendo con esa mirada que padezco y ya le iba a contestar: “øPor qué tú no vas y…?”, cuando él me interrumpió soltando la carcajada. -No, no lo hagas. El que escribe el diario de su vida es como aquél que va al excusado y se voltea a admirar su obra. Ahora dime, en serio, øa qué te vas a dedicar? Inconcientemente y con toda naturalidad le contesté: -Me voy a dedicar a componer canciones.

En diciembre de 1951 escribió su primera canción, “Dos horas de balazos”, inspirada en sus héroes cinematográficos del legendario oeste norteamericano: Tom Mix, Buck Jones, BillBoyd y Tim Mc Coy. Un año después, en compañía de unos amigos en el café San José, próximo a la XEW, entonó esta composición, que le gustó muchísimo al editor discográfico Von Hausen, quien de inmediato se la pidió para su explotación comercial, a lo cual se negó. Hasta ese momento, Chava Flores ignoraba cómo era el proceso de grabación, las regalías y todo lo concerniente a la promoción artística de su obra musical.

Meses después, su amigo Fernando Rosas se la dio a Mariano Rivera Conde director artístico de la disquera “RCA Víctor”, quien llamó a Chava Flores para conocer otras de sus composiciones. No faltó quien dijera que esa creación musical era “pocha” y sin valor comercial, esto molestó a Chava y de inmediato hizo una canción muy mexicana: “La tertulia”, que fue grabada junto con “Dos Horas de Balazos” el 11 de enero de 1952, interpretadas por Los Hermanos Reyes. A estas composiciones siguieron:”El Retrato de Manuela”, “La Casa de la Lupe”, “La Interesada”, “Un Chorro de Voz”, “La Taquiza”, “La Chilindrina” y “Llegaron Los Gorrones”; en un año, logró trece éxitos y en el Hit Parade de los Estados Unidos, figuró entre los cinco primeros lugares de popularidad.

Es de los primeros compositores que luchó por darse a conocer como intérprete de sus propias canciones, sin embargo, su éxito artístico se debió principalmente a otros cantantes, entre los que se cuentan: Pedro Infante, Miguel Aceves Mejía, Víctor Iturbe “El Pirulí”, Rubén Schwartzmann, Amparo Ochoa, Eugenia León, Guadalupe Pineda, la cantante argentina Laura Serrano, Irma Infante, José Alfredo Jiménez, Manuel “El Loco” Valdés, Lalo González “El Piporro” y “Los Folcloristas”.

Su vida artística transcurrió en las carpas, cabarets y programas de radio. En cine participó en seis películas: “Mi Influyente Mujer” (1955), “La Esquina de mi Barrio” (1957), “Rebeldes sin Causa”, “Bajo el Cielo de México”, “El Correo del Norte” y “La Máscara de la Muerte”; “°puros churros!”, decía Chava con su característico buen humor, “que hasta a los muertos los hacía reír”, tal como afirman quienes lo conocieron personalmente.

Conocido como El “Compositor Festivo de México”, “El Folclorista Urbano” y “El Cronista Musical de la Ciudad de México”, Chava Flores grabó hasta el año de 1976 un total de cinco discos en sellos fonográficos distintos y dos en su propia editorial: “AGELESTE”, cuyas iniciales corresponden a los nombres de sus siete hijos: Alejandra, Gabriela, Eugenia, Luisa, Enrique, Salvador,Teresa y Elena.

Por algún tiempo permaneció en el olvido, hasta que “resucitó” con los jóvenes preparatorianos que lo buscaban para recitales, el les decía “la chamacada”; revivió tiempos idos como el homenaje del que fuera objeto en 1973 cuando Tomás Perrín lo invitó a su programa La Canción Desconocida, del Canal 5 de televisión, en donde interpretó sus éxitos. En 1978 ofreció un ovacionado recital en la Escuela de Artes Plásticas de la UNAM. Obtuvo infinidad de diplomas y reconocimientos que dan testimonio de su carrera de autor y compositor con sus obras de mayor resonancia.

