Heberto Castillo, el hombre

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HebertoEn su primera semana de clases de primaria, allá en el pueblo de Ixhuatlán de Madero, Ver., donde nació en 1928, el niño Heberto Castillo Martínez se portó tan mal que el viernes, en la ceremonia de premiaciones y castigos, lo hicieron sentarse en la banca especial.

Primero llamaron a un educando de apellido Bravo, un chiquillo que apenas iniciaba su carrera delictiva (acabaría matando a 26 antes de que a él lo asesinaran). Hicieron a Bravo extender las manecitas sobre un pupitre y con una vara de membrillo le aplicaron 3 fuertes golpes. Después llamaron a Hebertito; pero la ceremonia se interrumpió bruscamente por que el niño, tras proferir algunas soeces referencias contra el Establishment pedagógico, saltó por una ventana y huyó a ocultarse entre las tumbas de un panteón aledaño.

Castillo permaneció oculto en el cementerio hasta caer la noche. A su maestro, un señor apellidado Nieto, Heberto anduvo en los días siguientes acechándolo y atacándolo a pedradas cada vez que lo divisaba por las calles.

Buscapleitos

Si el niño Heberto no siguió los pasos de su condiscípulo Bravo fue, tal vez, porque los Castillo emigraron de Veracruz al D.F.

Castillo padre provenía de una familia de terratenientes, pero tenía ideas progresistas para su tiempo (por ejemplo, no era partidario de maltratar demasiado a los indios) y cuando salió de Ixhuatlán con su mujer y 6 vástagos lo hizo para evitar que les dieran muerte, a él y a los suyos, unos caciques locales a quienes disgustaban las peroratas subversivas del hombre.

En el traslado los Castillo perdieron la mayor parte de sus bienes, y para dar de comer a su familia el padre tuvo que aceptar una plaza de maestro. En consecuencia, sus hijos se educaron en escuelas oficiales, sin privilegios ni influencias.

A pesar de los antecedentes que traía de Veracruz, y aunque con frecuencia compraba pleitos (tenía cierta propensión a enfrentarse con muchachos mayores que él, razón por la cual solía acabar aporreado) Heberto fue un buen estudiante, estimado por los maestros, con excepcionales aptitudes para el dibujo, las matemáticas y la escultura, y con tal pasión por los libros que dedicaba las noches a leer y sus padres temían que se enfermara por dormir sólo 4 o 5 horas diarias.

Quienes lo conocen de aquellos tiempos dicen que desde muy joven Castillo mostró aptitudes de líder; pero que su influencia sobre los compañeros no se basaba en habilidad demagógica sino en prestigio intelectual y capacidad para desmenuzar los argumentos ajenos.

En el país de los enanos

Ya en la UNAM, donde cursó ingeniería y simultáneamente, por placer, matemáticas y física, Castillo trabajó de ayudante del profesor a partir del segundo año de la carrera; y empezó a redactar unos apuntes de clases, enriquecidos con bibliografía complementaria, que se convirtieron en textos de gran demanda entre los estudiantes más jóvenes.

En cambio jamás destacó en la política universitaria, porque no tenía paciencia con los tontos y dedicaba demasiado tiempo al estudio y a la literatura. Una vez graduado, en 1953, se convirtió en maestro de 7 materias, y a partir de entonces empezó a publicar, a un ritmo de uno por año, libros técnicos repletos de teorías e innovaciones. Sus admiradores le atribuyen inclusive el desarrollo de una nueva geometría, probablemente revolucionaria, y dicen que si no recibió las distinciones académicas que merece es por astucias del sistema, que prefiere tenerlo a la mano y en circulación ódonde era más fácil vigilarloó pero sin permitir que se crezca demasiado.

A partir de 1960, en vista de que nadie hacía mucho caso de sus ideas teóricas, Heberto Castillo empezó a buscar aplicaciones prácticas para sus concepciones. Una de las primeras obras con las cuales se dio el gusto de apabullar a sus críticos fue el puente sobre la presa Morelos, en la carretera costera del Pacífico, cerca de Ciudad Lázaro Cárdenas, Michoacán: logró construirlo con un peso 6 veces menor que el de una estructura tradicional, y a un costo entre 40 y 50 por ciento más bajo.

Invento impopular

A partir de aquel primero logro, el ingeniero Castillo ha forjado una lista de éxitos aún más larga que la de sus honorables fracasos políticos. Su máxima creación es la tridilosa, una estructura de concreto y fierro tan liviana que hasta flota, y que sin embargo resulta más resistente óy mucho más barataó que las losas tradicionales.

La tridilosa sirve no sólo para hacer techos y puentes ultralivianos (en Nicaragua, Castillo construyó un puente por el que pasan camiones y que, sin embargo, puede ser levantado por 2 hombres, uno a cada extremo), sino también muelles flotantes y hasta pangas, como unas 40 que navegan desde hace años en Campeche.

