Adivine mi errata

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errataUna frase que escuché en el café La Habana, donde nos reuníamos amigos que teníamos en común el vicio solitario (de la lectura) y que en esas tertulias semanales, o a veces diarias, lo hacíamos colectivo, fue “soy escritor, no escribano”, disculpa de alguien que justificaba así sus faltas de ortografía, de concordancia y gramaticales, y hasta mecanográficas; supongo que esa excusa ha sido usada en muchísimos lados y en muchas épocas; una variante, que le atribuye Felipe Garrido a una de las grandes figuras de la cultura en México cuando le comentaron que un texto suyo contenía varios errores graves en las fechas de hechos históricos, fue que lo que importaba de sus escritos eran las ideas, no la precisión, que eso se lo dejaba a los correctores, si es que encontraban los errores, o si no que los sufrieran los lectores, si los advertían.

Puede ser cierto: lo que importa de un texto son las ideas; pero si el escritor no tiene ideas, øqué es lo que importa?

La prisa por escribir, o mejor dicho por publicar, hace que se cometan errores; lo malo es que los autores no nos damos tiempo para corregirlos; más grave cuando son producto de la ignorancia; entonces lo que puede pasar es que un autor cuente con la fortuna de que sus lectores tampoco adviertan esos errores.

No se trata sólo del mal uso de “recién”, donde casi todos fallan: “recién vio”, “recién llegó”; ni tampoco que le cambien el sexo a las escritoras y le dicen “poeta” a las poetisas, aunque nadie le dice “actor” a las actrices.

Ni siquiera de la proliferación de la rebuznancia de moda, “salió fuera”, que viene en todas las novelas españolas recientes, y en todas las traducciones. O que utilicen, a la española, “øde qué va?” en vez de “øde qué se trata?”, aunque se lo atribuyan a personajes del siglo XIX.

Aquí plasmaré un brevísimo recuento de algunas de esas fallas, y para conservar la amistad de los perpetradores, dejaré que sean los lectores quienes adivinen el autor de la errata.

Una es de una célebre cantante, célebre porque es de las pocas egresadas de la Facultad de Filosofía y Letras, con voz privilegiada, y que se ha dedicado a interpretar con dignidad la música nueva, y a homenajear a la no tan nueva, y que es portavoz de compositoras inteligentes; en una versión a la también célebre “Mi querido capitán”, de José Alfonso Palacios, que en una de sus variantes menciona a tres vedettes de los años veinte, ella dice “desde María Conesa, la Rivas Cacho y la Monte Albán”, refiriéndose a Celia Montalván, a la que por cierto Carlos Monsiváis rindió homenaje en un libro titulado Celia Montalván (te brindas voluptuosa e impudente), que es notorio que no ha leído su amiga, la cantante intelectual. No sé si exista grabación, pero la errata está disponible para el curioso escucha en Internet.

En un libro de homenaje a uno de los más célebres escritores mexicanos, uno de sus admiradores, al hablar de los primeros cuentos del homenajeado, los califica como “la primera camada de relatos”; en otro texto reciente, una ya no tan joven escritora, para decir que había tomado un baño, dice que se puso “en manos de la regadera”; otro afirma que contaba con 14 años cuando se enteró “por primera vez” de la existencia de un escritor al que venera, como si fuera posible enterarse por segunda vez (a menos, claro, que la primera vez no le entendiera, aunque se dan casos de que hay libros que fascinan en la primera lectura, pero en la segunda no se les entiende; sucede con los ciclos cinematográficos del canal 22; por ejemplo, El tercer hombre, de Carol Reed, que proyectan cortada). Otro autor homenajeado debería enojarse porque al hablar de él, describen su “alegre fatalidad”; y otro, mostrando que no entiende a su autor preferido, habla del duelo que sostuvo Octavio Paz con un hermano de Justo Sierra; en realidad, fue Ireneo Paz, que hacía poco caso de su apellido; y también involucra al muy pacífico Manuel Gutiérrez Nájera en duelos, confundiéndolo con el temible Salvador Díaz Mirón.

Uno de los mejores narradores “jóvenes” (cuarentón, pero no se le nota), describe el asalto que sufre un personaje de su última novela, ante la actitud pasiva de varios transeúntes; aunque se resiste, el asaltante la despoja (“desapodera”, se dice en la nota roja) de su bolsa, y ella se retira, indignada no tanto con el ratero, sino con los peatones, que no hicieron nada; øno debía haberse enojado también con los automovilistas?, øpor qué esa actitud discriminatoria para quienes no conducimos automóviles?, øno le bastaba con enojarse con los transeúntes, o más específicamente con los testigos que no la ayudaron? En otra parte, describe algo que sería un privilegio observar: “le volteaba la espalda”.

En una declaración acerca de la clonación de tarjetas bancarias, un diario cabeceó que el fraude relacionado con ese delito es uno de los sectores más vulnerables de la economía mexicana. Si así es, en manos de quién estamos.

Da miedo leer libros, y sobre todo periódicos.

No escabullo la responsabilidad de haber escrito “zaga” en vez de “saga”, pero tomen en cuenta que no incluyo cuando mandaron a un reo en barco, desde Celaya, ni que le dieran a un segunda base un trofeo dedicado a los pitchers. Vale.

http://errataspuntocom.blogspot.com/

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