Antes de transladarse a la ciudad de Morelia, donde construyó una modesta casita enteramente a su gusto, Chava vivió en la Unidad Habitacional Cuitláhuac en compañía de Rosa Linda, su segunda esposa con quien procreó a Enrique y a Salvador. Durante algún tiempo más trabajó en peñas, muy en boga en los años setentas, como “El mesón de la guitarra” y “Café Tupac”, donde los aficionados a la música folclórica latinoamericana y a las canciones de protesta, consumían única y exclusivamente agua de jamaica y botanitas surtidas.

en 1986, en Morelia, actuó en el Sistema Michoacano de Radio y Televisión donde tuvo un programa en el canal 2 local, que se retransmitía en los canales 7 y 13 de IMEVISIÓN de la Ciudad de México.

EN LA CÁRCEL

Su vida entre la gente de la barriada le permitió conocer todo tipo de experiencias: la rayuela y el juego de dados en la pulquería de Osofronio, el crimen a cuchilladas de la Lola, una jovenzuela de cascos ligeros, las fiestas de vecindad que muchas veces terminaban en trifulca…; incluso, en 1953, cuando Chava Flores empezaba a destacar como compositor, traicionado por Ricardo Rivera Pérez Campos, un agiotista, que se ostentaba como abogado, dedicado a la compra-venta de terrenos y fincas, poseedor de una enorme flotilla de taxis, quien años atrás le otorgó varios préstamos para rescatar de la ruina financiera su negocio de ropa de la calle de Madero, con apoyo de su hermano, en ese tiempo Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, encarceló a Chava Flores en la tristemente célebre penitenciaría de Lecumberri durante un año y ocho meses acusado de un fraude que nunca cometió; además, por si fuera poco, lo embargó llevándose lo más preciado para él en ese tiempo y que compró legítimamente con el fruto de su trabajo: un radio de bulbos, un tocadiscos, una valiosa colección de acetatos con música del virreinato y de muy diversos géneros contemporáneos, libros muy costosos que adquirió con muchos sacrificios, una cámara y un proyector de cine, aparatos de edición y revelado de películas y todo su equipo fotográfico.

Refiriéndose a su detractor, Chava Flores escribió en su libro autobiográfico “Relatos De Mi Barrio”,:

“Un desgraciado multimillonario, compadre mío porque es padrino de una de mis hijas, me acusa de haberme prestado 25 mil pesos y me dice el infeliz que todavía no se los pago. °Te juro por Dios que jamás he visto tanto dinero en mi vida! Ni mi editor me ha prestado tanto en el tiempo que llevo con él, pero… °Maldito será y en excusado nunca se hará! Dios proteja a mis hijas, mi esposa y mi madre que son las que más sufren por este acto perverso. …l cree que ya también soy millonario porque, como ya tengo hasta coche, debo pagarle un dinero que nunca le he debido. De la contabilidad que llevaba su suegro en el negocio, sacó letras que yo le había otorgado y renovado varias veces, hasta que al final le cubrí todas, hasta la última. Ahora las saca y las reparte como programas entre sus achichincles para que se unan a la acusación que él me hace. °Canalla! No sabe que yo tengo las últimas letras que le liquidé y que tienen el sello de ‘PAGADO’ por el banco donde él las había descontado.

Chava Flores no aceptó pagar fianza alguna porque sabía perfectamente que no había cometido ningún delito y quería que su nombre quedara limpio al momento de salir de la cárcel. Una vez demostrada su inocencia, le arrojó en la cara los 20 pesos y la medalla del bautizo de su hija, al tiempo que le dijo: ahora sí, no te debo ni madres.

Cuatro de sus hijas: María Luisa, María Eugenia, María Elena y María Teresa (ya fallecida), lo visitaban cada semana en el Palacio Negro de Lecumberri. ellas, por su corta edad, no alcanzaban a comprender por qué estaba allí su padre, por qué no las acompañaba al término de la visita hasta la salida de aquella fortaleza enrejada…Un día, María Eugenia leyó en el periódico una noticia sobre su padre, enterándose así de su encarcelamiento. Fue una etapa muy difícil para la familia, para su primer esposa, María Luisa, que aún vive a sus 83 años y con quien se casó en 1942, la cual comentaba que a su esposo le habían dado un “sabadazo”, a quienes le preguntaban en los lavaderos de la vecindad.