Según el uso a que se destine, la tridilosa ahorra hasta el 80 por ciento del concreto, el 40 por ciento del fierro y la mitad del costo de una obra; en consecuencia, no es muy popular entre contratistas y constructores, porque reduce los márgenes de donde arrancar ganancias, así como los porcentajes negros de los funcionarios que contratan las obras. Aun así, en el país ya hay casi un millón de metros cuadrados construidos con el invento de Castillo. En un tiempo hasta se pensó en usar tridilosa para erigir la discutida torre de PEMEX en el D.F., pero la idea fue descartada para no hacerle publicidad, ni siquiera como ingeniero, al más severo crítico del monopolio petrolero estatal.

Flotando en el lodo

Afortunadamente para Castillo, otros constructores muestran menos rigidez política. El teatro Morelos de Toluca tiene un techo de tridilosa de 50 por 100 metros, sin columnas. En la misma ciudad, también el edificio del banco Agrícola Ganadero fue construido con ese material; cuando la obra estaba apenas en esqueleto, Castillo depositó sobre el techo un camión de 50 toneladas para convencer a los críticos de que la aparentemente débil estructura era muy resistente.

Usada como plataforma flotante sobre un subsuelo de fango, la tridilosa sirve como base para edificar, sin necesidad de pilotes ni columnas subterráneas. El edificio del CETENAL, en el D.F., está erigido sobre una “balsa” de tridilosa; y en Villahermosa, en el complejo Tabasco 2000, hay un gimnasio de 20 por 80 metros construido sobre un pantano, apoyado en una plataforma de tridilosa flotante.

También la planta Renault de Ciudad Sahagún, Hgo., fue hecha de tridilosa, usando sólo 20 kilos de fierro en vez de 60 por metro cuadrado; y gracias a la misma fórmula el puente de Las Flores, en la carretera de Villahermosa a Tuxtla Gutiérrez (de un cuarto de kilómetro de largo, con claros de 36 metros cada uno), costó la mitad y peso 10 veces menos que uno construido con métodos tradicionales. (Actualmente, en Michoacán están en construcción 2 puentes de tridilosa: el Coróndiro y el de Numarán, cerca de La Piedad, que sólo costará 26 millones de pesos en vez de los 52 presupuestados inicialmente. En Cuba están haciendo 40 kilómetros de puentes de tridilosa en diversas carreteras, con un ahorro neto de 50 millones de dólares.)

A salto de mata

La obra más espectacular de Castillo es el gigantesco hotel de México en el D.F., para cuya construcción se usó tridilosa en las 40 plantas superiores, lo que permitió hacerlo 12 pisos más alto que lo proyectado al principio.

Las primeras pruebas para la construcción el hotel de México las supervisó Castillo disfrazado, porque en esos días lo buscaban todas las corporaciones policiacas debido a su participación en el movimiento político de 1968.

Entre mítines, manifestaciones y clandestinas visitas para inspeccionar las obras en construcción, Castillo anduvo a salto de mata los últimos meses de ese año. Dos o 3 veces estuvo a punto de ser aprehendido y en una oportunidad los agentes le partieron la piel del cráneo a macanazos, le fracturaron una rodilla y le perforaron el vientre de una patada aplicada con zapato con puntera de acero. Estudiantes de medicina lo socorrieron y ocultaron; sólo en mayo de 1969 cayó en manos de la Dirección Federal de Seguridad.

Castillo pasó 2 años en la cárcel de Lecumberri. En ese lapso, pintó en los muros de su celda retratos y murales que ahora luce en su casa (compró los trozos de pared cuando remodelaron el viejo reclusorio); leyó centenares de libros y escribió varios volúmenes, y hasta reclutó a un puñado de adeptos, inclusive entre los miembros de una partida de presos drogados a quienes las autoridades instigaron en 1970 para que lo asesinaran.

Al cabo, seducidos por la verba inflamada de Castillo, los presidiarios se portaron más amablemente que ciertos agentes del echeverriato. En 1973, cuando el ingeniero ya andaba en libertad y procuraba organizar su Partido Mexicano de los Trabajadores, los agentes lo emboscaron en una calle oscura y le rompieron 3 costillas.

Político sui géneris

Tanto Luis Echeverría (poco después de la emboscada callejera, el entonces presidente alegó no haber tenido nada que ver y, según su costumbre, ordenó una “inmediata investigación”) como a su turno José López Portillo, trataron de corromper al ingeniero con el señuelo de otorgarle jugosos contratos de obras públicas. Más aún que sus posturas políticas idealistas, es el haber desairado aquellos avances lo que le ha ganado a Castillo el respeto de amigos y adversarios por igual. Mucha gente piensa que si Castillo hubiese llegado al poder, hubiese sido una calamidad, o que habría durado muy poco en el trono, por exceso de honradez; pero nadie niega que si personas como él abundaran en los partidos políticos, el futuro de este país cobraría mejor color.

A pesar de que no entraba en componendas, Castillo ganó sumas enormes (se negaba a revelar cifras), que le permitían darse el lujo de subsidiar con dinero propio a su partido, el cual no aceptaba dádivas ni edificios obsequiados por el PRI.

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