A pesar de haber estado recluído en una crujía, Chava Flores no fue como el resto de los reclusos, gozó de ciertos privilegios; tuvo dentro de su celda una pequeña estufa en la que cocinaba. Un chef italiano, que también estaba purgando una condena, le enseñó a cocinar spaghetti a la boloñesa y cuando iban de visita su esposa e hijas les preparaba langostinos al mojo de ajo.

Doña María Luisa y sus hijas llegaban a la penitenciaría todos los domingos al medio día, luego de acudir a misa dominical, en la iglesia del Sagrado Corazón, en la céntrica calle de Ayuntamiento. Antes pasaban al mercado de San Juan donde compraban algunos comestibles para llevárselos. Allí comían con él, les cantaba acompañándose con su guitarra sus más recientes composiciones. Durante la semana lo visitaban artistas que en todo momento lo apoyaron como: Miguel Acebes Mejía, Mario Molina Montes, la actriz de cine Charito Granados y José Alfredo Jiménez.

Por aquellos días, el compositor urbano escribió un corrido titulado: “Alerta”, que también fue registrado como: “Canto del Prisionero”, y que más que trascender a la discografía, fue un desahogo espiritual para Chava Flores.

La negra noche es testigo

del duelo que hay en mi celda,

el cielo es mi único amigo

que entre las rejas se cuela.

°Jamás se ha visto tan lindo

aunque la noche sea negra!

Después de rejas, mi pena

conmigo vaga desierta;

envidia al ave en su vuelo

y el alma sueña despierta.

Un grito rasga la noche,

un celador grita: °Aleeerta!

Quien dijo: “Una vez se vive”,

no supo lo que decía;

parece ser que en la cárcel

se vive y se muere al día.

Quien dijo: “Una vez se vive”,

no supo lo que decía.

°Qué triste vivo cautivo

contando las horas muertas!

De aquellos que más me quieren

me alejan pesadas puertas.

Un grito rasga la noche,

un celador grita: “°Aleeerta!”

No siento ser un cautivo,

que el hombre por todo pasa;

Pero hay una madre enferma,

hay hijos y hay hambre en casa.

Parece que hubiera muerto,

su pena es la que me embarga.

Adiós, palomita blanca,

que de ansias vuelas cubierta:

vé y dile a los que me quieren

que pronto estaré de vuelta

Un grito rasga la noche,

un celador grita: “°Aleeerta!”

CHIRAS PELAS.

Su segundo golpe en la vida fue su separación de María Luisa por problemas económicos. Dejó de componer canciones y se dedicó a escribir un puñado de inspiradas poesías. Vivió en un mísero cuartucho de azotea en la colonia Roma. Agobiado por la soledad y la nostalgia, estuvo a punto de quitarse la vida. Esa noche, con la pistola en la mano, cuando ya estaba dispuesto a tirar del gatillo escuchó a Dios quien le pidió que no lo hiciera porque sus hijas lo necesitaban.

Fue un hombre estremadamente sensible. Nunca pudo hablar de su mamá sin que se le quebrara la voz y las lágrimas rasaran sus ojos. “La Misma Cara de Julia” describe a la mujer mexicana, abnegada, maltratada, que le pide a la virgen que le dé fuerzas para seguir adelante. Fue cálido en su trato, muy firme en sus decisiones, líder con la gente. Muy amoroso con sus hijas, quien trazaba el margen en sus cuadernos, les preparaba la mochila para el primer día de clases, quien ponía el árbol navideño y el nacimiento… Su afición a la fotografía fue otra de sus pasiones además de los discos y los libros.

Le gustaba la gastronomía, y afirman sus hijas que chava tenía un espléndido sazón. Lo mismo cocinaba pescado a la mostaza, inventaba platillos como el “sabrosito” con longaniza, papas, zanahorias, ceboya y chipótle, hasta platillos exóticos de otras regiones del Mundo. A pesar de ser un fumador consuetudinario tenía un magnífico paladar para la comida. Era muy exigente en la preparación de los platillos: el mole de hoya debía estar condimentado con choconoztle, y las quesadillas con epazote.

El manuscrito original de sus poesías se lo regaló a su hija María Eugenia. Ella fue la más apegada a él, aunque a todos sus hijos los quiso por igual. Nunca tuvo dinero, ni fue su pretención, para publicar sus poesías. Fue post mortum que su hija las dio a conocer.

Asociado con Irma Carlón y Vicente Garrido, Chava abrió un restaurante muy íntimo de estilo afrancesado llamado “1900” en Nisa y Reforma, con comida y vinos de primera. Su hija María Eugenia lo apoyaba en la caja. Era la época de Ernesto Uruchurtu quien prohibió que los restaurantes y cabarets cerraran más allá de la una de la madrugada. En la cocina del establecimiento, dos chefs preparaban exclusivos platillos franceses, complaciendo así el exigente paladar de los comensales, entre los que se contaban: acaudalados empresarios y banqueros, prominentes políticos, y artistas de la época. Allí cantaba Amparo Montes, Jorge Fernández, los Tariácuri, Jorge Macías, Miguel Pous… A media noche, una vez cerrado el establecimiento, a menudo se efectuaban grandes bohémias privadas, que se prolongaban hasta el amanecer del día siguiente.

Ni las carencias económicas, ni el fallecimiento inesperado de su padre, fueron episodios tan desgarradoramente dolorosos como el accidente que acabó de tajo con la vida de su entrañable amigo y enconado rival en el juego de canicas: Raúl Mercado “El Pichicuás”, con quien Chava contendía invariablemente todos los días a la hora del recreo y a la salida de la primaria, en el camellón de avenida Chapultepec.

“…l me llamaba cariñosamente ´Cuaterolª y yo le contestaba con un ´Quihúbole Pichicuásª”. Así comienza el relato de este trágico suceso narrado en vida por Chava Flores.

“Teníamos clases vespertinas en la “Horacio Mann” y cursábamos el cuarto año de primaria. Apenas sonaba la hora del recreo, nos aventábamos sobre el patio de tierra para escoger el mejor lugar y echarnos el partido tantas veces soñado: quitamos todas las canicas en una sola tarde, no por la ambición de tenerlas, sino por el hecho de demostrar que uno era más chicho que el otro.

“Nunca supe por qué razón “Pichicuás” vivía tan lejos de la escuela. Cuando nos despedíamos tomaba su camión para irse hasta Tacubaya. A esas horas venían los camiones apretujados hasta los topes. Las gentes colgaban como racimos de las puertas de los destartalados armatostes y en muchas ocasiones ocupaban hasta las salpicaderas y los techos.

“Cuando, por una casualidad, un pasajero bajaba en la esquina donde “Pichicuás” tomaba el camión, entonces él aprovechaba ese forcejeo para treparse en él, y muchas veces lo hacía sin despedirse de nosotros; había oportunidad de irse y él la aprovechaba. Con rabia yo recogía mis cuicas y mis útiles y me dirigía a casa furioso. °Maldito camión! Ya le estaba quitando la ágata. Ya me había matado a Argüelles de una paloma, pero yo las traía y me había echado al “Pichicuás” en su propia salsa.

“Al día siguiente reclamaciones y cates. “A la salida nos vemos”, pero no para jugar a las niguas: para sonarnos y quitarle lo rajón a él o a mí lo hablador. Todo el grupo a la “Circular”. Al suelo los útiles y a Pintarse como lo ordenaba el gran “Chango” Casanova”. °Zas!… °Zas!… Le daba yo el primero y el segundo. Después de un buen rato le daba el treceavo y el catorceavo, porque del tres al doce me los había dado él a mí. No faltaba metiche que nos separara y terminaba el pleito. En verdad no queríamos pelearnos, queríamos sólo quitarnos nuestras canicas y el pique seguía.

-“Pues mañana, si quieres.

-“Pues a la hora que quieras.

-“Pues ya vas.

“Y al día siguiente, estábamos otra vez más puestos que un zapato.

“Nuestros encuentros habían cobrado fama en la escuela. Ya hasta los grandulones de sexto querían entrarle, pero nosotros, no majes, les hacíamos un violín y no los dejábamos. El camellón de la avenida Chapultepec ya no sólo tenía aguerridos adversarios caniqueros, sino hasta público que los observara. La bolita se hacía del diario de puros escuincles mirones que querían ver quién había sido el más chicho de la tarde. Y nosotros nos crecíamos. Apuntábamos con mano firme y de huesito como tiran los hombres, porque sólo las niñas tiran de uñita.

“Así, una tarde me apoderé del terreno. Había yo advertido: “Altas y bajas para todos mis juegos”, “No se vale comer mano ni tirar al “Chiras. °Las traía! Iban en juego todas mis cuicas contra todas las del “Pichicuás”, incluyendo la ágata. Le llevaba yo toda la ventaja y empecé a cazarlo despiadadamente. Como era su costumbre se escurría como anguila y no se dejaba dar mate, pero esas mañas las sabía yo al dedillo; sabía que era rete aventado y trataría de apoderarse del hoyito a como diera lugar. Opté por esperarlo pacientemente.

“De pronto hizo el intento. Estaba tan nervioso que el tiro le salió demasiado largo, tan largo que llegó hasta mí, vendiéndose irremediablemente. Yo no podía fallar. Lo tenía en la olla. La distancia era perfecta para mi catego de jugador de niguas. “Pichicuás” estaba perdido. Hasta él lo sabía.

“Mis nervios estaban calmados. Lo miré y me miró. Apunté. El tiro era seguro, pero… nunca llegué a hacerlo. “Pichicuás” se interpuso. Tiró su bolsa de canicas a mis pies, recogió sus útiles y corrió velozmente, dejándonos atónitos a todos.

“Lo vimos correr hasta la esquina y allá, como a media cuadra, el origen de su huida. Ahí venía el maldito camión de siempre. Atascado hasta los topes. Se ladeaba de lo pesado que venía.

“Pichicuás” le hizo la parada. El camión pareció frenarse, pero… °maldito mil veces, no lo hizo nunca! “Pichicuás” trató de encaramarse en él (a pesar de lo imposible, muchas veces lo había logrado). Esa vez no pudo hacerlo.

“Cayó. Alguien quiso detenerlo de la ropa. Lo único que hizo fue lanzarlo hacia abajo de las ruedas traseras que pasaron, con todo su peso, por encima de su cabeza”.

Fue un golpe emocional tan impactante que llevó a Chava Flores al hospital afectado por una severa crisis nerviosa. Este hecho fue inmortalizado en la composición más apreciada de todo su repertorio: “Pichicuás”, con la que generalmente, en vida, iniciaba sus actuaciones musicales.

Jorge Pulido es periodista, locutor y productor radiofónico desde 1976, y es el creador del sitio web para ciegos contactobraille.com

Comentarios

3 comentarios a “El México de Chava Flores”
  1. raul angel muñoz arellano dice:

    la verdad que es imprecionante la vida de chava flores es uno de mis artistas preferidos y me hace recordar ese mexico que a mi me toco vivir por corto tiempo pero que se añora, gracias

  2. Rahman dice:

    bueno, entro y enciemdo la pc y lo rremipo que veo son estas fotos que de verdad salieron muy bien y es que mi hija karina es companera de la nina en la escuela y pues felicidades y que su matrimonio perdure para siempre

  3. Alfredo Loman dice:

    Busco desde hace mucho tiempo, grabaciones de Irma Carlón. Me puedes ayudar a encontrarla ?

    Gracias mil y salduos. Alfredo

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